No llegué a caer al suelo, porque sentí sus manos firmes agarrándome por las caderas. Me sostuvo con una fuerza que no dejaba lugar a dudas: no me iba a dejar caer… al menos físicamente. —Qué torpe eres con los tacones —dijo, con ese tono entre burla y fastidio. Yo sonreí, mirándolo por encima del hombro. —Sí, tan torpe… que siempre estoy cerca suyo y lo pongo nervioso. —Ya cállate —soltó él, como si quisiera cortar el momento. —¿Dejar de arruinar el momento? —dije, fingiendo inocencia—. ¿Este es un momento para usted? Porque para mí es como una pasarela… pero sin glamour y con mucho estrés. Él soltó un resoplido y me soltó las caderas, como si quisiera marcar distancia. Yo di un par de pasos más, casi como si fuera un desfile improvisado. Por dentro, mi cabeza era un caos: ¿Por qué

