Los recuerdos de ese día me golpean como una pesada carga que cae en mi cabeza con las palabras de Zeke: Está vivo… Alonso Está vivo…
Esa afirmación me hace sentir como si me hubiese pasado un camión por encima y todo el dolor que sentí el día en que recibí la noticia de su muerte regresa como un vendaval llevándome por delante sin que pueda protegerme. Mi cuerpo pesa, mis músculos no responden y mis articulaciones tiemblan de tal forma que no pueden sostenerme.
–¡Mila! ¿estás bien? –Es el grito de Zeke y mi madre que corrieron a mi antes de desfallecer. Mi cuerpo falló, mis piernas perdieron su fuerza, mi visión se nubló en un instante al momento en que esa posibilidad que creía imposible me era revelada y por la persona que menos había pensado.
–¡Javier, Javier! ¡Corre que le pasó algo a Mila! –grita mi madre.
Mis ojos se agolpan en lágrimas, mi respiración se corta y todo me da vueltas. ¿Cómo esto puede ser posible?
–¿Mami?
Aiden… Sus ojos multicolor, idénticos a los de su padre me miran con preocupación. Podrá ser un bebé, pero está en la edad donde empieza a reconocer las diferentes emociones por lo que sabe que no estoy bien… ¿Cómo puedo yo enfrentar esos ojos de la misma forma en que lo he hecho todo este tiempo?
–Debería irme, Mila, conservo el mismo número, llámame –es lo último que dice Zeke y entiendo por qué se va, esa información sólo me compete a mí y yo tampoco quiero que los demás sepan lo que acabo de descubrir, si es que en verdad es cierto.
–¡Lárgate de esta casa, no quiero volver a verte cerca de mi hija ni de mi familia! –gria mamá
–¿Estás bien amor? –Dice Javier al llegar junto con Victor que carga a mi hijo diciéndole que vuelvan a la fiesta a jugar pero este se niega diciéndole que quiere estar con mamá mientras que, el que hace unos minutos acepté como mi pareja, me abre sus ojos café buscando que conecte mi mirada con la suya entre tanto busca mi pulso.
Esto no puede ser… no puede ser. Repito para mi misma dentro de mis pensamientos.
Sigo en silencio el camino que toma Zeke a la salida, quien antes de pasar por el umbral de la puerta me mira y asiente, sabe que estoy en negación pero reafirma su noticia con ese gesto. No sé si es que en algún momento un portal a una dimensión desconocida se abrió y caí de manera estrepitosa por él, porque las imágenes que veo a mi alrededor parecen inciertas… los sonidos huecos… los colores planos… Lo único brillante son los ojos de Aiden, ojos que no dejo de mirar, orbes que inevitablemente lo traen a él aquí otra vez…
–Su presión está bien, solo fue la impresión –dice Javier quitando el espéculo de sus oídos y desatando mi brazo de la presión que ni siquiera sentí por estar perdida en la bruma de mis pensamientos–, pero creo que lo mejor será que descanse un poco, la llevaré a una habitación ¿Creen que puede terminar de atender a los invitados por Mila? –les dice a mi madre y a Victor Javier luego de revisarme, su voz se escucha lejana pero su tacto me reafirma que estamos en un mismo lugar.
–Claro hijo, yo me encargo, ayúdala por favor y evita que vuelva a ver a ese hombre.
–Tranquila Doña Teresa, eso haré…
Como puede me levanta y vamos a la primera habitación que está disponible. Lentamente quita mi calzado y acomoda mi cabeza entre las almohadas. Con la misma calma.
Pasan los segundos… parsimoniosamente… pesados… lentos… apabullantes…
–¿Puedes hablar? –Es él quien rompe el silencio mientras yo batallaba porque mis ojos no delataran más de lo que ya hablan-
Asiento
–¿Algo que deba saber? –¿Debe saberlo?
–No… –miento–. No esperaba que llegara hasta acá y yo…
–Es extraño que te hayas desmayado de “solo verle” porque bien que le hiciste frente al principio… –Suspira cansado haciéndo énfasis en la ironía de su frase– Sé que te dijo algo importante y no te voy a presionar para que me lo cuentes, pero quiero que sepas que lo que te dije antes sigue en pie Mila, quiero una relación contigo, quiero ser el padre de Aiden y si eso significa pelear a tu lado contra viento y marea allí me tendrás.
–Gracias… –me pongo de pie con agilidad pero Javier preocupado se abalanza sobre mí deteniéndome.
–¡Hey! ¿Qué estás haciendo?
–Mi hijo hoy cumple un año ¿no lo recuerdas? tengo una celebración que atender.
–No estás bien, quédate a descansar un rato, los demás pueden continuar…
–No. Es mi hijo. Es mi responsabilidad. Es MI Celebración… Es… Es… –No puedo continuar porque la garganta se me cierra.
Los brazos de Javier me encuentran y aunque me niegue y pelee por no derramar una lágrima más, mis ojos me traicionan. No sé qué fue lo que lloré, no sé a quién despedí ¿Por qué me hiciste esto Alonso?
–No tienes que cargar sola con el dolor ¿Lo recuerdas? Tu terapia, tu pie, tus quemaduras… Lo superamos juntos, lo que sea que ese hombre te haya dicho lo podemos solucionar y vas a poder hacer lo que quieras con ese dolor y superarlo, como cuando volviste a bailar y ahora tienes tu academia… ¿Acaso ya no confías en mí?
¿Confianza? ¿Eso es acaso posible? Asiento para no preocuparlo y con la dulzura que lo caracteriza, limpia mi rostro de las lágrimas para luego posar su boca gruesa y suave sobre mis labios en un tierno beso que intento responder de la misma manera, de labios para afuera.
–Vamos entonces a la fiesta –dice sonriendo tomando mi mano, tacto que ahora se siente extraño. El no merece una persona imperfecta a su lado ni alguien que viva plagado del “Y si…” necesito respuestas… Muchas y las necesito pronto.
Si es verdad ¿Por qué no me buscó? ¿Acaso era falso todo lo que me dijo sentir? ¿Y esa propuesta? Miro mi mano y veo el anillo de compromiso que me dió esa noche, anillo que conservé, que nunca dejé de usar a pesar de todo.
Pero han sido dos años. Dos enteros años de aquel fatídico día y nunca supe nada de él, ni de su padre.
¿Tendrá León algo que ver? ¿Habrá más peligro igual que el de Calcinares? Todas esas dudas me dan vueltas y soy un caparazón sin alma despidiendo a los invitados, recogiendo las cosas para no tener que hablar demasiado y sonriendo en automático como forma de disfrazar todo lo que me pasa por la cabeza.
El desastre de este cumpleaños es tan grande que puedo escabullirme de las preguntas incómodas con la excusa de tener que recoger todo a pesar de tener contratado un servicio para ello, mi hijo sigue activo y feliz por su celebración a pesar de que todos lucen apaleados y aprovecho la distancia para tratar de bajar mis revoluciones.
–¿Qué te dijo ese imbécil que te tiene de esa manera Mila –interrumpe mi diatriba mental mi amiga Gio– y no vengas a decir que nada importante porque te conozco y si eso fuese cierto lo hubieras levantado a vergazos sin ayuda de nadie
–Gio..
–Gio nada. Que no lo hayas querido decir a Javier o a tu mamá lo entiendo pero a mí no me engañas ni me vas a confundir con unas largas y otras cortas.
–Es algo… complicado ¿está bien? Aún no sé si lo que me dijo es cierto o falso, pero me dijo que nos viéramos para… para que me explicara todo.
–¿Explicarte? ¿Qué tiene que explicarte ese cara de v…
–¡Gio por favor! ¡El vocabulario!
–Si, si… No veo que tenga que decirte ese idiota que sea tan importante como para que te desmayes y andes por ahí como si hubieses visto un muerto.
No lo vi pero al parecer no está tan muerto como creíamos.
–Mira –le tomo de las manos para bajar sus revoluciones–, Es cierto que Zeke me dijo algo muy impactante pero no sé si es verdad o mentira – abre la boca con la intención de preguntar que fue pero paro su pregunta con un ademán haciéndoñe entender que no le diré nada por ahora–, sin embargo te prometo algo, apenas esté segura de lo que sea que tenga que decirme te lo contaré ¿Si?
–Aquí estaré Mila… Aquí estaré.
(...)
–Gracias por venir… Tengo tantas cosas por decirte que…
–Lo que sientas no me interesa, Zeke –corto su perorata antes de que crea que le he perdonado. Estamos en un café abierto de esos tantos que hay en esta ciudad, no confío en él, por ende, vernos en un lugar privado no era una opción–. He venido aquí porque dijiste que sabías que Alonso estaba vivo así que no quiero saber nada diferente a eso…
–Mila… –Extiende su mano hacia mí con ojos de cachorro
–No tienes permitido decir mi nombre y mucho menos tocarme –le rechazo–. Es hora de que me cuentes todo tu lado de la historia.
Entiende mi desprecio y toma aire fuertemente, tanto que puedo escucharlo para luego largar un trago de su cerveza como buscando fuerzas para lo que sea que tenga que decir…
–Mila, diga lo que diga escúchame hasta el final sin interrupciones… Creo que es hora de develar esta parte de la historia