Aquiles estaba en su oficina contestando algunos correos, le había dado permiso a Enith de salir media jornada laboral antes, después de todo se merecía el descanso, a pesar de que no le caía muy bien, reconocía que la muchacha era un muy buen elemento, pues siempre era responsable y hacía bien su trabajo. Dos horas después de que Enith se fue, Fátima llamó a la puerta de la oficina, entró desesperada por hablar con el presidente de la compañía, con el rostro blanquecino, como si hubiese visto a un ser extraño fuera de éste mundo, o por lo menos del imaginario social. — Señor Berestain, buenas tardes —dijo Fátima, tallaba sus manos para aliviar un poco el sentido de urgencia que la embargaba. — ¿Qué pasa Fátima? ¿Por qué esa cara? —preguntó Aquiles al ver a la asistente veterana en es

