34. El que todo lo puede. A las seis en punto, con puntualidad, suena el teléfono del penthouse. Anabele me lo alcanza. Es él. Mi cuerpo reacciona a la noticia. —Baja —dice él. Vaya, el tonito seco y frío que tiene ahora no me va. Anabela me acompaña en el ascensor hasta abajo y se despide de mí. —Recuerda, no le dirijas la palabra a ningún hombre —me dice. Yo asiento con la cabeza, agradecida porque para esta hora ya ni lo recordaba y continúo el camino hasta la limusina que en la mañana nos trajo. El chofer me abre la puerta y yo, recordado que no debo hablarle ni para el saludo, paso de frente. No me gusta ignorar a las personas, es un esfuerzo que debo hacer. Y ahí está Drake, tan intimidante, misterioso y lujurioso, luciendo un esmoquin oscuro con un pequeño detalle dorado, h

