—Baja la voz —le advierte—, o Giselle podría escucharte. —No me importa. ¿Acaso pensabas acostarte con esa mujer estando yo aquí? —Con un demonio, que bajes la voz. —Ella no puede escucharme, ¿no la oyes llorar como la idiota que es? Está a nada de reventarme el tímpano con sus chillidos. ¿No me digas que después de tantos años te has enamorado de ella? —No se trata de eso, simplemente que ella no tiene permitido engañarme. El único que decide cuando se acaba esta relación soy yo, no ella. —Más te vale que sea eso, Oliver. De lo contrario olvídate de tu hijo y de mí. —Por favor, Paulette no te vayas. ¡¡Espérame!! —pide el hombre, antes de poner llave a la puerta de nuestra habitación. Al cabo de un rato, cuando me siento incapaz de seguir llorando, tomo mi ropa y me encierro en el b

