+ALEXEI+
Estoy perdiendo el control.
Desde que Ivanna volvió de sus vacaciones, algo en ella me está sacando de quicio. No, no algo… todo.
La Ivanna que siempre conocí era discreta, silenciosa, cumplía sus tareas y desaparecía como una sombra educada. Ahora… ahora es un dolor de cabeza. Un dolor de huevo, para ser exactos. Y lo peor es que no sé por qué.
¿Vacaciones? Dijo que se había enfermado… ¿y regresa así? Inútil, dispersa, con esa manera de contestar que no le conocía. Lo juro, antes ni la miraba. Ahora no puedo dejar de hacerlo. Y eso me enfurece.
Estoy en mi oficina, revisando unos documentos que ya no puedo leer porque la imagen de su cara y de sus metidas de pata me está quemando la cabeza.
Levanto el teléfono. La llamo. Una vez. Dos. Tres. Nada.
La paciencia me dura medio segundo.
Me levanto, abro la puerta y veo a una de las empleadas pasando.
—Tú. Sí, tú —le digo.
Ella se queda petrificada, como si hubiera visto a un oso polar en medio de Moscú.
—Quiero saber dónde está mi secretaria.
Baja la mirada, jugando con sus dedos.
—Si no me dices ahora mismo dónde está —le advierto con un tono que congela—, serás despedida en este instante.
Sus ojos se levantan de golpe.
—¡No! No, señor… ella… ella está en el tocador.
—Quiero que me guíes.
Ella cierra los ojos como si estuviera pidiendo a todos los santos que la tierra la trague.
—Lo acompaño, señor.
Caminamos. Yo, con la mandíbula apretada, cada paso más furioso. Ivanna, en vez de estar trabajando… o trayendo mi traje a la tintorería… está en el tocador.
Maldición.
Llegamos. La chica se detiene frente a la puerta.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto.
—Mila…
—Mila. Escucha bien: voy a entrar y tú harás guardia aquí. Nadie entra.
Asiente. Yo no espero más.
Empujo la puerta.
Y entonces… el aire se me queda atascado en la garganta.
Ella está ahí. Casi desnuda. Solo en ropa interior. De encaje. Pegada a la piel. Calada. Traslúcida. Que deja ver… todo.
Mis ojos hacen un recorrido automático, criminal: desde esos hombros desnudos, bajando por su espalda, hasta ese culo enorme, perfecto, que se tensa apenas al inclinarse. Y luego esas piernas… largas, fuertes, torneadas como si las hubiera esculpido un dios obsesionado con la simetría.
Mierda.
Trago grueso. Siento la sangre bajando… y subiendo en otro lado. Ya estoy duro.
Cierro la puerta detrás de mí. El clic del cerrojo suena como un disparo en la habitación.
Ella se sobresalta, gira apenas, me mira. Ni un gramo de vergüenza. Ni pudor. Sus ojos me dicen “sí, te he visto entrar” pero su postura dice “no me importa”.
—¿Qué cree que está haciendo? —mi voz sale más grave de lo que pensaba.
Ella se encoge de hombros como si fuera la cosa más normal del mundo.
—¿No ve? —dice, y señala hacia el lavamanos—. Estoy lavando mi ropa. Estaba llena de café.
Sigo su gesto.
Y entonces lo veo.
Mi traje.
Tendido en el espejo del tocador, colgando como si estuviera en un maldito tendedero improvisado.
—¿Qué demonios…? —doy un paso hacia él—. ¿Es… mi traje?
—Sí —responde, como si me estuviera confirmando que afuera está lloviendo—. Tenía una mancha. La estoy arreglando.
Su tono… su desparpajo… es como si no supiera que eso que tiene colgado cuesta más que todo su salario de tres meses.
—¿Arreglando? —repito, clavándole la mirada—. ¿Sabe lo que cuesta este traje?
—No lo voy a arruinar —me corta, mirándome como si yo fuera el que está exagerando.
Mi respiración se acelera. No sé si es por la ira o por la visión que tengo delante.
Ella se agacha un poco para revisar una costura. La tela de su ropa interior se estira sobre su piel y mi cerebro me traiciona con una imagen que no debería tener: ella así, pero en mi cama, sin esa barrera de encaje.
Muevo la cabeza para apartar la idea.
—Ivanna… —digo, y me sorprende escuchar mi voz casi ronca.
—¿Sí, señor? —me contesta sin apartar la vista del traje, como si lo que yo dijera fuera secundario.
Me acerco. El olor a jabón y a su perfume me golpea. Es una mezcla extraña: limpio, dulce… y peligrosa.
—Esto no es un… —empiezo a decir, pero me quedo mirando cómo sus dedos, finos, pero firmes, alisan la tela.
Se mueve con esa seguridad nueva que me está volviendo loco. Antes habría bajado la cabeza, pedido disculpas y corrido a hacer lo que le dije. Ahora… parece que manda ella.
—¿Por qué no lo llevaste a la tintorería como te dije? —pregunto, aunque ya sé que la respuesta no me va a calmar.
Levanta la vista. Y me mira. Directo. Sin pestañear.
—Porque no quise.
El silencio que se forma entre nosotros podría cortarse con un cuchillo. Siento que mis manos quieren tomarla por la cintura. Que mi cuerpo está demasiado cerca. Que si me inclino un poco…
No.
Parpadeo. Retrocedo un paso. Respiro.
Pero mis ojos vuelven a bajar. A sus piernas. A su piel húmeda en algunas partes. A ese brillo que deja el jabón.
Y, maldita sea, lo único que pienso es que esta no es la Ivanna que conozco. Y que, si sigue así, no voy a aguantar mucho antes de…
—Vístase. Ahora —le ordeno, intentando que suene como una orden fría, aunque mi voz tiene un filo distinto.
Ella sonríe. Lenta. Casi imperceptible. Y eso es peor.
Porque sé que lo hace a propósito.
—No —dice ella, mirándome con esa calma que me enerva—. Estoy lavando mi ropa. Esperaré a que se seque.
Se queda ahí, como si no hubiera un jefe de pie frente a ella, como si esto no fuera una violación directa a mis órdenes.
Pero lo peor no es su desobediencia. Lo peor… es lo que veo.
De perfil, la curva perfecta de su busto. El sostén pequeño, demasiado pequeño para lo que contiene. La tela apenas cubre, y los bordes tensos dejan asomar el relieve claro de sus pezones. Son grandes. Y duros. Como si el frío del agua… o mi mirada… estuvieran jugando en su contra.
Bajo la vista. Sus bragas. También pequeñas, y ahora, con la humedad, más transparentes de lo que debería ser legal.
—Ah… —dice de pronto, mirando hacia abajo—. Se me arruinó.
Mueve la prenda con las manos, y veo cómo un borde del encaje está rasgado. La tela se estira y, por un instante, tengo que apartar la vista para no imaginarme arrancándosela del todo.
—Su traje ya está seco —añade, como si nada de lo que está haciendo fuera inadecuado—. Déjeme que el mío lo seque, no demoro.
La tensión en el aire es tan densa que siento que si alguien abre la puerta se ahoga al instante. Mi respiración se acelera. Ella no retrocede ni un centímetro. Se mantiene ahí, firme, con ese brillo desafiante en los ojos.
No puedo resistirme.
Mis pasos me llevan hacia ella sin pensarlo. Uno. Dos. Tres. Y ya estoy a su lado. Su perfume me golpea otra vez: un aroma dulce, mezclado con el jabón líquido. El calor de su piel, aunque esté mojada, me llega como un golpe.
Tomo mi traje. Sí, está seco. Perfecto. La tela lisa, impecable… aunque lo último que me importa en este momento es la maldita tela.
La miro.
—Deme chance —dice, como si estuviera pidiendo unos minutos más para cualquier tontería… pero su tono, su forma de pronunciarlo… parece otra cosa.
Vuelve al lavamanos. Empieza a restregar su camisa. Sus manos se mueven sobre la tela mojada con una lentitud casi insultante. El agua gotea. Sus pechos se presionan contra la ropa interior, y la humedad oscurece la tela hasta hacerla completamente transparente.
Mierda. Esto no es una escena normal. Esto es una maldita escena porno en vivo.
Mis dedos se aprietan contra el traje. Mi mandíbula está tan tensa que podría partir un vaso entre los dientes.
Ella se inclina un poco para enjuagar la falda. La postura arquea su espalda, levanta su trasero… y lo pone a pocos centímetros de mí. Si alargo la mano…
Respiro hondo. No puedo seguir así. No puedo quedarme aquí sin decir nada.
Pero, ¿qué digo? ¿Que estoy a punto de follármela contra ese lavamanos?
Imposible. No soy un idiota.
O quizá sí.
Porque la única imagen que tengo en la cabeza ahora mismo es su cuerpo sobre el mármol, su respiración acelerada, y mi nombre escapando de su boca con cada embestida.
La maldita Ivanna. La de antes habría salido corriendo con la cara roja como un tomate.
Esta… se queda. Me mira de reojo. Y sonríe.