El sol de sábado se filtraba con pereza entre las cortinas de lino claro, pintando figuras irregulares sobre la piel desnuda de Ailani como si fueran pinceladas de luz tibia. La habitación estaba impregnada de un aroma dulce: una mezcla entre el perfume de sábanas limpias, su piel cálida, y el rastro apenas perceptible del incienso que se consumió la noche anterior. Despertó lentamente, como si emergiera de un sueño denso pero plácido. Lo primero que sintió fue el calor envolvente de las sábanas sobre su cuerpo, después el roce leve de una respiración ajena, constante, rítmica, justo en la curva de su cuello. Sonrió antes de abrir los ojos. Había algo íntimamente reconfortante en esa presencia detrás de ella, una seguridad inusual que la envolvía como una manta invisible. Jack —Elijah, s

