Esa sonrisa me atraviesa. No es amplia, no es evidente… es apenas una curva en una esquina de su boca. Pero lo dice todo. Sabe. Sabe lo que está haciendo. Sabe lo que me provoca. Y, peor aún, sabe que no me muevo. —Ivanna —digo, intentando que suene como advertencia. —¿Sí, señor? —responde, como si estuviéramos hablando de un informe contable. Mis ojos bajan de nuevo, traicioneros, recorriendo la gota que se desliza desde su clavícula, bajando lenta por el centro de su pecho. La sigo hasta perderla en la curva de su sostén. Me arde la garganta. —Esto… —hago una pausa, no porque no tenga qué decir, sino porque no me sale la voz—, no va a volver a repetirse. —Claro que no —responde—. El café se seca rápido. Ese sarcasmo disfrazado de inocencia me enciende la sangre. ¿Desde cuándo me co

