—Sí —dice él, sin inmutarse—, puede retirarse. En dos horas regresa… pero espero que ahí estén los contratos. Yo siento que me voy a desmayar. —¿Cóm… cómo? —Tú sabes tu trabajo —añade, con ese tonito que mezcla ironía con sentencia de muerte—. Descuida, ahí que lo expliques no tendrás cómo explicarte jamás. Trago saliva tan fuerte que casi me atraganto. —Me retiro —murmuro, intentando no correr, pero al final salgo prácticamente a trote. Voy directo al tocador. Ni siquiera sé cómo llegué ahí, solo sé que mi cuerpo entró en modo supervivencia y me llevó hasta un lugar seguro (o bueno, relativamente seguro… porque los baños también son escenario de dramas corporativos). Cierro la puerta, saco mi celular que, milagrosamente, traía en la mano como si mi instinto supiera que lo iba a nec

