Capítulo 13 – El primer encuentro (parte 1)
Ava
Al regresar a casa, camino a toda prisa hasta llegar a mi habitación sin que nadie me vea, para ocultar el bonito regalo que me dio mi Dylan. Mientras ocultaba el violín en el fondo de mi closet, pienso en lo afortunada que soy, sin duda esos bellos momentos que mi novio me da, me hacen muy feliz. Dylan y yo tenemos tantas cosas en común que cuando estoy a su lado me hacen olvidarme de los momentos terribles que vivo a lado de mi padre.
El sonido de la puerta me hace sobre exaltarme temerosa de que mi padre me haya descubierto, suspiro de alivio cuando observo a mi hermana entrar a la habitación.
— ¿Qué escondes, he? – pregunta atrapándome en el acto.
— Shh… baja la voz, papá está abajo y tiene oído de tísico. — reímos, saco de nuevo el estuche, lo coloco sobre la cama y luego voy a cerrar la puerta con seguro. Regreso a mi cama y abro el estuche para mostrarle a Gaby.
— Guau… Ava… es bellísimo, ¿de dónde lo sacaste?
— Dylan lo hizo para mí y también me escribió esta partitura — le muestro el papel – él la escribió, dice que habla de sus sentimientos por mí, – digo apagando mi mirada, porque, aunque tengo sentimientos por él, también siento que me ama mucho más que yo lo hago y eso me frustra.
— Debe ser bella, sin duda tienes mucha suerte de haber conocido a alguien como Dylan. — dice emocionada, asiento con una sonrisa a medias, ella deja una delicada caricia sobre mi mejilla al verme poco emocionada. — pero, ¿Por qué no te ves feliz?, ¿pasa algo?
— No es que no sea feliz – la miro a los ojos – lo quiero, pero es que siento que a veces soy demasiado seca y fría con él, por otro lado, Dylan es un amor y me provoca tristeza, no ser como él…
— ¿Cómo?
— Pues, así – pienso en las mejores palabras para explicarme bien. — quisiera demostrar mis emociones como él lo hace.
— ¿Qué sientes por él?
— Lo quiero, obvio, sería una tonta si no, me gusta estar con él… pero me da miedo dar menos de lo que él meda, me aterra que él espere más de lo poco que le doy y… — me tapo la cara con las manos en señal de frustración.
— Tranquila, respira, creo que estás haciendo una tormenta en un vaso con agua. — acaricia mi cabello para tranquilizarme, siempre lo hace cuando me pongo así.
— ¿Sabes que me pidió? – negó – quiere que lo espere después de irse, Dylan quiere formar un futuro a mi lado y la vida que él me plantea es muy bella Gaby, pero me asusta.
— ¿Por qué?, es lindo que un hombre planee darte la vida que mereces, ese chico te ama.
— No niego que es bello lo que me describe, sin embargo… no sé si es la vida que yo quiero, tengo muchos sueños y metas, pero en ninguno me visualizo a su lado y eso me frustra. — la miro a los ojos - ¿supones que soy egoísta por solo pensar en mí?
— No es que seas egoísta, es solo que, aún eres demasiado joven como para reflexionar en ello, esa una decisión tan importante que no se toma a la ligera.
— Entonces, ¿qué puedo hacer?
— Tener mucha paciencia, deja que el tiempo decida qué es lo que te espera en el futuro, no te precipites… aún tienes muchas cosas por hacer.
— Supongo que tienes razón, estoy un poco paranoica, tal vez sea el estrés al saber que pronto te casaras, te irás lejos y te voy a echar mucho de menos. — una lágrima se me escapo.
— Ava, no importa a donde de me vaya a vivir – toma mi mano – yo jamás dejaré de estar pendiente de ti y si en mis manos está llevarte lejos, lo haré.
— Lo prometes – digo sollozando.
— Lo prometo. — me abraza y nos quedamos así por algunos segundos.
— Además, eso no es todo lo que me tiene triste.
— ¿Por qué lo dices?
— Porque hoy cumplimos un año de relación y lo olvide – suspiro con pesadez – soy una terrible novia.
— Por dios, Ava – se burla de mí. — no creo que lo seas, solo eres un poco despistada en ese tipo de cosas, eres nueva en esto, como podríamos saber si nunca nos dejaron interactuar abiertamente con el sexo opuesto. Además, conociendo a Dylan, dudo mucho que él le tome mucha importancia.
— Él no… pero yo sí… me siento pésima… ¿Ahora entiendes a lo que me refiero?
— Tranquila… a ver dime que te dijo él. — le conté todo y ella se rio de mí. — ósea que como dicen por ahí, te sacaste el truco debajo de la manga… jajaja.
— Se podría decir que sí, sin querer acerté con el detalle que él aceptó gustoso, pero aun así, me sentí muy mal, es como si no le tomara importancia a esos detalles.
— Dylan te ama, con un simple gesto te lo ha demostrado… has tenido mucha suerte de conocerlo y enamorarte poco a poco de él, no todas tenemos la oportunidad de conocer a alguien así de lindo… la verdad es que te envidio un poco hermana.
— ¿Por qué?, tú te casarás pronto. — nos dejamos caer a la cama y luego suspiramos al mismo tiempo. — y aunque no conozcas el rostro de tu futuro esposo, creo que con mucha suerte será alguien amable.
— Bueno, aún no es un hecho seguro que me case, todo depende de la cena de mañana… aunque no voy a negar que en el fondo de mi corazón anhelo que así sea y que mi futuro esposo sea un buen hombre como Dylan. Y si no me conformo con que no sea como papá, por lo menos que me dé una vida digna diferente a la de mamá.
— Confiemos en que así será… mereces tener un amor bonito, aunque sea mediante un matrimonio de papel.
— No le digas así.
— De que otra manera le podemos llamar, si no lo conoces y tampoco hay sentimientos de por medio.
(…)
Un día antes de la gran visita de los Lynch a nuestro hogar, mi abuela me envió a hacer un pedido de bocadillos para los invitados a la pastelería que más le gusta y la cual le perteneces a una de sus muchas amigas. Me puse un vestido veraniego de tela fresca, porque había mucho calor, como de costumbre es largo hasta la pantorrilla, holgado de botones a delante, sin manga y lo acompaño con unas sandalias de tacón corrido, no muy altas porque el camino es un poco largo. Mientras tomo mi bolso para salir, la abuela me da las indicaciones sobre el pedido que quiere que haga.
— ¿Has escuchado lo que te he dicho? – asiento sin más. — ¿acaso no vas a tomar nota?
— Bocadillos de jamón con queso crema, rollos de piña, de fresa, galletas de manzana y canela, nuez y un pastel de frutos rojos. — repito todo lo que me dijo, tengo buena memoria.
— Bien, no olvides nada… ten – recibo el dinero – Dale mis saludos a Hilda.
Desde que pongo un pie fuera de la casa, la gente me saluda con amabilidad, todos en la cuadra y la zona céntrica nos conocen y nos respetan, camino con calma disfrutando del paisaje y del hermoso día. Para llegar hasta la pastelería de Hilda, tengo tomar el autobús y al bajar tengo que atravesar el gran mercado para así evitar dar muchas vueltas. Me es inevitable no distraerme con tantas cosas bellas que hay por todo el camino, sobre todo la artesanía, antes de salir del mercado me detengo en el local del señor Domínguez, por mi pago de esta semana.
— Hola Ava, ¿Cómo estás, niña?
— Buen día, don Ricardo, estoy bien gracias por preguntar…
— Qué bueno, por cierto, tengo buenas noticias…
— Ah, ¿sí?
— Sí, se me vendieron todas las esencias que me trajiste y necesito más de esas y también aceites de lavanda, lirio, jazmín, hierbabuena y manzanilla, para cuando las tendrías.
— De hecho, tengo algunas ya hechas, veré si se las puedo traer mañana o en estos días.
— Excelente – toma un sobre de su caja y me lo entrega – este es tu pago… cuéntalo.
— No hace falta, confío en usted… gracias.
— Gracias a ti, eres muy buena haciendo esto. — sonrió y luego me despido de él siguiendo mi camino.
Me detengo en la parada del semáforo para cruzar la calle cuando este cambie de color, cruzo al otro lado y de repente una brisa fresca se siente en el aire, el viento me revolotea el cabello y el vestido y sonrió porque es divertido. Por suerte el vestido no es muy suelto y no se levanta para nada, continuo mi camino hasta llegar a la pastelería, al entrar no miro mi camino y tropiezo con una canasta llena de fresas ocasionando que todas caigan el suelo y se haga un desastre.
— ¡Oh, mi dios!, lo siento mucho. — exclame avergonzada por mi torpeza.
— Tranquila Ava, no pasa nada hermosa, fue mi culpa por dejarlas a medio camino. — responde Emilia, la hija de la señora Hilda y mi una buena amiga, de las pocas que conozco y con la cual puedo platicar de vez en cuando, gracias a la amistad de mi abuela con su madre.
— Hola Emilia – saludo de beso cuando esta se acerca a mí — siento mucho el desorden que he ocasionado – me disculpe por segunda vez.
— Relájate, solo fue un pequeño incidente y yo también tuve un poco de culpa por dejar la canasta atravesada en medio del camino.
— Bien… por cierto, ¿está tu mamá?
— Si está terminando de meter algunos panes al horno, ¿quieres hablar con ella? – asentí.
— Llámala, por favor, y mientras vas por ella, yo te ayudo a levantar este regreso de fresas – ella ríe.
— Ok, espérame ahora vuelvo y me cuentas como le fue a Gaby en su graduación y también debes contarme cómo es eso que se ha comprometido. — abro los ojos como platos.
— ¿Quién te lo dijo?
— Amiga, tu abuela lo ha presumido con todas sus amistades desde hace varios días… les ha dicho a todos que su nieta mayor se casara con un hombre rico. — ruedo los ojos.
— Qué vergüenza de mujer… pero, en fin, ve por tu madre y luego te cuento.
Mientras Emilia se va, yo me inclino para recoger las fresas que he regado y regresarlas a la canasta, de pronto la campana de la puerta suena anunciando que un posible cliente ha entrado. No volteo, solo me enfoco en terminar de recoger las fresas antes de que alguien las aplaste y se haga un desastre mayor.
— Disculpa – una voz profunda se hace escuchar – hey… linda.
Volteo al darme cuenta de que es a mí a quién habla, ya que Emilia no había regresado aún. Miro hacia arriba, pues sigo inclinada, casi de rodillas, mi mirada hace contacto con el rostro de un hombre que trae gafas puestas, se las quita en cuanto me ve y una estúpida sonrisa coqueta se dibuja en su rostro. Nuestros ojos hacen contacto visual, y me pierdo en el café de sus ojos, el tipo sonríe coqueto, seguramente cree que ha causado gran impacto en mí.
Típico engreído…
Aunque no voy a negar que es atractivo, no soy ciega y el desconocido tiene lo suyo… porte, presencia masculina y elegancia, por la pinta que tiene seguramente es de esos riquillos presumidos que sienten que el mundo caerá a sus pies con solo tronar los dedos. Además, jamás lo había visto por aquí cerca, así que pude deducir que es foráneo y no sabe que a la gente de este lugar se les respeta. Su simple actitud de superioridad me parece petulante, así que lo ignoro volviendo a mi labor.
— Esto debe ser una broma – lo escucho decir. — Hey… muñeca, te estoy hablado, ¿acaso eres sorda? – Pregunta divertido, así que sigo ignorándolo, solo lo miro de reojo.
— ¡No!, no soy sorda y por favor, no me llame muñeca, no sea igualado. — respondo intentando ponerme de pie, él me ofrece su mano, sin embargo, la rechazo, no lo conozco. — no me toque por favor, puedo sola. — retira su mano y yo me organizo el vestido.
— Pero, qué groseras son las chicas de por aquí, es que no saben ser amables y hospitalarias. — dijo en un tono entre arrogante y sarcástico que provoco, me ría internamente.
— Digamos que la amabilidad y la hospitalidad, solo aplica con la gente educada. — él me mira con una sonrisa estúpida que ignoro. — ¿qué desea?
— Un delicioso y dulce bizcocho como tú – responde de manera insinuante, siento que los colores se me suben a la cabeza, lo miro queriendo matarlo con la mirada.
No lo puedo creer, ¿acaso me ha llamado bizcocho?, pero que se cree este tipo, me pregunte a mí misma, intentando controlar las ganas que tenía de golpearlo por estúpido arrogante. Claramente, se trataba de uno de esos tipos, los cuales están acostumbrados a que las mujeres caigan a sus pies con solo dedicarles una sonrisa o hacerles halagos de mal gusto y sexista, ¿cómo lo sé?, simple me he topado con muchos de ellos…