capítulo 5

981 Words
La Noche Antes El viento frío de la noche previa a Halloween cortaba la piel de Viviana mientras corría a través del bosque. Su respiración se volvía cada vez más irregular, y el miedo que había sentido en la fiesta crecía en su pecho como un veneno, extendiéndose por todo su cuerpo. La casa abandonada del molino, donde todos celebraban el preludio de la fiesta de Halloween, se había convertido en una prisión. Y él había estado allí, entre las sombras, observándola, esperando. Las ramas de los árboles rasgaban su piel, y el suelo bajo sus pies se volvía cada vez más traicionero, pero no se detenía. No podía detenerse. El recuerdo de la máscara blanca brillando en la oscuridad le quemaba la mente. Ese rostro sin expresión, esos ojos que la miraban sin parpadear. Desde que lo había visto en la fiesta, una sensación de muerte la envolvía, como si estuviera caminando en el filo de una cuchilla, a punto de caer en cualquier momento. No había advertido a nadie. ¿Quién la creería? ¿Quién entendería que el hombre enmascarado no era parte de la diversión? Que su presencia allí no era una simple broma macabra. Sus amigos estaban aún dentro, despreocupados, bebiendo y riendo, mientras ella había huido con el corazón en la garganta. Él estaba allí para ella, lo sentía en cada célula de su cuerpo. A lo lejos, el eco de la música de la fiesta se desvanecía. El silencio se asentaba alrededor de ella, interrumpido solo por el crujido de las hojas secas bajo sus pies y el latido frenético de su corazón. Viviana intentaba calmarse, pero el terror había echado raíces profundas. Lo había visto. Había sido un breve instante, pero suficiente. En medio de la multitud, entre los disfraces y las risas, él se había deslizado, su máscara brillando bajo las luces tenues. Había estado allí, quieto, con su mirada fija en ella, como si ya supiera que esa noche sería suya. Era un cazador. Y ella su presa. El bosque se cerraba a su alrededor como una trampa, y cuanto más corría, más se perdía. No podía pensar con claridad, sus pensamientos eran un caos, alimentados por la paranoia y el terror. ¿Dónde estaba él ahora? ¿La seguía? ¿O simplemente esperaba? Un crujido a su derecha hizo que su corazón diera un vuelco. Se detuvo en seco, con los ojos bien abiertos, intentando escuchar cualquier otro sonido, cualquier señal de que él estaba cerca. El silencio era absoluto. Giró lentamente la cabeza, pero no vio nada. El bosque era un mar de sombras, cada árbol, cada rama, parecía un posible escondite para su perseguidor. Su respiración era un eco en la oscuridad. —No puede ser real —susurró para sí misma, aferrándose a la esperanza de que todo esto no fuera más que el producto de su mente, distorsionada por el miedo y el cansancio. Pero no era una ilusión. Lo había visto. Había sentido su presencia. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos, tratando de darse algo de calor en medio del frío que la rodeaba. No solo el frío del viento, sino uno más profundo, el frío del terror que le helaba la sangre. De pronto, sintió una vibración leve en su bolsillo. Su celular. Lo sacó con manos temblorosas, agradecida por cualquier distracción que la sacase de esa pesadilla. La pantalla se iluminó. Un mensaje. “¿Te diviertes?” El mensaje no tenía remitente. No había ningún número. El frío en su espalda se intensificó. Sus manos empezaron a temblar. ¿Quién era? Otra vibración. “Vas a estar preciosa mañana, Viviana.” Soltó el teléfono, como si el objeto quemara en sus manos. Su nombre escrito en la pantalla la hizo sentir aún más atrapada. Él sabía quién era. Y sabía que la cacería aún no había terminado. El 31 de octubre estaba a la vuelta de la esquina, y la pesadilla acababa de empezar. Miró a su alrededor, buscando desesperadamente alguna señal de vida, alguien que pudiera ayudarla. Pero no había nadie. Estaba sola. Él estaba jugando con ella. Viviana se llevó las manos a la cabeza, tratando de no perder el control. Estaba al borde del pánico, las lágrimas comenzando a picarle los ojos. No podía caer en su juego. No podía dejar que el miedo la consumiera. Respiró profundamente, obligándose a pensar. Tenía que volver al molino. Había más gente allí, y aunque él estuviera cerca, la multitud podría ser su única protección. No podía seguir corriendo a ciegas en el bosque. Giró sobre sus talones, decidida a regresar, cuando de pronto, un sonido la detuvo. Una respiración. Se congeló. No estaba sola. A pocos metros de donde estaba, en la penumbra entre los árboles, una figura emergió lentamente. Él. La máscara blanca parecía flotar en la oscuridad, y el brillo en sus ojos la aterrorizó. Esta vez no estaba parado, esperando. Esta vez, estaba más cerca, mucho más cerca de lo que jamás había estado. Viviana dio un paso atrás, su cuerpo temblando incontrolablemente, pero sus piernas parecían clavadas en el suelo. Su mente gritaba que corriera, pero su cuerpo se negaba a obedecer. Era él. Se acercaba lentamente, sin apuro, como si supiera que no tenía que correr para atraparla. Su presencia era abrumadora, y el cuchillo en su mano brillaba bajo la luz de la luna. —No… —susurró Viviana, pero su voz apenas salió como un hilo de aire. Quería gritar, quería pedir ayuda, pero el miedo la estrangulaba. El cazador inclinó la cabeza ligeramente, como si se deleitara con su miedo. Y entonces, sin más, levantó la mano con el cuchillo, apuntándolo hacia ella. Viviana respiró con dificultad, sabiendo que esa noche, la verdadera caza aún no había comenzado. Mañana sería el 31 de octubre. Y el terror estaba lejos de terminar.
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