—¡Nooo! —digo enseguida, cruzando los brazos y alejándome como si hubiera visto un fantasma. Nooo, ¿cómo? ¿Por qué haría eso? Nooo, no tengo dinero para ir al mercado, nooo, menos estoy en mi casa, ahí no necesitaba ir al mercado porque todo lo producía el rancho; los animales y los cultivos, bueno, y mamá es la que salía. —¿Por qué no? Respiro hondo, mordiéndome la lengua. ¿Cómo le explico sin explicar? No es que no quiera, es que no puedo. —Es que… no tengo dinero —digo al final, bajando la voz como si confesara un pecado. Él me observa, sorprendido, aunque no con lástima. Y eso me gusta, porque si algo odio más que la falta de café es la mirada de lástima. —¿O bueno…? —añado rápido, improvisando—. No sé, mi hermana… ella es la que maneja esas cosas. Él se cruza de brazos y me sue

