En ese momento, cuando sus miradas se encontraron, sintió su cuerpo temblar con el contacto de su piel. Un poco cohibida por sus labios, se separó de él casi tropezándose, pero él volvió a sostenerla de las manos. "Cuidado, no vayas a caerte", advirtió.
"Gracias", comentó ella apenada y se alejó rápidamente. Luego se detuvo al darse cuenta de algo. "Perdón, no te he dicho dónde te quedarás a dormir", dijo.
Y el asintió y se acercó a una habitación alejada de la suya.
"Mira, aquí tendrás baño y todas las comodidades. Es una de las habitaciones más grandes", explicó ella.
"¿Y cuál es la más grande?", preguntó curioso.
"La mía", comentó ella con una sonrisa y luego desvió la mirada hacia él.
"No me has preguntado cómo me llamo", mencionó.
"¿Acaso eso tiene importancia?", preguntó ella encogiéndose de hombros.
"Yo creo que..." comenzó a decir, pero ella lo interrumpió.
"Bueno, me voy", dijo pasando por su lado sin mirarlo siquiera. Bajó las escaleras, sintiendo los latidos de su corazón acelerados, preocupada por sí misma. ¿Acaso eso podría ser posible? ¿Lo que le estaba pasando a ella?
Annie siempre había sido una mujer empoderada, millonaria y orgullosa de lo que era. Con el dinero que heredó de su esposo, construyó un hermoso imperio, con empresas y lo que más le gustaba: escribir. Sí, Annie era escritora y editora. Tenía una gran editorial que buscaba talentos por todas partes, aunque tenía personal para buscarlos. Para su sorpresa, le había ido bien; incluso tenían una plataforma virtual donde vendían libros. Había pasado de ser rica a ser millonaria. Pero nada de eso, ni el dinero, le quitaba el dolor.
Durante un año entero, viajó por todo el mundo sola, conociendo lugares nuevos. Su mundo se abrió, pero aún quedaba el vacío. Al saber que nada recompondría el dolor que sentía, regresó. Había pensado en vender la casa y mudarse, pero no podía. Prefería imaginar que cerraba los ojos y que su esposo la abrazaba como solía hacerlo, llenándola de besos y con el desayuno en la cama. Aunque esperaba que eso ocurriera algún día, estaba cansada de ilusionarse y de pedir algo que nunca existiría.
Se subió a su vehículo, lo encendió y luego puso una música alegre que le gustaba tararear.
Pronto llegó a la casa de su mejor amiga en unos 10 minutos. Julieta era una mujer decidida, y un poco excéntrica, una compañía ideal para Annie, quien había perdido a su esposo. Aunque habían sido amigas durante muchos años, su relación se fortaleció después de la muerte de él. Julieta fue un apoyo constante; siempre estaba ahí cuando la necesitaba. Con un golpeteo en la puerta, Julieta apareció. Tenía el cabello castaño, unos bucles que le llegaban hasta los hombros, y siempre trataba de controlarlos. Su rostro estaba cubierto de pecas diminutas, y sus ojos eran de un marrón profundo.
"Por fin llegas. Vamos a tomar una taza de té, ¡tengo hambre!", exclamó Julieta.
"¿Otra vez té? Tomemos mates", protestó Annie.
"Bueno, ¿tienes algún chisme? Hoy es un día bastante aburrido", murmuró perezosamente mientras se dejaba caer en la butaca.
"La verdad es que sí, y demasiado."
"Me estás asustando. Dime qué pasó", dijo Julieta, apoyando su rostro en sus manos.
"No lo vas a poder creer, pero llegó un hermano gemelo de mi esposo."