Era una fría noche en Manchester y yo sólo llevaba una simple blusa de manga larga. Iba tarde a ese estúpido partido al que no quería ir en primer lugar que olvidé tomar un abrigo. Desde el momento en que no encontraba la llave de mi habitación de hotel, sabía que era una señal para no asistir o quizás era para que dejará de ser desordenada Me gustaba más creer en la primera opción. Pero tenía que cumplir con mi promesa de asistir a un partido entre Manchester City y Chelsea, y aunque me consideraba fan del Chelsea ese juego en particular me ponía un poco triste. Era uno de los partidos favoritos de mi padre, quien era aficionado del City.
Para mi él llegar tarde era un crimen, en especial cuando se trataba de fútbol, le gustaba ver cada parte del partido aunque fuera la cosa más tonta del mundo. Un día nos quedamos hasta que el personal casi nos echará, éramos los únicos que quedaban en el estadio, en ese momento, me sentí avergonzada. Hoy digo que esos eran los buenos tiempos, ya que hora asistía a los partidos sola. Él había fallecido y compartir este momento con otra persona no me parecía correcto.
Por suerte, llegué a tiempo, los equipos aún no salían a calentar. Las luces eran cegadoras y la gente seguía tratando de encontrar su asiento. En un lugar donde los aficionados de ambos equipos se deban a notar, me estremecí cuando un grupo de personas comenzó a intercambiar insultos con otro. Se habían dicho hasta de lo que se iban a morir y aunque sólo eran palabras no pude evitar sentir un poco de miedo. Por suerte todo quedó en el olvido cuando las gradas estallaron en gritos y silbidos al ver a los protagonistas del día entrar al campo a calentar.
Desde mi asiento, podía verlo todo. Era uno de los mejores lugares, un par de filas detrás del banquillo local y a un par de metros de los jugadores. Estábamos cerca pero a la vez tan lejos.
A medida que avanzaba la noche el frío aumentaba, los ojos me lloraban y mis mejillas estaban rojas del frío viento que golpeaba mi rostro. Temblaba tanto que me castañeaban los dientes, seguro al día siguiente tendría la peor gripe de mi vida. Me abracé y me menté la madre por no haberme llevado un abrigo. Esperaba haber aprendido mi lección. Frotándome los brazos para entrar en calor, levanté la vista y me topé con la de un chico. Éste mantuvo la mirada durante unos segundos y luego sonrió mostrando esa perfecta sonrisa blanca. Tuve la suerte de que el frío ya tuviera mis mejillas sonrojadas de lo contrario, habría sido vergonzoso. Me analizó una vez más antes de desaparecer por el túnel.
Un par de minutos después, los equipos volvieron listos para pelear los tres puntos que se ponían en juego, ambos se estaban peleando el liderato por el título de la liga. Se habían esforzado en hacer de este partido el más atractivo de la jornada e incluso de la temporada.
Tenía los ojos puestos en la alineación, pero de nuevo, alguien en el banquillo, llamó mi atención. El chico del equipo local me observaba para luego acercarse al borde de la barandilla que nos separaba. A un par de metros pude observarlo mejor, su pequeña barba hacía juego con él y su cabello corto y castaño estaba perfectamente peinado. Cédric Ferreira era guapo en todos los sentidos posibles y lamenté no haberle prestado atención antes. Sabía muy poco de él; seleccionado portugués y nuevo refuerzo del Manchester City. No conocía de él como conocía a los jugadores del Chelsea: Keith Blackwell o Memphis McKay, de los cuales estaba enamorada como cualquier fangirl. Con su mirada fija en mí, comprobé que Portugal no era sólo Cristiano Ronaldo.
—¡Hey, tú! —gritó, haciendo un ademan. Miré a mi alrededor para ver a quién se dirigía—, ¡la chica de la blusa negra! —volvió a hablar al ver mi cara de confusión. Insegura me señalé a lo que él asintió—.¡Ven aquí!
¡Me estaba hablando! No podía creerlo. Tímida caminé hasta él, y con voz temblorosa dije—: ¿Si? —El nerviosismo me invadía, carcomiendo cada parte de mí. Nunca esperé que un jugador me dirigiera la palabra, ni siquiera cuando mi asiento no estaba tan lejos de ellos.
—Toma esto —Me tendió un abrigo n***o—, vi que te estás congelando.
Claro, era imposible no darse cuenta que me estaba muriendo de frío cuando yo era la única loca que no llevaba abrigo y temblaba como perrito chihuahueño. La mayoría a mi alrededor llevaba chamarra o incluso hasta bufanda y gorro.
—Estoy bien. No hace tanto frío —mentí rechazándolo. Podía sentir todas las miradas, juzgando el momento, estaba segura que después de esto estaría por todo internet.
Mis manos ya estaban muertas y tenía miedo de perder una extremidad sólo por mi estupidez, y ahora mi orgullo por no aceptar el abrigo.
—No mientas. Tienes los labios azules y pareces Rodolfo el reno —Me tendió el abrigo una vez más—. No debería estar aquí. Solo tómalo —insistió colocándolo en mis manos.
Cielos, este chico sí que era persistente. Seguro era de los que no aceptaban un no por respuesta y mi terquedad lo estaba molestando. Pero tampoco lo juzgaba porque tenía razón, me estaba congelando. Estaba siendo amable y preocupándose por una tonta aficionada que se estaba muriendo de frío y yo me estaba comportando como una niña.
—Gracias —murmuré derrotada, mientras él volvía a su lugar en el banquillo.
Antes de ponérmela la etiqueta llamó mi atención, era de marca y era suya al no tener ningún logotipo del equipo. Estaba agradecida por ese acto tan amable y esperaba poder devolvérsela después del partido.
No me había dado cuenta que mi cuerpo ya estaba entumecido por el frío hasta que me cubrí con aquel abrigo un par de tallas más grande. El calor no fue lo único que me invadió, sino también su perfume. Cédric olía como chico guapo que va por la calle y deja su olor por todas partes; fresco e inolvidable. Ojala fuera él quien me envolviera en la calidez de sus brazos en lugar de su abrigo.
El silbatazo del árbitro indicando el inicio del partido me devolvió a la realidad, el portugués ese día era banca. Pero conforme pasaban los minutos supe que el partido era perfecto para ingresará al campo. El City necesitaba reforzar su defensa si quería frenar la ofensiva del Chelsea, quienes estaban creando muchas oportunidades de gol, aunque no las culminaban.
En el segundo tiempo, él número 6 con apellido Ferreira en la espalda ingresó al campo. Me pellizqué por haberme vuelta loca con él, le quedaba tan bien el uniforme, aquel short azul celeste se ajustaba tan bien a su redondo y firme trasero, la camiseta ajustada a aquel perfecto torso me hacían querer ver lo que había debajo.
Había sido un partido muy intenso ambos equipos iban empatados 2—2, y solo quedaban un par de minutos antes de que se terminará, pero para mí mala suerte me estaba orinando y el frío viento no ayudaba. Mi cerebro hizo una rápida ecuación y llegó al resultado de que: si me apresuraba en ir al baño con el tiempo adicional podría volver a justo para ver los últimos segundos y así devolverle el abrigo. Traté de apresurarme pero al volver a mi asiento me di cuenta que mis cálculos fallaron. La gente ya se estaba yendo y sólo quedaban algunos jugadores en el campo, pero ningún era Cédric.
Resignada, me dirigí a la salida y volver al hotel donde me alojaba. Frente a mi puerta, busqué en mis bolsillos la llave de la habitación cuando sentí algo diferente. El abrigo tenía bolsillos en su interior y en uno de ellos había una pequeña caja de plástico con botones. ¡Perfecto! No sólo tenía su abrigo, sino también la llave de su auto. Ahora el problema era: cómo devolverlas.