El despacho aún conservaba el aroma a deseo reciente, a piel encendida y respiraciones entrecortadas. Afuera, el cielo de Florencia comenzaba a teñirse de un azul profundo, preludio del anochecer. Dentro, el silencio se volvió tenso, como una cuerda a punto de romperse. Ailani se acomodaba el vestido con manos temblorosas. Sentía las piernas débiles, el corazón latiendo en su garganta, y en el fondo de su pecho, algo… algo desconocido y feroz, que se removía con violencia. Jack, aún medio cubierto por las sombras, la miraba con una mezcla de tristeza y urgencia. Dio un paso al frente, y ella lo sintió. Era como si la habitación se encogiera, como si el tiempo se suspendiera. —Ailani… —comenzó él, con la voz más baja, más humana que nunca—. Solo te pido una cosa. Ella lo miró con los oj

