LXVII —¡¡Abre la puerta, maldito hijo de puta!! —gritaba la señora Simmons, golpeando con todas las fuerzas de su menudo cuerpo. Había logrado llegar a la entrada de su alcoba arrastrando un poco la pesadísima cama a la que estaba atada por su tobillo. Se encontraba por completo incomunicada, ya llevaba un día entero en su cuarto sin saber nada de nadie, y su comida se la llevaban en charolas que un hombre de seguridad le dejaba en la mesita de servicio. Victoria intentó lanzarse a ese gigante más de una vez, pero por poco se disloca la pierna al hacerlo. No podía hacer nada en ese momento, solo gritar y maldecir a su marido. Todos los empleados de la casa se encontraban confundidos y aterrados, no era posible que la señora estuviera secuestrada en su propia habitación. Buscó herramienta

