Prefacio

1313 Words
Kate corría. Corría como nunca lo había hecho en su vida. Sus zapatos resbalaban en el frío y húmedo asfalto, mientras los músculos de sus piernas ardían en una sensación agónica, el frío calaba sus huesos por medio de la delgada ropa que la acompañaba ese día, mientras sus risos se desparramaban sin estilo contra su cara. Si su madre la viera así le lanzaría una de sus miradas, y la reprendería: Pareces una niña sin educación. Pero poco le importaba ahora, no cuando había recibido esa llamada. Él se fue. Esas palabras rodeaban su mente como un mantra tortuoso y desgastador, que amenazaba con derrumbarla en medio de la desolada calle, pero ella era fuerte y se decía así misma, que era mentira, que el hombre que llego a amar con todo su corazón seguía ahí, con zapatos baratos, comics y una sonrisa tan brillante que hizo que su corazón saltara. Kate lloró. Tal vez eran las gruesas gotas de lluvia que caían en su rostro y empapaban su cuerpo, pero ella sabía muy bien que el agua tibia que recorría sus mejillas eran lágrimas, lágrimas que inundaban sus ojos y hacía que las luces de la ciudad se vieran difuminadas y lejanas, como estrellas en el firmamento; por un momento se quedó en esa realidad, donde todo estaba difuminado y lejano, sus problemas, sus padres, la escuela, y la lluvia, todo era un vil recuerdo que no podía atormentarla más, en su lugar se lo imagino a él, viendo sus ojos grises y su bonita sonrisa, sosteniéndola con sus gentiles manos… El sonido de un claxon la saco de su ensoñación, para ver que estaba parada en medio de la calle, mientras un auto la iluminaba con potentes faroles, encandilando sus ojos, haciendo que las lágrimas que se negaban a bajar se deslazaran por su helada piel. —¿¡QUE TE PASA LOCA?!—Le grito el conductor de aquel auto con voz enojada, mientras tocaba insistentemente el claxon—¡MUÉVETE DEL PUTO CAMINO! —Yo… Lo siento—Susurro, mientras se dirigía al borde de la acera, quitándose del camino del vehículo, que paso rápidamente asegurándose de mojarla con el charco que estaba en el medio. Kate se olió. Olía a basura y agua sucia, pero eso no evito que saliera corriendo una vez más, aquel susto de casi verse atropellada la había aterrizado de forma abrupta a su realidad, y aunque las lágrimas seguían tibias en sus mejillas, no se permitió soñar una vez más, tenía que llegar rápido. Todavía tengo una oportunidad Ella sabía que olía rancio, estaba empapada, sus rizos sofisticados y elegantes, ahora eran un nido, su expresión siempre confiada y altanera, ahora era de angustia y dolor; ella sabía que presentarse así, en la casa de alguien era una indecencia, así que con sus manos frías aparto un poco el cabello que se pegaba a rostro y trato de darle forma. Cualquiera que la viera, pensaría que escapo de un psiquiátrico. A él no le importan las apariencias. Sonrió con esa afirmación, y su corazón se iluminó un poco con esperanza; no importa si llego así, a él no le va a importar, se obligó a dejar su cabello en paz mientras se esforzaba en correr, ya casi iba a llegar, podía ver como la débil luz de la luna, que se filtraba entre los gruesos nubarrones, iluminaba débilmente los techos de las casas del vecindario. Kate estaba nerviosa. Sus manos volvieron a su cabello tratando de peinarlo, mientras sus pasos desaceleraron en una caminata titubeante. Había llegado a la calle donde él vivía, de casas grandes, con jardines hermosos pero no amplios, que permitía que fuera una calle muy linda y estrecha, pero sin quitar que vivía gente acomodada en ella. Penúltima casa a la izquierda se repitió así misma, como si ella no hubiera venido cientos de veces. Decidió dejar su cabello en paz, cuando sintió un pequeño dolor en su cuero cabelludo de tanto jalonear, para proceder a alisar su manchada y sucia ropa, ignorando que no había forma de que con sus manos temblorosas pudiera mejorar el aspecto de la tela. Cobarde. Ella sabía que ese patético intento de arreglarse, era solo una pobre escusa para no avanzar más. Kate no sabía qué decir, no había preparado un gran discurso o una declaración de amor; salió corriendo de su casa en medio de la noche y en una gran tormenta, sin pensárselo mucho. Dirigió su mirada a las casas de aquel vecindario, algunas filtraban luz amarillenta a través de sus ventanas, mientras otras estaban completamente oscuras. Una disculpa puede servir. Se dijo así misma como una solución racional, después de todo, era lo mínimo que él se merecía, las declaraciones de amor podrían venir después, al reflexionarlo su frío cuerpo pareció calentarse un poco, mientras se animaba a retomar su caminar por la acera. Kate observó. Observo como la casa que tanto había visitado estos últimos meses, esa casa llena de vida y momentos felices, ahora estaba oscura; con su fachada blanca escondida entre las sombras de las nubes, y sus vidrieras cubiertas con pesadas cortinas que no dejaban entrever nada de su interior. Su corazón se apretó dolorosamente, mientras sus manos temblaban. De pronto están dormidos. Aunque ella sabía que su familia y él, eran muy activos de noche, viendo películas o jugando algún juego de mesa, no se irían a dormir hasta bien entrada la noche. Pero su corazón decidió creer esa mentira temporal, mientras se deslizaba por el hermoso jardín lleno de rosas y margaritas, que ahora se veían apocadas en la oscuridad de la noche. Llego al porche elegante que se empotraba en la fina estructura, mientras su mirada encaraba la puerta de madera oscura que, en la inmensidad de las circunstancias, parecía un hueco a punto de tragarla. Toco suavemente con sus nudillos, rezando para que saliera la madre de él, con esa sonrisa cálida que tanto la caracterizaba, o su padre con una mirada dura, pero serena, o tal vez su hermana menor tan tierna y divertida, o simplemente él, para evitarse dar más explicaciones de porque estaba en aquel estado tan deplorable. Después de unos minutos la puerta seguía fuertemente cerrada, y las pesadas cortinas no habían hecho amagado de moverse; Kate empezó a entrar en desesperación, rebotando sus nudillos con un poco más de dureza contra la puerta, mientras sus ojos nuevamente se llenaban de lágrimas, pero ni eso hacía reaccionar a la estoica casa, que permanecía impasible, como si… como si no hubiera nadie en ella. De pronto una puerta se abrió, interrumpiendo el abrumador silencio de la calle y sorprendiendo a Kate, como la luz amarillenta de la puerta vecina iluminaba su rostro levemente, por la misma salió una anciana encorvada apretada contra su bata rosa chicle y con un gorro de lana cubriendo su cabello canoso. —¿Kate? —Pregunto con voz temblorosa, seguro por el frío—¿Qué haces aquí cariño? ¿A esta hora? ¿Con ese aspecto? La mencionada se sorbió los mocos mientras se limpiaba la cara con las mangas de su camisa. —Señora Lina, ¿Ha visto a los Dagger? —contra preguntó con un tono de urgencia en su voz y mirada angustiada. La anciana evaluó por unos momentos a la adolescente con ojos conocedores: Kate era hermosa, pero lo que tenía de hermosa, lo tenía de altiva, clásico de una persona criada en una cuna de oro, con un caminar casi gatuno, y una mirada despectiva para todo el mundo; se había sorprendido cuando el sencillo muchacho que vivía al lado había llegado con ella una tarde. —Cariño, Kate. Los Dagger se fueron hace dos días. Y la señora Lina pudo ver como aquella muchacha refinada y elegante se derrumbaba, más de lo que ya estaba.
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