9. Esto huele mal.
Al día siguiente escucho risas en la sala.
Son mis padres.
¿Me olvidé de algún cumpleaños?
No lo creo.
Bajo por la curiosidad.
—Buenos días. ¿Festejan algo?
Ambos me miran sonrientes.
Mi mamá toma unas boletas de la mesada y me las pasa.
—Ha pasado un milagro, hija… —me dice con alivio y felicidad. Yo me fijo las boletas. Todas las deudas están pagas.
—Mira, hija, mira bien —mi mamá me enseña con insistencia las facturas—. Esto es un milagro de Dios.
Pero yo, me pregunto si esto es obra del tipo de Profriends. Busco con rapidez el nombre del depositante del pago. Es un tal D.
¿Duke?
No, eso es imposible. ¿O no?
De todas formas, no hay manera de que se sepa mi Nickname en internet. Y Raúl no creo que tenga tantísima plata, ya me lo ha dejado en claro.
Vuelvo a los documentos. En efecto, todas dicen canceladas.
—¿Cómo pudieron pagar todo esto? —les pregunto, quizás solo soy yo que me hago novelas en la cabeza y resulta que mis padres lo solucionaron por sus propios medios
—Nosotros no, pero el cielo nos ha enviado una mano amiga.
¿Una mano amiga?
Esto me suena mal.
—¿Quién les pagó las cuotas?
—No solo las cuotas vencidas. Ha pagado toda la hipoteca. Ya no le debemos nada a los bancos.
Esto no me lo esperaba, y tengo la cabeza en blanco. No quiero sonar ave de malagüero ni una aguafiestas pero nadie hace algo así sin esperar algo a cambio.
—Mamá, ¿quién se ha hecho cargo de la deuda? —vuelvo a insistir.
—Un buen cliente mío… —me dice ella—. Hace tiempo que no venía a tomar el café, pero esta mañana nos hizo una llamada dándonos la noticia.
Genial. No creo que ese cliente se haya encargado de la deuda solo porque le gusta el café que prepara mi mamá.
—¿Qué gana ese cliente con pagar nuestra deuda? ¿Café gratis de por vida? —les digo y no he notado que estoy siendo ácida y sarcástica con ellos.
Mi padre interviene.
—Son asuntos entre tu madre y yo. ¿Hoy no tenías clases?
Genial, mi padre siempre sale con eso cuando hago una pregunta que los incomoda o que no desean responderme, él siempre trata de desviar la atención mencionando alguna falta mía o recordándome mis deberes. Ahogo un suspiro de frustración. Ya no tengo quince.
—Me quedé dormida —alzo los hombros.
—Será porque anoche saliste tarde —dice él a modo de reproche. Si hace poco decía que ya no podía con las mensualidades de la facultad, me lo he tomado al pie de la letra, ¿qué esperaba? Pero en fin, decido volver a mi cuarto.
—Aún puedo llegar para la segunda clase —digo. La verdad es que la noticia me ha tomado de sorpresa, no me alegra como debería pero al menos mis padres se ven contentos. Sé que se guardan algo para ellos, digo yo… por algo mi padre cambió de tema. En fin…
Tendría que darme una ducha pero ya es tarde, me lavo la cara y me delineo los ojos, y un poco de sombras violetas en los párpados no vienen mal, luego me visto a la rápida: una falda cómoda de las que suelo llevar a menudo y un top oscuro, encima una camisa a cuadros. Un desastre, ya lo sé, pero soy artista y puedo darme el lujo de tener excentricidades.
Tomo mi bolsón con mis cosas, mi porta planos y mi celular. Bajo a la rápida intentando no tropezarme e irme a caer al suelo. Tomo mis manojos de llave de la vitrina y las guardo en el bolso.
—Hasta la tarde —me despido. No escucho a ninguno de los dos, solo risas y más risas provenientes de la cocina.
En el bus me conecto a Profriends.
Tengo un mensaje privado enviado a las seis de la mañana.
“Un trato es un trato y hay que respetarlo. Hice mi parte. Pronto sabrás de mí.
D.”
Ay, carajo…
Este tipo dice que se ha hecho cargo de la deuda de mi familia, y encima, para dejar pruebas, también ha firmado con una D.
Todo el resto del día me la paso revisando si ese tal D me ha enviado otro mensaje. Nada, no hay una señal suya, no sé qué debo esperar.
Al volver a casa me encuentro con la casa vacía, cosa que es normal, ya que de martes a domingo mis padres se la pasan en El Mondo. Debería ir a comer algo allá pero no tengo ganas. Abro la ventana de par en par, quiero que el viento me dé a la cara, eso siempre me sube los ánimos. Un auto rojo estacionado a dos casas me llama la atención. No estaba ahí cuando llegué, y me parece demasiado familiar como para ignorarlo, solo trato de engañarme y pasar por alto que desde que lo vi sabía que ese es el auto de Duke.
Bajo y conforme me voy acercando él me mira detenidamente las piernas. Eso activa mi cachondeo. Ay, carajo… contrólate Bell.
—¿Qué haces por aquí? —pregunto inclinándome hacia la ventanilla. Sé que el escote de mi top en esa posición deja al descubierto una parte de mis tetas.
—Minna dice que hiciste un boceto mostrando mis atributos. Enséñamelo, quiero verlo.
Me lo pienso por unos segundos. Duke en mi casa, ¿qué podría pasar? Corrección. ¿Qué no podría pasar? Mi mente vuelva y voy imaginándome un sinfín de situaciones calientes.
—Dale, sígueme… —le digo.
Él baja del coche, mi cuerpo se estremece, quiero hacerlo con él, desde ese día en que prácticamente me desnudó. Aunque no debo olvidar que es un patán… un infame y que lo odio.
—¿Estás sola? —me pregunta mirando cada imperfección de mi casa.
—Sí.
Entramos a mi cuarto y se lo enseño.
Sus ojos lo ven detenidamente. Ya me espero ciento de críticas suyas.
—Es genial —afirma con entusiasmo—. Véndemela.
—No está a la venta.
—Entonces haz otro idéntico a este.
—No puedo. Es único… además no tengo tiempo.
—Blah, blah, blah, dices muchas excusas.
No se lo puedo vender, ya que es mi máxima obra. La demostración de cientos de horas haciendo círculos y líneas rectas hasta el cansancio. Además porque… me la paso babeando por mí creación.
Deja a un lado el boceto y se abalanza hacia mí tomándome por la cintura.
—¿Puedes ser sincera y decirme por qué no me la quieres vender? –susurra en mis oídos.
—Porque le tengo cariño –murmuro manteniendo la compostura.
—¿Y eso por qué?
—Es mi obra… es el mejor de todos y porque Cadril me puso cien sobre cien.
—¿Cien sobre cien? —murmura rosándome los labios con los suyos. Me empuja y voy a caerme sobre la cama—. Mientes… —me dice a nada de besarme, o al menos eso es lo que creo que va hacer. Cierro los ojos, y nada más espero a que se apoye en mí.
Abro los ojos al ver que tarda.
Ay, carajo…
Duke ha tomado mi boceto y se ha marchado de mi casa.