Derek. El reloj marcaba las cinco y media de la tarde y el atardecer doraba los ventanales del lujoso penthouse donde Derek Winston terminaba de ajustarse los gemelos de la camisa blanca. El smoking n***o descansaba sobre la cama, junto a la corbata de seda italiana que Christine le había regalado semanas atrás para esa ocasión. Frente al espejo, se obligaba a sostenerle la mirada a su reflejo, como si pudiera leer en sus propios ojos una verdad que llevaba tiempo evitando. Esa noche se celebraba el inicio de la Conferencia Internacional de Marketing y, como cada año, él era uno de los invitados de honor. En otras circunstancias, eso lo habría entusiasmado. Pero esta vez no había espacio para la euforia. Solo un nudo persistente en el estómago y una sensación extraña, como si algo inevi

