Y ahí, ¡bam!, empiezo a volver en mí, el corazón me golpea el pecho, las manos me sudan, la cabeza me da vueltas y lo único que atino a decir es: —Sí, es cierto, ella es Ivanna, pero no está… Y el ogro, ¡oh, ese maldito ogro!, gruñe, casi escupe las palabras: —¿Quéee? Yo me río nerviosa, con esa risa que parece más un grito ahogado, y digo: —Lo siento, no lo entenderías, soy… esa no soy yoooo. En serio, grité como una histérica, y él, con sus puños cerrados, ¡pum!, suelta un golpe sobre la encimera que retumba en toda la cocina, los platos tintinean, yo casi salto de susto y aún así lo miro con descaro, porque no pienso mostrarle miedo. —¿Viste? —le digo a Irina con sarcasmo—. Por eso me tengo que ir, y que ella tome su lugar. —¿Qué es lo terrible? —ruge el ogro—. No entiendo, dime

