Roman se quitó la corbata y la tenía colgada en su mano cuando Catka le dijo que quería todo lo que él quisiera darle. Catka miró la corbata colgando de su mano, y alzó una ceja hacia él. —Te quitaste la corbata —susurró ella. Roman la sujetó con la otra mano y la templó en sus pectorales. —Haz que valga la pena, venadito —dijo apretando la corbata. Ese hombre sabía lo que podía hacer, y lo que provocaba en las mujeres, por eso conocía a perfección cómo llegar a ella, envolverla, encenderla, llenarla de lujuria y de pensamientos impuros. Lo que Roman hacía con Catka era más que un condicionamiento. La estaba adiestrando para que no dijera no, para que no pensara siquiera en dejarlo, y que sufriera cuando se separaran. Estaba entrenándola como si fuese uno de sus leones, ¿y que ama un

