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patria grande. Mientras más odio hacia sus opositores inoculaba, más se sentía adorado. De esa manera, edificaba una fortaleza a su alrededor, un fortín infranqueable llamado pueblo. Nunca mirarían en él demagogia alguna, debido a que su fecundo palabrerío inspiraba una credibilidad incuestionable. No como todos los anteriores gobernantes, quienes como costumbre ancestral, llegaban unos minutos al pueblo, decían tres mentiras para que votaran por ellos y nunca más se les veía los rostros.Por supuesto que la gran gama de promesas que proferían en aquellas tantas visitas, nunca eran cumplidas. Por eso ya nadie creía en políticos de pacotillas, en él sí. Sus discursos sorprendentes, cómo los de todo buen orador, llegaban al corazón, convencían; provocaban seguridad. Y gracias a las ocho horas de palabrerío que manejaba a la perfección, ya que saltaba de un tema a otro y regresaba a su punto de partida con una serenidad mágica y sin perder idea alguna; ganaba cada día más adeptos.           Todos estaban contentos con las mágicas soluciones que él ofrecía, si llegaba a ser presidente algún día. Aun gobernaba el anciano engominado, y no estaba planteado de manera oficial que él se lanzara al ruedo, “por ahora”. En las mentes de todos se comenzaron a tejer las ideas que él exponía. Casas como tantos granos de arroz existen, para el pueblo. Trabajos en todos los rincones, para todo el pueblo. Excelentes salarios, para el pueblo. Ya no tenía que haber ricos y pobres. Prometía acabar con ese adefesio que desde antes de alzarse en armas, condenaba; la riqueza. Si, se jactaba diciendo que era casi que pactar con el diablo, el hecho de ser rico. Los ricos no habrán de entrar al cielo, gritaba como poseído por una fuerza precisamente diabólica. Después de escuchar aquellas sabias palabras,la gente miraba con odio y con profundo desprecio, a quienes gracias a sus trabajos vivían cómodamente. Miraban en cada persona pudiente, al mismísimo satanás. Tendrían que dejar de existir los ricos, para que lo pobres alcanzaran la cima del buen vivir.Mientras eso no ocurriere, el pueblo estaría para siempre condenado al sufrimiento. Ese era el gran mal que provocaba el capitalismo detestable. En nuestro país, repetía él a cada instante, tendrá que existir unidad, el pueblo tendrá que ser respetado, el pueblo tendrá que recibir lo que se merece; el pueblo tendrá que dejar de sufrir, el pueblo tiene que vivir bien.Para el pueblo se construiránlos mejores hospitales, para el pueblo se edificarán las mejores escuelas; el pueblo, el pueblo, el pueblo... Si no existiera tanta demagogia, tal deseo podría transformarse en toda una realidad. Tendrá que ocurrir un cambio. Ustedes creen en mí, en que he sido enviado por la divinidad para cambiar los destinos de la patria. Yo podría significar ese cambio que tanto anhelamos. Yo podría, si ustedes así lo quieren. Ustedes mandan, yo obedezco. Nacía de esa manera, el peor populismo conocido en la historia de mi patria.           Esa fue siempre la idea, quien dijese mejor las mentiras ganaba. No creía el pueblo, que ocurriría lo mismo con él. No podía aquel ser, sagrado por demás, adorado por todos; mentir. Eran esas palabras las esperanzas de mi pueblo. A ellas entregaban sus ilusiones y sus últimos alientos. El pueblo estaba seguros que él nunca los defraudaría. Aquel ser no podría causarle daños a una población, que por vez primera verían reivindicados sus derechos; los mismos que habían sido violentados por casi cuarenta años de mal gobierno. Era esa la peculiaridad de aquel ser, engañar a la gente. Sembrarles una idea, hacerlos creer en él, utilizando para esos oscuros propósitos;las mentiras más inverosímiles. Dichas mentiras se apoyaban en mil realidades, y ellas estaban allí, eran palpables, recientes. Frescos estaban los recuerdos de las matanzas llevadas a cabo por las fuerzas armadas. Aún se palpaba el dolor que produjeron aquellas masacres. Estaban presentes aún la impotencia y la rabia, al sentir el ventajismo con el cual actuaron aquellos asesinos. Eran esas las maneras de demostrar el poderío de aquellos gobernantes, que sentían por sí mismosquizá, no serían respetados. Aun remembraban las muertes provocadas por el caminador, al volver las armas contra el pueblo tras los asaltos populares provocados por el hambre. Respuesta lógica tras la implementación de las medidas hambreadoras de su gobierno. Sentían a flor de piel, cómo los pocos ahorros que habían entregado confiadamente a los bancos, resultaron sustraídos; dejándolos sin lo poco que tenían. Todo ello resultaba caldo de cultivo para que él calara en las preferencias. Definitivamente, él representaba sus esperanzas, las mismas que se creían perdidas. Cuando recién comenzaba el mes de diciembre de 1.995, Roger se elevó al reino de Dios. Ya llevaba varios días aquejado de una más de sus dolencias. En esa ocasión, habíamos visitado al médico, quien le diagnosticó una severa insuficiencia respiratoria. Mi experiencia me decía que ya su tiempo se terminaba. Traté de coadyuvar en su confort, porque no creí que podía hacer mucho más. Durante la noche, sintió mucho dolor. Corrí en una bicicleta por toda la ciudad, tratando de encontrar algún medicamento con el poco dinero que me restaba, hasta que por fin lo encontré. Se lo administré por vía endovenosa,por ser la más rápida. Mejoró levemente. Me quedé a su lado, hasta que pudo quedarse dormido. En la madrugada, se asomó a mi ventana aquejado de una extrema dificultad para respirar. Podría decirse que se estaba asfixiando. Zenoncito y yo salimos hasta la avenida tratando de que un taxi, nos acompañara a casa en su búsqueda y nos trasladara al hospital, ya que él no podía trasladarse por sus propios medios. Nadie quiso arriesgarse, puesto que esa resultaba una táctica usada por la delincuencia, para someterlos.Nosotros comprendíamos sus razones. No nos quedó, sino llevarlo en peso entre los dos por tres cuadras, hasta que por fin logramos el traslado. En el hospital actuaron de inmediato. Yo tenía muchos amigos, en su mayoría personal de enfermería y médicos. Entre ellos, Oscar, quien había estudiado Enfermería conmigo. Fue sincero cuando me dijo que ambos pulmones estaban colapsados. El dolor regresó, y Zenoncito tuvo que trasladarse hasta una farmacia cercana para adquirirlo, ya que el hospital carecía de ello. Resultaba peligroso caminar por la ciudad a esa hora.; pero no existía otra alternativa. Yo mismo le coloqué, el analgésico, los esteroides y el broncodilatador, con ello quisimos minimizar aquella gran agonía. Nada hizo efecto. A las cinco de la madrugada, Roger murió en mis brazos. Sentí a mi corazón destrozarse nuevamente, al ver morir a otro de mis hermanos. De inmediato pensé en mi madre, en el terrible dolor que iba a sentir. Ella en ese momento se estaba preparando para, al amanecer, ir al hospital donde estaría siendo atendido una vez más su amado Roger. Preparaba, al momento de recibir la nefasta noticia, un poco de sumo de frutas, ya que sabía que él no podría tragar algo sólido. Mi pobre madre, en un principio no reaccionó como se podía esperar en un caso de esa magnitud. Su silencio denotaba lo que sentía su destrozado corazón. En el fondo,ella sabía que tarde o temprano iba a ocurrir ese temido desenlace, ya que, de alguna manera, yo me había encargado a través del tiempo que mi querido hermano padeció estoicamente esa cruel enfermedad,de prepararla para ello; pero nunca una madre podrá aceptar la muerte de un hijo, bajo ninguna circunstancia.           Nuevamente, en un mes de diciembre se producía otra cruel realidad. Los actos fúnebres se realizaron en nuestra casa, bajo los cultos de la iglesia evangélica. La desgracia no llegó sola. Mi madre sufrió un infarto al miocardio, y no pudo estar presente en el sepelio. Permaneció durante una semana internada en la sala de cuidados coronarios, y quince días en la de medicina interna. Se recuperó de su enfermedad, pero la tristeza sería perpetua. Perduré todos esos días al lado de mi santa madre. Durante la crisis que presentó, Francelina, quien estaba a punto de recibirse de médico, la acompañó, mientras mi familia y yo estábamos en el funeral de Roger. La cuidó como si se tratara de su propia madre. Por varios meses,ella permaneció como adormecida dada la magnitud de su sufrir. A todos nos estremeció su ensimismamiento. Temimos hasta lo peor,ya que cuando nos tocó enfrentar la partida de Zaidita, ella, aunque sintió por vez primera la agreste textura de la muerte de un hijo; supo enfrentar con estoicismo aquel trágico momento de nuestras vidas. En aquel entonces se sintió desfallecer, sintió que ya la vida le estorbaba. Sintió mi pobre madre, que su noble corazón ya no quería continuar en un camino.          Cuando fue poseída nuevamente por aquella despreciable bofetada de la vida, al llevarse de sí a otro de sus retoños, sintió un vacío insuperable. Mi madre, luego me describiría todo aquella marejada de sinsabores que se agolparon en su alma, y que le habían secuestrado las ganas de vivir. Si pudo superar aquel estropicio, fue por nosotros sus hijos, y por su gran amor hacia nosotros. Sin duda alguna, mi adorado padre la ayudó enormemente. Fue un bastión ejemplarizante, su valiosa actuación. Sin él, mi madre no lo hubiese podido lograr. Precisamente fue aquel apoyo mutuo, la promesa que se habían hecho siendo muy jóvenes. Cuando se aprestaban a iniciar un hogar, ese fue el juramento. Fueron esas palabras inteligentes y prometedoras, la clave del amor eterno que desde siempre sintieron mis adorados padres.Hoy en día, cuando ya ellos están en el cielo; ese amor inmortal se siente en cada rincón de mi alma.           El año 1.996 llegó cargado de disturbios por todos los puntos cardinales de la madre patria. Fue también el año de mi compromiso matrimonial. Ya las cartas estaban echadas. La fecha sería para el mes de noviembre, aunque no habíamos escogido aún la fecha exacta. Definitivamente, faltaban decidir muchos detalles; pero lo que si quedaba bien claro, era que de esa no me escapaba, tal cómo se dice en tono jocoso en mi tierra. En ese tiempo, ocurrió en mi amado país, algo que eternamente voy a detestar; la paralización de las actividades escolares. Siempre me ha parecido una abominable decisión,el truncar de ese modo la educación de los más pequeños. No debe nadie, escudarse detrás de esa absurda estrategia para reclamar lo que fuere. Los muchachos son sagrados y por ende, también lo es el derecho a recibir una educación que impulse su formación por el mejor camino. Pero comenzaba aquel año con protestas, las mismas que colocaban un detestable candado a la puerta del saber, de la cultura; de las luces. Eso a nadie le importaba, al parecer. A nadie le importaba la ética, el profesionalismo, el sentir que los conocimientos llegan a las masas.Lo que prevalecía era el egoísmo, las reivindicaciones personales. En ese momento nada había cambiado. Nadie exigía sus derechos en el lugar correcto. Lo único que se lograba con ello, era contribuir al atraso. Es entendible que se luche por mejoras, por lo justo; pero nunca se debería truncar los sueños y las aspiraciones de los niños y jóvenes; el futuro de cualquier nación. Otro contratiempo, además del grave problema educativo, significaban los problemas cotidianos del pueblo. La gente reclamaba lo que por derecho sentía que merecía. Las injustificadasfallas en la prestación de los servicios públicos, aunadoesto a los incrementos en los precios de todo; formaban un caldo de cultivo, del cual nunca saldría nada bueno. Se exaltaban los ánimos, se acrecentaba el odio hacia un sistema que llevaba mucho tiempo arraigado en el pueblo. En medio de aquel desbarajuste, apareció nuevamente, la estampa del mecías. Así, como llegado del cielo, se hizo presente el salvador que todos esperaban. El bullicio no se hizo esperar, la fe creció, las esperanzas se avivaron. Pero pendía en el aire un pesado porvenir. Se sentía algo extraño en el ambiente. Las aves ya no cantaban como siempre lo habían hecho, las flores habían dejado de crecer y cada día; las tardes se despedían con una tenue llovizna, como si se tratara del mismo llanto del creador. Por estar adorando a quien no debían, nadie se percataba de ello. Todos estaban en peligro y nadie al parecer, podía hacer que el pueblo abriera los ojos. Nadie se imaginaba queaquel ser, quien prometía tantas cosas bellas; con el paso de los años, llevaría a un pueblo noble, de la mano del más horrendo populismo enceguecedor; hasta la desgracia. Pero ellos aún no estaban preparados para mirar más allá de sus propias ignorancias. Él se aprovechaba de aquel cataclismo en el que se había convertido el gobierno del anciano engominado, para sacar el mayor de los provechos, para enrumbarse sin esfuerzo, hacia la presidencia del país. Fue una malsana estrategia. No podría esperarse otra cosa de semejante adefesio. Allí estaba tan triunfante, el tiempo no ha de borrar de mi mente aquel momento aciago de la vida de mi terruño. Salió del anonimato envuelto en vítores y aplausos, como si realmente él representara la salvación. Como una pequeña bola de nieve rodante, se fueron creciendo los reclamos del pueblo, hasta transformarse en una total catástrofe. Como si las protestas de los trabajadores no fueran suficientes, a todo ese desastre ya de por si descomunal; se le agregó el también descontento de la comunidad estudiantil. Los principales centros de educación media de la ciudad capital, salieron a las calles para protestar debido al alza del pasaje.Todos esos reclamos eran suficientemente infundados. Ya el pueblo no soportaba los constantes ataques a sus bolsillos. Sentían cómo los salarios paupérrimos que devengaban quienes tenían la suerte de contar con algún empleo, resultaban cada día más insuficientes, ya que los precios eran elevados constantemente y de manera inconsulta. Se escuchó de boca del mismísimo presidente, que iba a aprobar un aumento del salario. La gente se esperanzó, el pueblo se calmó; pero cuando se enteraron de aquella nueva burla, ya que se trataba de una miseria, sintió que una vez más eran pisoteados. Una nueva burla, un ataque a la dignidad. Encima de eso, el salario urbano era superior a lo que se devengaba en las zonas rurales. Nadie se explicaba el porqué de aquel gran sectarismo. Daba la impresión que quienes habitaban aquellas zonas, muchas de ellas muy remotas, tenían menos derechos que quienes lo hacían en las ciudades. Si era mísero el recibido por los trabajadores de las áreas urbanas, habría que imaginarse el de las zonas rurales. Una enorme discriminación que no hacía más, que trastocar la ya desquiciada paciencia de un gran sector de la patria grande. Por esos las protestas. Además de aquel ataque silencioso a los más desposeídos que salían a reclamar de manera pacífica, se usaba el poder desmedido de las fuerzas públicas para acallarlos. Los “valientes” uniformados de manera cobarde, se abalanzaban sobre aquella masa de trabajadores, sometiéndolos a la fuerza; pero lo más vergonzoso era la manera cómo maltrataban a aquella muchachera, que no hacían más que alzar su voz en rechazo al aumento del pasaje estudiantil. Era pisoteada una vez más, la dignidad de los ciudadanos de un gran país. Un territorio bendito, cuyo futuro incierto descansaba sobra la malévola figura de un hombre, que haría sentir que todos aquellos conflictos eran suaves mantas de terciopelo, comparados con los que habrían de llegar.           Era ese pues, el ocaso de un gran país. Llegaba a su final, un período que pudo ser glorioso, más, la ambición, la sed de poder y el insano hechizo que produjo el amor al dinero ajeno; condujo a todo un pueblo a enorme vacío insoslayable por el que todos los ciudadanos se fueron al traste. Un ocaso, el descalabro maldito de un país otrora millonario, rico en recursos que la naturaleza bondadosa le heredó, y que fue desbaratado de una forma inmisericorde. De eso continuaba aprovechándose aquel ser ruin, del descontento y de los pesares de un pueblo que miraba estupefacto; cómo se diluía en la nada, un todo. Sus palabras detestables, y sus sonrisas colmadas de ironía, dibujaban su miseria humana. Mientras más desgracias se presentaban en el país y más dolor en un pueblo, más parecía disfrutar aquel nefasto ser que disfrutaba indudablemente del dolor ajeno. Pero con tan sólo abrir a jeta, los aplausos multitudinarios se dejaban escuchar, tanto, que su voz no era escuchada a pesar los altavoces. Sulocuacidad característica,le hizo ganar un inmerecido protagonismo, y tras excesivas horas de parlamento; terminaba como el peladito del cine mexicano, envolviéndolo todo con ininteligibles expresiones, sin decir nada que valiese la pena. Pero eso le gustaba a las masas.Al fin y al cabo, esas masas eran quienes votaban.           Aquel año que difícilmente pasará a olvido, trajo una sorprendente desfachatez. Luego de varios años evadiendo la justicia, tras cometer un endemoniado delito de corrupción durante su mandato presidencial, el ex presidente borrachín regresó al país. Se mantuvo escondido en un sitio selvático, durante el tiempo en que se ventilaba un juicio en su contra. En ese entonces, resultaron detenidos los más pendejos. A él no le tocaron uno solo de los pocos pelos que mantenía en su alocada cabeza. Atrás se quedaron los años de una brillante carrera médica, dedicada a los niños y a los adolescentes. La resplandeciente vocación que mantuvo mientras ejercía un apostolado excelso,quedótapiada por el embrujo de la ambición. Tan pronto entregó la banda presidencial,le cayeron encima muchos hechos deshonrosos, entre ellos; los más despreciables, la sustracción del erario público. Por eso huyó, como la rata asquerosa que realmente era. Se escondió con todo y familia, en una madriguera pestilente. Luego de la prescripción de ley de aquel horrendo delito, sin sentir un poquitín de vergüenza,regreso a la patria grande,alegando que no tenía inconveniente para regresar a su terruño; pero que si había perdurado lejos, no había sido por otra cosa más que por cuestiones familiares y para evitar las habladurías que no le convienen a nadie. Una desfachatez más grande no sería capaz de ser llevada a cabo, más que por un ser miserable. Alguien que contribuyó de manera desmedida con la destrucción de su patria sin importarle para nada, cosa que siempre ocurre de manos de esos desquiciados gobernantes;el sufrimiento de su propio pueblo. Ya el país no soportaba un desmadre más, aun así, continuaban sucediéndose uno tras otro. Definitivamente, a juicio de cualquier persona,el equipo que acompañaba al presidente dabacontinuas demostraciones de inocultable incapacidad. Las estrategias para atender los problemas económicos que se acrecentaban cada día más, no estaban dado resultado alguno. El colapso se evidenciaba en todas las actuaciones gubernamentales. Una nación enormemente rica, se quedaba paradójicamente sin dinero. No alcanzaban los recursos para todos. Y de esa manera, el pírrico incremento en el salario, no pudo ser honrado de la única manera que tenía que haber sido; dignamente. Quedaron por fuera los beneficiarios de la seguridad social. No pudieron pagarles sus pensiones, mismas que habían obtenido, tras dar lo mejor de sí mediante el trabajo. Aquellas personas, de la tercera edad la mayoría, se miraban unos a otros desconcertados, tratando de encontrar una respuesta a sus desgracias. Nadie les explicaba por qué el aplazamiento de sus pensiones; sólo esgrimían palabras huecas que no llenaban las expectativas. Aquellas personas lo único que querían era hacer efectivas sus asignaciones, y con esos recursos, satisfacer aunque fuese a medias, sus prioritarias necesidades. Toda aquella marejada de desgracias, se sumaba a las sentidas durante décadas y que habían sido recordadas de manera insistente por aquellos personeros desleales. Era en aquellas reuniones medio extrañas de militares activos,que mantenían con el pueblo, donde años atrás, se comenzó a revelar las ineptitudes del sistema político imperante. Con ello se buscaba sembrar odio, buscar explicaciones, querer un cambio. Había llegado definitivamente ese momento. La gente estaba arrepentida de haber escogido a aquella cuerda de ladrones, tal como les decía el hijo del diablocada vez que abría la jeta. Las frases favoritas de aquel ser despreciable, se centraban en torno a sus potenciales rivales. Sugería a la gente, utilizando dichas frases, que nunca más creyeran en políticos de pacotillas,a quienes sólo les interesaba el capitalismo, a quienes sólo pretendían entregar las riquezas a los gringos; y otra gran gama de epítetos ensayados de memoria. Mientras ocurrían aquellas desenfrenadas idioteces gubernamentales, en su detestable ratonera, el nefasto y oportunista personaje sonreía placentero. Su ego crecía a grandes zancadas por cada desacierto del anciano gobernante. Sus míseras risotadas surcaban una atmosfera rancia; pero nadie las denotaba, puesto que quien las exteriorizaba había calado tan profundo,que su alegría se hacía sentir oportunamente esperada. Cuando llegaba a su residencia, se ubicaba frente a sus deidades. La decoración de esa estancia consistía mayoritariamente en óleos, efigies y grabados. Todo ese arsenal de artículos se relacionaba con la imagen del libertador. En el recibidor estaban ubicadas varias pinturas excelsas, delicadamente trabajadas por manos expertas. También las había en la alcoba, en la biblioteca y hasta en la cocina y en la sala de baño. Una estatua del padre de la patria lucia despampanante en medio de un patio inmenso, donde varias plantas ornamentales le daban cobijo bajo sus sombras. Aquel objeto era reverenciado. Por las noches se sentaba frente al mismo, el cual permanecía perfectamente iluminado, y lo contemplaba durante horas. Significaban aquellas adoraciones el reflejo de un comportamiento maníaco, ya que hasta cirios les prendía a aquellas imágenes a las cuales, les llamaba usando su propio nombre. Aquellas largas a solas con sus figuras inanimadas le hacían sumamente feliz. Resultaba engrandecido su ego. Aquel hombre sentía que era verdaderamente la reencarnación del libertador. Era una especie de trasmutación de su personalidad. Se refería tanto a ese gran hombre, que se sentía él. Estaba obsesionado, estaba completamente loco. El libertador lo era todo para ese hombre trastornado. De aquel hombre grande había tomado:su personalidad honrosa, su temple inigualable y su valor indiscutible. De él había copiado una locuacidad increíble que, con astucia, había transformado y agrandado de manera desmedida. Imitaba perfectamente un acento, sus eternamente descritas poses y la manera de hurgar en el universo extenso, tratando de encontrar las palabras perfectas con las que pretendía convencer a la audiencia, como el perfecto orador que era. Pretendía ser como aquel dios descrito en la literatura. De sus otros ídolos, los cuales mantenía sólo en dibujos bien guardados en un sitio secreto; tomaba la admiración de la que eran dueños, y se la agregaba a su predilecta personalidad; la del héroe perpetuo. Al final de un camino, todos aquellos personajes históricos y admirados de la patria grande, reverberaban dentro de un cerebro orate, que disimulaba muy bien el desquicio del que era dueño. Ya la imagen del soldado, a quien en su infancia miró, había quedado reducida a nada. Ya hacía muchísimotiempo que había superado a aquel muchacho campechano, que nunca supo el funesto rencor sentido en su contra, por un pervertido sujeto llegado desde el mismo infierno. Quiso verlo lejos, y usó un increíble remedio para ello. Ya hacía mucho tiempo que lo había hecho desaparecer, convertido en un estropajo humano. Su maléfica influencia había llegado hasta el pobre muchacho, por el que sintió un odio desmedido al querer ser como él. Odió hasta la muerte a ese pobre muchacho. Quien envejeció perdido en un mundo imaginario. Cuando lo miró en una oportunidad caminar por el centro del poblado con su orgullo henchido, al llevar un uniforme verde oliva con mucha dignidad y altivez;al pervertido envidioso,algo se le revolvió para siempre. Quiso ser él quien reflejara aquella figura apoteósica, y juró no descansar hasta lograr una meta. No escatimó maldades, deslealtades y un miserable ventajismo. Tenía que ser el mejor, a costa de venderle el alma al diablo inclusive. De alguna manera lo hizo. Acabaría con todo lo que no se subyugara ante su desgraciado ser. Si no lo podría poner a sus pies, no tendría que existir y de esa manera, sacaba de circulación a quien fuere.           Pocos sabían de aquella personalidad sin parangón. No solamente era el culto desmedido por el padre de la patria, sino que el oscurantismo lo arropaba con su manto de misterio. Para ello, su guarida proporcionaba toda la soledad que necesitaba, con el objeto de mantener al margen de la opinión pública, su loca personalidad. Sin que nadie lo notase, se dirigía frecuentemente hasta un apartado lugar donde se ubicaba una morada recóndita.Se trataba de una casa si se quiere, misteriosa, por lo maquiavélica de su estructura. Unos inmensos muros de obra limpia la acorralaban, y los techos parecían haber arropado desde antaño, una gran cantidad de filtraciones; las cuales formaban figuras grotescas. La invadía un olor repugnante por doquier. No existía iluminación eléctrica.Lo que sí había, era un centenar de cirios encendidos, los cuales procuraban las más espantosas sombras. En medio de un gran patio desnudo y de piso rudimentario, al momento en quetenía preparada la ceremonia, el pervertido personaje yacía en el centro de un todo, y a su alrededor, pegadas literalmente a su cuerpo de manera lineal; velas negras y rojas ardían al son de una música satánica, la cual se dejaba escuchar con un enorme estruendo.         El hombre estaba en un trance horroroso, vestido con una minúscula y ridícula pieza, la cual dejaba resaltar su extrema delgadez. Sus labios belfos producían un sonido espantoso; resollaban como lo hacen los caballos cansados. Sobre su cabeza, reposaba una especie de capuchón, parecidos a los que usaban los seguidores de una secta perversa, la misma que con sólo nombrarla;le producía miedo hasta al diablo. Se sucedían las horas, y el orate no se incorporaba de esa postura que lo dibujaba horroroso. Significaba un espantoso adefesio ese hombre, un verdadero esperpento. Era algo larga su estatura y fino su cuerpo. Torcía la jeta cada vez que hablaba con la nada, por el petulante hecho de tratar de modular de manera exagerada cada expresión, aunque nadie las escuchara. Sus ojos parecieran dos enormes esferas deformes. Daba la impresión que de un momento a otro, se saldrían de sus cuencas. Pero lo más horroroso de todo ese berenjenal de fealdades, resultaba aquella nariz espeluznante, la cual se asemejaba a una lagartija reposando sobre una gran roca deforme. Completaba aquel mar de horror, una verruga asquerosa posada sobre su frente ancha. Cuando ya estaba próxima la llegada del alba, decidía por fin ponerse de pie. Hacía un supremo esfuerzo tratando de lograrlo, dado lo sumergido que se encontraba en el lodazal de alguna sustancia prohibida. Se asemejaba esa manera tosca de incorporarse, a los esfuerzos que realizan las tortugas cuando, por alguna extraña circunstancia; caen tendidas sobre su caparazón. Cuando por fin lo hizo, se dirigió hasta un altar, el cual tenía en su haber, una gran cantidad de estatuillas que representaban a unos “ídolos”, a quienes se dirigía en un idioma que estaba lejos de ser entendido, cual lengua muerta. Elevaba sus brazos, mientras sus palabras eran cada vez más poderosas. De  inmediato se apagaron todos los cirios, y sólo quedó el silencio en medio de esas tinieblas, y el canto que en ese instante profería el pervertido elemento. Era esa la manera como se encomendaba al ser sin luces, para solicitar su compañía, y engrandeciera sus ruines propósitos.           En ocasiones, se trasladaba a otro lugar, donde alternaba sus actos diabólicos. Llegaba sin que nadie se percatara, al centro de un todo. Se quedaba inmóvil, elevando sus brazos y gesticulando unos ademanes desdeñosos, con los cuales presentaba sus respetos al rey del mal. Momentos después, surgía desde el centro del
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