El tímido sol otoñal, que entraba por la gran ventana principal de su oficina en la primer planta, arrancaba destellos a las esmeraldas y ópalos que adornaban sus muñecas, cuello y orejas. Así también como las de sus delgados dedos color marfil. Adelle observaba en el espejo de mango de plata con grata obsesión aquellas joyas que no se había resistido a utilizar en el preciso momento que habían llegado en la noche anterior. Eran regalos del Capitán La Libertie o mejor dicho; eran su pago por adelantado, a cambio de cierta jovencita que él quería obtener en ese momento. No era que se lo hubiese dicho realmente en la carta que le había hecho llegar con tamañas alagas. Pero ella ya lo conocía muy bien y además, fue justamente el día anterior que él le había comentado sobre la núbil belleza d

