Capítulo 6: El voto

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VI Rena sentía los besos del viento que se colaban por la ventana abierta del balcón, cuya transparencia ya reflejaba la tarde, en colores tan bellos como sus flores. Su vestido, que caía como la más limpia y hermosa de las cascadas, lucía como ella, único, especial. Estaba sola, y no lo estaba. Por mucho tiempo había añorado verse así, como los sueños infantiles en que un apuesto príncipe la esperaba al final de una larga fila de rostros invisibles donde ellos serían eternos. Sus manos estaban temblando. Una de las damas que la acompañarían, le dijo que se acercaba su salida. Que el novio estaba en su lugar, no estaba prófugo, o escondido, o la había abandonado al preferir a su mamá. Quiso llorar, ese novio era un sueño en casi todo el sentido de la palabra, y en tres meses se despertaría y sería el fin del cuento de hadas. Se vio su mano, ese anillo que le rompió el corazón. Era suyo ahora, sentía una responsabilidad enorme al llevarlo, más cuando lo haría siempre. Así Doug saliera de su vida, vería ese color de rosa y sonreiría, recordándolo. —No quiero solo recordarlo… —susurró para sí, llevando esa piedra hermosa, muy cerca de su rostro —Señorita, es hora. Rena suspiró, con delicadeza limpió sus ojos, las lágrimas no dañarían su bonito maquillaje que había tomado mucho tiempo. Temblando, tomó el ramo de flores exóticas y siguió a la mujer que parecía estallar de dicha mientras la miraba. En la parte baja, cerca a la playa donde todos la esperaban, había un cortejo de empleados que le deseaban felicidad a su paso. ¿Ellos sabían que se trataba de una farsa? Claro que no, era una mentira muy convincente. Su cabello había sido recogido en la mitad con unas flores blancas de centro color violeta, y el resto caía sobre sus hombros, casi hasta el corpiño. Sus ojos enormes y castaños habían sido resaltados lo suficiente en su belleza, como para que él la encontrara donde fuera. Aunque no pasaba de 1.65 cm de estatura, sus bellos zapatos la hacían ver muy espigada y su vestido, con ese coqueto corte adelante, dejaban ver por completo sus piernas doradas. Solo debía voltear una esquina y empezar su caminata, ya podía ver la arena y escuchar el murmullo de las voces. El cielo se teñía azulino, algunas estrellas se adelantaban, solo para verla a ella. Tomó algo de aire y la otra joven se detuvo, era el momento que siguiera ella sola. Nunca había estado tan feliz de sentirse sola. Uno de sus pies se asomó al lugar donde todo parecía oscuro, entonces un arpa hizo su primer movimiento, para que después un sin fin de lucecillas se encendieran cuando ella tocó la preciosa alfombra roja. Todo era mágico, perfecto. No imaginó jamás sentirse así de especial, amada. Eso quería creer. Al final estaba él, aún no podía verlo bien, pero ahí estaba. Empezó a dar pasos cortos, ante las miradas de los invitados desconocidos, casi todos resultaron ser las parejas de esa noche de karaoke. Ella sonreía, perdida entre las luces y la voz celestial de una dama que cantaba como un ángel. Al fin entonces llegó muy cerca de ese hombre que no era el que había elegido en un inicio, gracias a Dios. Él también vestía de blanco y sonreía mucho, como si de verdad estuviera muy feliz de verla. Le extendió la mano para ayudarla a subir un pequeño peldaño y estuvieron al fin frente a frente, a punto de cometer su desquiciado matrimonio. El arpa, el violonchelo y la dama dejaron sus notas y el juez, comenzó con su protocolo. Rena lo observaba, lo detallaba. Su cabello tan oscuro, corto, pero de rizos en la parte superior, que había peinado con mucho cuidado hacia atrás. Le gustaba más cuando caían sobre su frente, casi tocando sus cejas. Sus pómulos eran sobresalientes, sus ojos muy grandes y de color castaño, muy claro. Lo más hermoso eran sus pestañas largas y tupidas, que encerraban más su mirada, su preciosa mirada que ahora estaba absorta en ella. —En este momento, el novio leerá los votos que ha escrito para su novia. —Rena no tenía nada, así que se angustió un poco—. Sé que habían acordado no hacerlos, no obstante, Douglas tiene algo que decir. Rena se mordió un poco los labios, ella no tuvo ni siquiera nada para su ex prometido real. Douglas la tomó por las manos y le pidió que no se preocupara. Luego sacó del bolsillo de su pantalón una hoja algo maltratada, tomó un poco de aire y prosiguió. —Rena… cuando te conocí, supe que quería estar contigo. No tienes que preocuparte ya por nada, solo por ser feliz, por ser tú misma, porque yo te seguiré amando con todos tus defectos y virtudes. Yo voy a ser tu lugar seguro, y aquello que no logres hoy, voy a trabajar muy duro para que lo logres mañana. No vas a volver sentirte juzgada, ni sola, y jamás vas a tener que callarte nada, porque yo voy a escucharte atentamente, cada palabra que tengas que decir y que llorar. Solo lléname de alegría, yo seré quien se preocupe por el resto de las cosas del mundo, siendo tu escudo, de todas aquellas que deseen dañarte. Y no imaginas cuanto agradezco que estés hoy aquí, junto a mí. Silencio, solo eso hubo luego de escuchar como un hombre abría su corazón de semejante manera. Rena no pudo ni quiso contener las lágrimas y luego le tomó por el rostro para besarlo, como solo ella sabía hacerlo, como él lo amaba. Las demás esposas también lloraron, conmovidas, celosas. —Yo te prometo, que seré como la chica de ese soldado… Douglas se estremeció, recordaba la historia, que seguía creyendo un truco, pero que ahora, de la boca de su «mujer», tenía un sentido muy diferente. El juez prosiguió haciendo todo más real, a cada segundo, como cuando se hizo la pregunta, la que los ataba y ambos respondieron que sí. Cuando puso la argolla en el dedo de Doug y luego él en su mano, sobre la preciosa piedra roja, su corazón parecía querer salirle del pecho. Hasta que llegó el momento de besarla de nuevo y todo entonces había terminado, o empezado. Bajo la lluvia de aplausos caminaron por en medio de las sillas, ya la noche hacía su gala, ahora seguía la fiesta. Al final, la misma chica que acompañó a Rena, los llevó a un cuarto privado, no sin antes felicitarlos y a Doug, por esas palabras tan hermosas. —Lo hicimos… —susurró Doug, acercándose a Rena. —¿Puedes creerlo? ¡Lo hicimos! ¡Y pareció tan real! Rena se sentó en un sillón, cruzando sus piernas. Se sirvió un poco de agua, sentía que tenía tierra en la garganta. —Te ves… preciosa en ese vestido. Me molesta un poco pensar que era el que habías escogido para tu ex —resopló Doug con una sonrisa muy forzada. —Claro que no, este no es el vestido que iba a usar con él. Yo creí, que si tú te habías esmerado por buscarme… un anillo de compromiso nuevo, yo debía devolverte el gesto de alguna forma. Aunque no sabías cómo era el anterior, yo no me hubiese sentido a gusto. Este lo compré en la tienda del hotel y las amables vendedoras se encargaron de ponerlo lo más nupcial posible. Douglas no podía con todo eso que lo invadía por dentro. Sonrió, la vio entera ahí sentada, una mujer que apenas conocía ahora era la señora Akerman. Quizás era mejor así, empezar al revés, si lo conociera en verdad de seguro iba a dejarlo, como siempre le pasaba. —“Basta, Doug, es solo una mentira”. “No puedes involucrarte más que esto” —pensó, sentándose a su lado. Ella lo tomó de nuevo a dos manos por el rostro, cómo amaba esa caricia. Le dio un beso en la mejilla, justo cuando un organizador entró para indicarles su salida como esposos. Ya en la puerta, se tomaron de las manos, debían seguir la actuación. —Por cierto Doug… Cuánto lamento que Meredith se haya perdido esas palabras tan hermosas que escribiste para ella. —¿Qué te hacen pensar que eran para ella? Douglas la miró con algo de curiosidad. Rena sonrió tímidamente. Entonces, todo estaba bien. *** Fin capítulo 6
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