LXIX Victoria sintió en su mejilla una suave caricia, cosa que la hizo sonreír. Cuando empezó a abrir sus bellos ojos, la vista se le hizo muy distinta a la habitual, no obstante, y para sorpresa de su amante, no se alteró en lo más mínimo. Cerró de nuevo los párpados y dejó que ese tacto tan cálido y sobrecogedor la siguiera tranquilizando. Algo en definitiva sí era muy diferente, hacía un calor tremendo. —¿Me has traído de nuevo al hotel de los Coreanos, Julian? —preguntó la adormilada dama. —La verdad no, pero sí estamos cerca del océano. Te traje a la casa en la que siempre viví cuando era pequeño. Aquí crecí, Viko. Al escuchar eso ella de inmediato abrió los ojos y se incorporó en la silla trasera del auto. Estaban en una parte alta, una calle común de casas pequeñas, mas la vista

