El sol parisino se filtraba con timidez entre las cortinas gruesas del hotel. Ailani se incorporó en la cama con el cuerpo aún cansado, el recuerdo del baile y de la casi confesión de Elijah todavía ardiendo bajo su piel. Se pasó una mano por el rostro, intentando espantar la confusión que se había instalado en su pecho como un huésped no invitado. Después de una ducha rápida, se recogió el cabello en un moño desordenado y bajó al comedor con gafas oscuras y un café en la mano. No había pasado ni cinco minutos cuando Carla apareció como una tormenta controlada, con un café doble, su tablet bajo el brazo y la expresión de quien lo sabe todo. —Buenos días —dijo con voz cargada de intención, sentándose frente a ella. —Si vas a empezar con tus indirectas, ni lo intentes —respondió Ailani, l

