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Mila entró como una tormenta con las bolsas en la mano, su cara un poema de fastidio y resignación. Si los ojos mataran, yo ya estaría en una tumba de lujo con una lápida que dijera: “Aquí yace Ivanna, muerta por fashion emergencias ajenas”.
—Aquí tienes todo lo que pediste —escupió, dejándolo todo sobre la encimera del baño como si me estuviera tirando órganos para trasplantar—. Hasta el detergente líquido marca "ni de broma es orgánico".
—Perfecto. Eres un ángel. Uno con mucha ira, pero ángel al fin.
Ella bufó tan fuerte que la cortina de la ducha se movió sola.
Me puse en acción. Abrí la botella de detergente como si fuera una poción mágica y empecé a verterla sobre el traje manchado. El pobre conjunto, elegante y blanco, parecía haber salido de una película de guerra. Con manos firmes, lo metí al lavamanos lleno de agua tibia y comencé a frotar con una dedicación que ni el mejor amante.
Mila se cruzó de brazos detrás de mí, murmurando maldiciones en ruso. O eso creo. Aunque igual podrían haber sido en francés, con lo dramática que se pone.
—¿Sabes que podrías haber mandado esto a lavandería y te evitabas este numerito, verdad? —me dijo mientras yo seguía en plan “ama de casa desesperada”.
—¿Y dejar evidencia? No, gracias. No voy a permitir que el mismísimo traje de Ivanna sea el chisme de los pasillos. Esto se borra aquí, en la clandestinidad del tocador VIP.
Cuando por fin sentí que ya no había restos visibles del desastre, lo enjuagué como si estuviera bautizando a un hijo mío. Luego lo extendí con delicadeza sobre el enorme espejo del tocador —con Mila mirándome como si yo fuera una maníaca y, mientras el agua seguía goteando, enchufé la secadora de cabello y la apunté directo al traje.
—No me lo creo —dijo Mila, incrédula—. ¿De verdad estás haciendo eso?
—¿Y qué esperabas? ¿Un conjuro de secado instantáneo?
Me agaché para acomodar el dobladillo del pantalón y me reí sola, pensando que en la granja esto sería un acto de ciencia ficción. Allá no teníamos secadora. Teníamos viento, sol y paciencia.
Mila se quedó observando como si estuviera presenciando un documental de la National Geographic sobre las criaturas raras del planeta.
Eso lo miraba siempre, papá lo ponía en el televisor que mi hermana le regalo para Navidad.
—No es tan complicado —le dije, sacudiendo un poco la tela con la mano libre.
Pero como si no fuera suficiente con la secadora, Mila salió como disparada y volvió con algo que parecía un arma futurista.
—¿Eso es… una plancha?
—De vapor. Las de limpieza tienen una. Me la robé.
—No era necesario, en serio.
—¡Shh! No me quites el protagonismo, por favor.
Ella me ayudó a colgar el traje con cuidado mientras yo le daba con la secadora y ella pasaba la plancha como si estuviéramos en una pasarela de Milán y fuéramos dos estilistas clandestinas. El resultado fue… sorprendentemente bueno. Tanto que nos miramos con esa sonrisa de “somos ridículas, pero eficaces”.
Luego de unos minutos, doblé la ropa ya seca con delicadeza. Ivanna estaría orgullosa. O aterrada. O ambas.
Y justo ahí, el infierno comenzó a calentarse más.
—¿Qué haces? —preguntó Mila con los ojos en modo alerta roja.
Yo ya estaba quitándome la camisa, empapada de sudor y manchada de café. Literalmente apestaba a estrés. Me miré al espejo y me solté el cabello.
—¿No ves? Estoy terrible. Lo voy a lavar.
—¡¿Aquí?! ¡Delante de mí?!
—Mila —le dije como si fuera la persona más lógica del planeta—, acabo de lavar ropa sobre un espejo contigo, en plena conspiración textil. Ya no hay barreras entre nosotras.
Me quité la camisa. Después, la falda. Quedé en ropa interior, sencilla pero decente.
Mila se quedó congelada. Su mandíbula tocó el suelo.
—¡Waooo! —exclamó con una sonrisa de medio escándalo, medio admiración—. ¡No pensé que tuvieras unas piernas tan… pero tan pronunciadas! ¡Y ese trasero! ¿Qué haces, entrenas con soldados rusos?
—No exactamente —le respondí, con una sonrisa traviesa mientras me peinaba con los dedos—. Pero si supieras...
Me quedé mirando mi reflejo en el espejo. Era extraño. Tan “Ivanna” por fuera, pero con mi esencia de Katya brillando por cada poro.
En mi mente, una película rural comenzó a proyectarse: yo, en botas, subiendo montañas empinadas, cargando leña, ordeñando vacas antes del amanecer, limpiando pasto con machete, acarreando agua, cargando sacos más pesados que mi dignidad actual. Un desfile de tareas que construyen músculo sin necesidad de gimnasio ni instructor gritón.
Le sonreí a Mila.
—Es lo de la naturaleza. Te da esto —le dije señalando mis piernas—, sin cobrar mensualidad.
Ella soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—No, si eres una caja de sorpresas. Una muy bien torneada, por cierto.
Le lancé una toalla a la cara con sarcasmo.
—Ve a devolver lo que confiscaste, antes de que te descubran. Esto casi parece una operación de contrabando.
—Sí, sí, pero deja claro que esta secadora es mía. Mi tesoro personal. Casi como un hijo.
—La trataré con cariño —prometí, sosteniéndola como si fuera un recién nacido.
Mila se fue, aún riéndose, dejándome sola en el tocador, semidesnuda, con ropa secando en el espejo, una secadora en la mano y un plan: mantener el disfraz de Ivanna intacto.
Tomé aire. Respiré profundamente. Había logrado lo impensable. Ivanna nunca lo sabría, y si lo sabía, ojalá le pareciera gracioso. O admirable. O al menos digno de una mención honorífica en su próxima fiesta.
Ahora, mano a la obra, esta ropa, no puede quedarse así.