La noche los envolvía como una manta pesada, cálida y espesa. El silencio entre ellos era un lenguaje propio, un lenguaje hecho de respiraciones entrecortadas, miradas que ardían y emociones que se desbordaban sin permiso. Elijah seguía con la frente apoyada contra la de Ailani. Sus ojos estaban cerrados, y sus labios apenas se movían cuando murmuró: —No puedo más... Ailani lo escuchó como si fuera una súplica, una confesión, un quiebre. El tiempo pareció suspenderse cuando Elijah deslizó lentamente su mano por la curva de su mejilla, como si tuviera miedo de que se deshiciera en el aire. Su pulgar rozó el borde de su boca, y ella no se apartó. Sus pestañas temblaban, sus labios apenas entreabiertos. Y entonces, él la besó. No con urgencia. No con violencia. La besó como quien vuelv

