Al bajar del coche, lo primero de lo que, Mateo, tuvo ocasión de percatarse fue que, el lugar no era en realidad un simple departamento tal como se lo habían mostrado el día anterior. Por todo lo contrario, era en realidad una casa de dos plantas con un pequeño balcón que tenía una hermosa vista a las afueras de la ciudad. De eso fue lo segundo que se dio cuenta. El inmueble se encontraba completamente alejado del centro citadino. Casi no podía reconocer que se encontraba en la misma ciudad en la que vivía. Extrañado, buscó a su padrino con la mirada, lo encontró dándole instrucciones al cochero para que entregase las cartas en su nombre. —¿ Era necesario que el lugar estuviera realmente apartado de todo?— se atrevió a preguntar en lo que lo veía acercarse con sus andares de pato cojo

