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1916 Words
Una Pequeña Historia En la caverna amplia y oculta entre montañas, el anciano caminaba con pasos cuidadosos, apoyado en un bastón tallado y rodeado por los caballeros con armaduras gastadas por las batallas. A su alrededor, las sombras danzaban con la tenue luz de las antorchas, proyectando formas antiguas y figuras temibles, pero su mirada se mantuvo con determinación hacia donde se erguía la figura majestuosa y aterradora del dragón. Los siglos se marcaban en las escamas desgastadas de su piel y en los ojos dorados y centelleantes, que, aunque cansados, no habían perdido su fuego ni su suspicacia. Al ver al anciano en actitud desafiante, el dragón entrecerró los ojos y lo observó sin moverse, ni siquiera respiraba en apariencia. Los caballeros que acompañaban al anciano alzaron sus armas instintivamente, preparados para defenderlo de aquella criatura mítica, pero el anciano levantó una mano, deteniéndoles. - No teman - les dijo el anciano con voz calmada y cargada de respeto - El maestro fue testigo de la creación de nuestro imperio. Él merece nuestra reverencia, no nuestras espadas. El dragón observó la escena con un brillo en sus ojos, como si comprendiera más allá de las palabras del anciano. Tras unos instantes de silencio, el dragón habló, su voz como el eco de un trueno distante. - El mapa tiene mi marca ¿A qué viene eso? Es sólo un dibujo en un papel... El anciano dio un paso al frente, ignorando el temblor de sus manos y el peso de los años. Sabía que estaba ante el último de los guardianes de su historia y que, después de tanto tiempo, el dragón debía conocer la verdad. - Vengo a contarte lo que ocurrió con el imperio - dijo el anciano, mirándolo directamente - Con el imperio que ayudaste a construir. El dragón lo observó en silencio, su expresión inescrutable. - No es algo que me interese...- dijo Drage. - El primer emperador, - continuó el anciano - al que llamabas amigo y al que ayudaste con tu aliento y esfuerzo, al final no te fue leal. Me lo dijo mi padre. El emperador te temía. Temía que tu poder lo superara, que le arrebataras el dominio sobre aquello que deseaba controlar… Pero ese mismo poder fue lo que forjó el imperio que hoy existe. El dragón cerró los ojos, y durante un instante pareció sumido en recuerdos tan antiguos como las montañas. - Lo sé - respondió el dragón en un susurro grave, tan bajo que apenas fue un murmullo en la caverna - Yo vi la codicia en sus ojos… pero tenía la esperanza de que prevaleciera el honor. Y sin embargo, me traicionó. No lo vi venir. Uno de los caballeros alzó la voz, incapaz de comprender. - ¿Cómo puedes decir eso? El primer emperador fue un héroe, el que nos salvó de la oscuridad y la tiranía de los viejos reinos. El anciano sonrió tristemente, mirando al dragón. - Esos son los cuentos que se cuentan ahora, pero la historia verdadera no es tan simple. El dragón que tienes delante fue quien derrotó a los enemigos que amenazaban nuestras tierras. Él fue quien protegió al emperador cuando era solo un joven aventurero, peleó a su lado… y él fue quien ayudó a levantar las fortalezas que ahora llamamos nuestro hogar. Pero cuando el poder creció, también lo hizo la ambición del emperador y así fue como surgió la traición. Los ojos del dragón volvieron a abrirse y una llama de furia olvidada ardió en ellos, iluminando la caverna con un resplandor rojizo. - Él me traicionó por miedo - dijo el dragón, como si cada palabra le costara siglos de dolor reprimido - Usó la riqueza de mi hogar, mi nido para hacer crecer su poder mientras me mantenía alejado de ella. Cuando comencé a sospechar de sus actos, le informé que me marchaba y me traicionó. Confié en él y esa confianza fue mi error. El anciano dio un paso más hacia el dragón, hasta que la respiración del monstruo rozó su piel como una brisa cálida y densa. - Pero no toda tu obra fue en vano, maestro dragón. Hay quienes aún recordamos. Hemos venido aquí para pedir tu perdón… y también para contarte que el imperio sigue en pie. No por la codicia de aquel emperador, sino por la fuerza de los que creemos en la justicia y en la paz que tú deseaste. Por un momento, la mirada del dragón pareció reducirse, perdida en recuerdos, pero después sus ojos se posaron en el anciano y algo que rozaba la gratitud cruzó su rostro imponente. - No es el perdón lo que buscan - dijo el dragón - sino la verdad. Aquella que ya conocen, aunque prefieren olvidarla. Esta caverna… no es mi prisión, sino mi refugio de un mundo que decidió olvidarse de sus raíces o lo que me hicieron. Los caballeros miraron al anciano, confundidos pero sin atreverse a intervenir. Finalmente, el dragón exhaló y su aliento era como un viento cargado de cenizas y recuerdos. - Diles que el imperio sigue siendo suyo, pero que los cimientos de las grandes obras se desmoronan cuando se olvidan las traiciones que las forjaron. Que guarden esta lección, pues la codicia puede alzarlos… pero también destruirlos - añadió el dragón - Ya no me interesa que crean en la historia correcta. No me interesan los humanos o lo que pase con ustedes. - ¿Ni siquiera nos escuchará? - preguntó un caballero frustrado - Viajamos tanto para esto... - Sir Robert...- dijo el hombre. El anciano tragó saliva al ver que las escamas del dragón chisporroteaban levemente con el resplandor de las llamas internas y, aunque su rostro mantenía una expresión serena, los ojos del dragón reflejaban siglos de ira contenida. - ¿Crees que fue solo por unas monedas? - rugió el dragón y el sonido de su voz hizo eco por toda la caverna como un trueno lejano, sacudiendo hasta los huesos de los presentes - Me arrancaron algo más que la libertad. Lo que me robaron fue mi hogar, mi nido, mi tesoro, mi vida. Todo lo que guardé, todo lo que creí que era mío por derecho… lo destruyeron en su ambición, como si nada. El dragón hizo una pausa, entrecerrando los ojos al recordar. Su voz bajó, pero el resentimiento impregnaba cada palabra. - Aquel hombre a quien llamé amigo, el mismo que prometió proteger la paz y la justicia, vino a mí y tomó aquello que amaba. Me prometió un reino justo… pero solo quiso llenarse de poder y riquezas a costa de otros. Mató, saqueó y mintió para construirse un imperio. Usó mi fuerza como su herramienta y luego mi hogar como su trofeo. Hasta la última de mis posesiones la vi caer en manos de sus soldados, mientras tuve que esconderme en esta cueva. Los caballeros intercambiaron miradas inquietas, incapaces de comprender la magnitud de lo que el dragón describía. Uno de ellos, más joven y temerario, no pudo contenerse. -¿Y cómo podrías haberte considerado amigo de alguien así? -preguntó, su voz teñida de incredulidad. El dragón giró lentamente su mirada hacia el caballero y en esos ojos dorados relucía una sabiduría que los siglos no habían erosionado. - Porque en ese momento aún tenía fe en los humanos. Fui ingenuo. - dijo con un tono que no mostraba más que cansancio - Porque deseaba creer en ellos, a pesar de sus defectos, pero descubrí, demasiado tarde, que su ambición es un fuego insaciable. En su búsqueda de grandeza, no dudan en arrebatar todo lo que encuentran y dañar a quien sea. Arrasaron mi tierra, mi hogar y mi nido y en su voracidad, nunca se detuvieron a pensar en quién pagaba el precio. El anciano asintió, bajando la cabeza en señal de respeto. A pesar de que la historia era difícil de escuchar, él sabía que el dragón tenía razón. Había secretos en el imperio, actos oscuros que pocos conocían. El mismo emperador que había prometido justicia y paz había sido, en realidad, su destructor. - No merecías eso, maestro - le dijo el anciano con voz suave y triste - Aunque muchos de nosotros desconocen los crímenes de nuestros antepasados, yo… yo vine aquí para ofrecerte mi respeto y mi arrepentimiento. El dragón esbozó una sonrisa amarga. - ¿Arrepentimiento? - repitió, con una chispa de ironía en su mirada - Arrepentirse es fácil cuando no se paga el precio de la traición. Dices que vienes en paz, anciano… pero ¿Cuánto tiempo pasará hasta que, como tu emperador, te dejes llevar por la codicia? ¿Hasta que traiciones la paz que ahora dices querer? ¿Por qué debería confiar en ti o en cualquiera de tu especie? Sigues siendo en parte humano. El anciano sostuvo la mirada del dragón, sus manos temblando ligeramente. Sus palabras no tenían una respuesta sencilla y el dragón sabía bien que el anciano lo entendía. - No puedo decirte que debas confiar en nosotros, - admitió el anciano con un suspiro - después de lo que te hicieron, ni yo lo haría. Pero sí puedo decirte esto: aún quedan quienes desean honrarte y aprender de ti. Quedan humanos que no buscan la gloria ni las riquezas, sino la paz. Tal vez no te devolvamos el hogar que te fue arrebatado, pero podemos al menos recordarlo… y recordarte. El dragón entrecerró los ojos, reflexionando y el resplandor de sus llamas internas disminuyó un poco, como si la ira cediera, aunque fuera por un instante. Luego, su voz resonó una última vez, llena de un dolor antiguo y profundo. - No me interesa que me recuerden... Guarda bien esa memoria, anciano - dijo - Porque mientras la codicia exista en el corazón de los hombres, mi desconfianza también vivirá. Y el día en que olviden mis palabras… será el día en que el fuego y la traición los consuman, tal como me consumieron a mí. El anciano inclinó la cabeza, permaneciendo en su lugar, a pesar de que el dragón ya había dado su veredicto con un rotundo rechazo. Los caballeros lo miraron confundidos, esperando su señal para retirarse, pero el anciano no se movió. En cambio, alzó su mirada hacia el dragón con determinación y dio un paso al frente, sus palabras firmes y cargadas de una seriedad que no había mostrado hasta ahora. - Hay algo más , maestro - dijo el anciano, su voz temblando levemente, pero no por miedo - Algo que aún no sabes. El dragón bufó, un sonido grave y exasperado que hizo que el eco resonara como el rugido de una tormenta en la caverna. - ¿Qué podría decirme un mortal que ya no sepa? - respondió con desprecio - Ya he escuchado demasiadas súplicas de tu clase. He visto cómo terminan las alianzas con humanos y te aseguro que no hay nada en el mundo que me haga levantarme de esta caverna para luchar sus guerras nuevamente. Pero el anciano continuó con calma, como si la tormenta en las palabras del dragón no lo intimidara. - El Imperio está en guerra desde hace algunos años. - No es algo nuevo. - acotó el dragón - Si es descendiente de Dylan tu gobernante tiene una sangre agresiva y beligerante. - Eso no es todo, maestro...Hay algo que te concierne a ti en particular... Los ojos del dragón se estrecharon suspicaces. La desconfianza era visible.
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