Walter Duncan estaba en la cabina de los pilotos. Se negaba a abandonarla, no quería perderse aquella maravillosa visión que iluminaba sus ojos. Si algo tenía seguro en su vida, era que no olvidaría aquella imagen de su memoria. Galina estaba frente a sus ojos. Tan azul, tan vivo y tranquilo. Veían el lado iluminado por los rayos de su estrella anfitriona, que se presumía debía estar a más de ciento cuarenta millones de kilómetros, y su Luna idéntica a la de Tierra, de la cual Galina parecía un gemelo. La mayoría de la gente había experimentado vómitos incontenibles, mareos y desmayos cuando atravesaron el cúmulo. Pronto la nave espacial comenzó a orbitar alrededor del planeta, Thierry ordenó al resto de las naves que hicieran lo mismo, pero escucharon una noticia fatal. La cuarta nave

