Veronika perdió de vista las sirenas policiales, pero no dio por sentado que estaban a salvo. Conociendo a Roman, colocaría retenes en todas las carreteras para atraparlos. Necesitaba recuperar a sus hombres, en especial a Kirill. Veronika pensaba como él, y por eso buscó un estacionamiento abierto a esa hora de la noche. Veronika buscó las calles concurridas solo por una vez, y el muchacho se quitó la sangre con un pedazo de su camisa blanca. —¿A dónde iremos? —le preguntó. Veronika apretó el volante y tomó otra calle. Conocía Moscú como la palma de su mano, y sabía a donde moverse sin ser vista. —No pienso contarte los detalles de mis planes —le dijo ella. Él se inclinó adelante. —Creí que estábamos en la misma página. —¿Misma página? —replicó ella riendo—. Cariño, yo leí ese l

