-¡AY!
-No seas alaraca.
-¡Está caliente, j***r!- Dije agarrando un cuaderno y abanicando mi pierna cubierta de cera.
-Que no, no es necesario tanto alboroto.
Volví a recostar la cabeza en la parte superior de la camilla.
Estaba en mi sesión de depilación. Había llegado un poco tarde, pero nada que no se pudiera solucionar si movía el resto de mis eventos para más tarde. Máximo diez minutos.
-Ya casi está.- Me dijo la depiladora. Tiró de un jalón la cera, y contuve el gritillo que amenazó con salir de mi garganta. j***r, cuánto dolía...
-Dijiste que era el último.
-No es mi culpa si tus pelos son duros. Ni que las hormonas te jueguen en contra.- Dijo con ambas manos en su cintura y frunciendo el ceño. Rodé los ojos y comencé a vestirme, teniendo especial cuidado con mis piernas. Siempre quedaban sensibles después de la sesión.
Perfectamente podía pagar mil sesiones de depilación láser y no tener que molestarme en gastar mi tiempo con cera, pero la verdad era que le había tomado cierto cariño a la señora, pues ella me había conocido desde que no era más que una estudiante universitaria desesperada. Y tampoco iba a mentir, todas mis asistentas sabían que no me debían molestar en ese pequeño lapso de tiempo, lo que se traducía a un descanso para mi. Nada de llamadas ni teléfonos, ni reuniones, ni nada.
-¿Cuánto te debo?- Dije con el bolso en mi mano.
-Lo de siempre, mi niña.- Le entregué el dinero y le di un beso en la mejilla, como despedida.- Nos vemos en dos semanas.
-Cronológicamente.- Le aseguré, agitando la mano mientras cerraba la puerta de cristal.
A penas salí del salón, apunté en mi agenda electrónica 'Depilación' para dos semanas exactas más, es decir, el subsiguiente domingo.
No alcancé a guardar el aparato en la cartera, cuando uno de los cinco móviles que llevaba dentro del bolso, comenzó a sonar.
Joder con los celulares, pensé. Metí la mano hasta el fondo, buscando el que vibrara a mi tacto. Cuando lo saqué, vi que era el rosa, es decir, Vanessa, mi secretaria.
-Dime.- Le dije apenas contesté esperando el verde para cruzar la calle e ir a por mi auto.
-Los Rowarts dijeron que harían una cena el lunes en a noche, a la cual obviamente está invitada. ¿Lo apunto en su agenda?
-¿No tengo nada para el lunes en la noche? Revisa bien.- Volví a buscar en el bolso, esta vez en busca de las llaves.
-No que recuerde.- Fruncí el ceño. No me gustaban esas contestaciones. Era sí o no. Las dudas no ayudaban a la profesionalidad.- De todas formas corroboraré. Le llamo en cinco minutos.
-Ajá.
Me metí dentro del coche, y en seguida puse mi cinturón de seguridad. Nuevamente, no alcancé a meter las llaves y ya me estaban llamando. Otra vez el móvil Rosa.
-Dime, Vanessa.
-No hay nada para mañana en la noche. Procederé a apuntar la cena en su agenda.
-Bien.- Sentí el sonido de mi agenda portátil, señal de que se había agregado una cita.
Era lo que me gustaba de la tecnología: La eficacia. Había programado el aparatito ese para que cualquiera de mis tres secretarias pudiera modificar mi agenda según yo lo ordenara.
-Es a las nueve de la noche. Ordenaré que a las siete Dan pase por su departamento para ir a la peluquería, y a las ocho ya debe estar vestida. A las ocho treinta nuevamente Dan la recogerá para dirigirse a la mansión Rowarts. ¿Desea algo más?
-Quiero una botella de tinto como presente. No escatimes en gastos, y ponle una tarjeta, o qué se yo. Que sepan que va de mi parte. Ya te sabes mi clave del banco.
-Bien. ¿Algo más?
-¿Es de etiqueta, o sólo formal?
-De etiqueta, señorita. Si gusta puedo hablar con la modista para que le confeccione un vestido.
-Haz lo que sea, pero no tengo ánimos de modista, bien puedes comprar el vestido y los accesorios, y hacérmelos llegar al departamento. Estás oficialmente encargada de eso. Sólo te diré que espero un vestido listo y que los zapatos combinen con los accesorios. Nada tan ostentoso, pero que luzca. Ya sabes el resto.
Corté la llamada y puse en marcha el coche. Un deportivo rojo. Uno de los tantos lujos que me podía permitir con mi trabajo.
Era dueña de una empresa de Venta y Arriendo de casas y departamentos. No siempre brillaba por mi egocentrismo, pero debía reconocer que T&YHouse, era una de las más reconocidas nacionalmente. Desde que compré la mayoría de las acciones, claro.
Conduje por las abarrotadas calles pensando en lo que quedaba de día. Debía asistir a una reunión a las cinco, y ya quedaban sólo quince minutos y muchas calles.
Aproveché el rojo en el semáforo para sacar los cinco móviles que tenía en el bolso, y los dejé en el asiento del copiloto.
El rosa era de Vanessa.
El rojo de María.
El verde de Dan.
El celeste de Madison.
El sin carcasa era el mío personal.
Suspiré. Tenía que mantener los cinco móviles con batería todo el día, sino, no me enteraría de nada.
Cogí el rojo y llamé.
-Señorita Melissa.- Saludó ella mientras apretaba el manos libres y el acelerador.
-María, necesito el informe diario.
-Va todo bien, igual que siempre.- Que vaga.
-¿Y la bolsa de valores?
-Sigue favoreciéndola. Las acciones de T&YHouse siguen en aumento. A este paso tomarán el doble de su valor actual en tres semanas.
-Perfecto.- Di un volantazo cuando un taxi se cruzó por mi camino, cambiando de pista. Fruncí el ceño.
Cavernícola, este.
-¿Va todo bien?- Escuché a mi asistente por el móvil.
-Sí. Todo controlado.- Suspiré sin perder de vista el coche n***o con el característico letrero en la parte superior.- Y te enteraste de la cena de mañana en la noche, supongo.
-Sí, señorita.
-Bien. Sería todo. Recuerda mañana a las ocho de la mañana enviarme las valoraciones del día. Sin minutos de retraso.
-Sí, no se preocupe.- Dudó un segundo, y al ver que no cortaba la llamada, habló.- Si gusta puedo llamar al señor Tabascio para posponer la reunión para dentro de media hora.
Miré el reloj de oro pulido de mi muñeca. Quedaban diez minutos. Luego observé el GPS de la pantalla.
-No hace falta. Alcanzaré a llegar. El señor Tabascio y su señora buscan esa casa desde hace meses, y seremos nosotros quienes se la vendan.
-Perfecto. ¿Necesita algo más, señorita?
-Nada por ahora, te llamo cualquier cosa.
-Hasta luego.- Corté la llamada.
El taxi n***o seguía jugando por las calles, en mi misma dirección, e impidiéndome el paso.
Pensé en acelerar, pero no iba a hacerlo, pues hubiese sido arriesgado, además iba en sector cercano a autopistas, lo que significaba que habían pocos semáforos y en consecuencia, la velocidad empezaba a aumentar por sí sola. Sesenta kilómetros por hora eran una velocidad respetable para mi.
Intenté quitarle importancia al bruto ese que iba al volante, pero no pude, pues el muy idiota seguía pasándose a mi pista, en un intento desesperado por su parte de adelantar a los demás. Agradecí cuando nuevamente uno de los teléfonos comenzó a sonar.
Fue turno del móvil personal, lo que me pareció demasiado raro, pues casi nunca sonaba. Era el que menos lo hacía, pues para tener una vida como la que yo tenía, había que pagar altos costos. Dejar a un lado la vida personal, por ende familiar, era uno de ellos.
Sin apartar la mirada de la carretera fui a tomarlo, pero se me resbaló de los dedos y se calló al suelo, en la parte del copiloto. Por como iba sentada no alcanzaba a cogerlo, y con el cinturón de seguridad, menos.
Si lo hago rápido, no pasará nada. Me dije a mi misma.
Desabroché el cinturón de seguridad y me agaché a recoger el móvil que seguía sonando. Me tuve que inclinar bastante, por lo que pasaron casi cinco segundos en los que no pude ver la carretera. Cuando por fin lo cogí, volví a enderezarme en el asiento, pero ya era demasiado tarde.
El taxi n***o estaba detenido en la esquina por el semáforo, y yo iba demasiado rápido como para alcanzar el pedal del freno.
Sentí el golpe antes de poder entender todo.