Estoy alucinando

1199 Words
Luca En la tarde, estoy listo para salir, quedé con Matteo para salir a comer algo. Necesito urgentemente despejar mi mente de toda esta locura desde que vi a Diandra vestida así en ese bar. Me la pasé casi toda la tarde con la mano en mi polla, imaginándola en miles de posiciones, preguntándome: ¿a qué sabrán esos labios? Otra vez estoy pensando en ella y sacudo mi mente. Salgo de mi apartamento y veo una figura en el pasillo caminando contoneando sus caderas con un vestido corto y el pelo suelto. La persona va a entrar al elevador, quedé en shock, no pude caminar, ni nada, porque enseguida olí ese perfume que es como el de ella. Ahora sí, creo que me estoy enloqueciendo, estoy alucinando, no puede ser ella. ¿Qué haría aquí en mi edificio? Cuando quise reaccionar, el elevador no estaba. De verdad estoy vuelto mierda, hasta alucinando estoy de que la veo y siento su olor, qué mierda es esto. Parece que esa mujer perversa me ha embrujado. Me subo al ascensor esperando poder alcanzarla si es así y no la veo. En la recepción de mi edificio no veo al guardia de la entrada, quería preguntarle si vio a esa mujer para asegurarme de que no estoy loco. Salgo del edificio con la cabeza hecha un ocho de tanto pensar en que la vio. ¿Sería un espejismo? No estoy claro, me subo a mi Maserati y me voy a encontrarme con Matteo. Cuando entro al restaurante, lo veo sentado con Grecia y Micaela, esta está en el asiento al lado mío. Saludo y me alegra que las haya invitado, así puedo dejar de pensar en esta mujer que se está metiendo en cada uno de mis sentidos. Pedimos de comer, y yo pedí unas pastas di mate como las que me dio mi asesora el primer día y una copa de vino blanco para acompañar. Estaba un tanto fastidiado, y las invitadas de Matteo no hablaban nada de servicio. ¿Cómo desearía que la que estuviera al lado mío fuese Diandra? Sacudo mi cabeza para salir de mi ensoñación con esa peligrosa asesora. Terminamos de comer, pagamos la cuenta y al salir, Micaela me pide que la lleve conmigo, le tuve que decir que no. Ahora no tengo ganas de ninguna mujer que no sea Diandra. La quiero tener a ella. ¡Oh, Oooh, Dios mío, esta mujer se me metió adentro en solo unos días! Yo nunca me he enamorado, nunca he perseguido a una mujer. Estoy desesperado por tenerla y hacer la mía, no sé qué será eso, pero pareciera que me hubiera hechizado. Llego a mi edificio y subo otra vez ese olor otra vez ella. No sé qué hacer, me vuelvo loco, definitivamente me sacan de aquí loco. Entro a mi apartamento y cierro, cojo mi teléfono y marco el número de mi hermano. ¿Hola, bro, qué hacer? Nada bro aquí en casa con mi esposa ¿Quiero saber de Diandra, sabes dónde vive? Sí, claro que sé dónde vive Luca, pero esa información tú también la tienes. ¿Sabes si Diandra tiene pareja o novio? Marco. No, Luca, ella no tiene nada de eso. En el tiempo que estuve en México trabajando con ella también estaba sola. Mm, ya interesante. Pero dime algo, Luca, porque haces todas esas preguntas No, por nada, solo quería saber más de ella. Cuelgo la llamada y me adentro a mi habitación para cambiarme la ropa y ponerme algo cómodo. Marco… Mi hermano me llama haciéndome unas preguntas sobre Diandra, sonrió con una sonrisa si arriba y María lo ve. Ella me pregunta qué pasó con él y le cuento y ahí es cuando ella me dice que seguramente eso es porque vio a Diandra en la discoteca. Al parecer, ella fue a rumbear como dicen ellas que son latinas y ahí en la discoteca de la prima de Diandra se encontró con él y hasta bailaron. Le digo a María que presiento que ya mi hermano está encantado por Diandra. Ambos nos carcajeamos, al parecer nuestro plan va funcionando. Diandra Me tocó salir del apto porque el guardia me dice que me llegó un paquete. Al parecer, el domiciliario de encomiendas no quiso subir y lo dejó con el guardia. Bajo y él lo tiene en una oficina, así que voy con él. Luego de eso subo a mi apto, pero me encuentro con unos niños con sus padres en el ascensor subiendo. Me causó mucha gracia porque el niño sin decir mentiras me estaba coqueteando. La niña se reía de las caras que hacía el hermano; a menudo me pasaba que era la causa del enamoramiento de muchos niños. El niño extiende la mano y me dice: Mucho gusto, mi nombre es Gian y mi hermana es Gianella. Miro a sus padres y me dan permiso para saludarlos. Hola, Gian y Gianella mi nombre es Diandra, un gusto conocerlos. Gian para su edad que tiene tres años - Diandra¿Tú, ¿tú vives aquí? Sí, le digo. En el último piso. —Quiero que seas mi amiga, me dice el dulce niño y la niña también. Quedé fascinada con mis nuevos vecinos. Disculpa a mis hijos, me dice la madre de ellos, una rubia muy hermosa de unos veintinueve años de edad, a lo que yo le respondo que no se preocupe, es mi primera interacción fuera de mi trabajo con personas de este país, le digo. Oh, querida, entonces para darte la bienvenida te voy a preparar mi postre de tiramisú que me queda una delicia. — Le doy las gracias, no deberías molestarte, le digo y ella me responde que no es molestia. Ellos se bajan en dos pisos antes del mío y yo les digo que ni apto es el número 12 en el último piso. Quedamos en tomar café y comer el tiramisú. Termino mi recorrido a mi apartamento y como hoy no trabajo vuelvo a colocar música está vez escucho a Beyoncé mi artista favorita irremplazable la canción y la canto como siempre a todo pulmón, Estoy esperando que llegue un pedido que hice, tengo ganas de comer un Luisiana boil y los mariscos los pedí estás vez tienen que subirlos porque yo no puedo con la caja, pedí muchos porque planeo hacer para María y Carlos y para mandarle un poco al señor Felipo y esposa. Canto mientras coloco a hervir el maíz con las especias que me trajeron hace un rato, por eso bajé a buscarlas a la recepción, puse las papas a hervir y espero unos veinte minutos, en lo que llegan mis mariscos. Me pedí langostas, gambas, mejillones, camarones tigre. Langostinos de Tailandia son grandes y cangrejos de río. Suena el timbre, voy a abrir cuando veo que es el del domicilio con mi caja. Con lo que no contaba enfocarme frente a frente con él, él me miraba y yo a él y sin decir nada mientras el domiciliario me hablaba, pero la verdad era que no escuchaba nada de lo que decía. Señorita, señorita, aquí está su cambio —lo único que pude decir fue quédatelo.
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