Ya tocaba la hora de almorzar y Aurora se encontraba observando con aire de desilusión el paquetito que, con tanto esmero, le había preparado a Mateo. Era el almuerzo para que se llevase al trabajo, ella se lo había dejado bien en claro la noche anterior, pero, aún así, allí lo había dejado. Se sentía molesta por eso, pero tampoco sabía muy bien que podría decirle. Ya que, bien sabía que él, al escuchar sus reproches, se excusaría banalmente con el argumento de habérselo olvidado en la prisa por no llegar tarde. Un argumento que ella no le creería. Suspiró y terminó de acomodar las bandejas de la comida que debía alcanzarle a las prostitutas al cabo de una hora. No entendía porqué él hacía las cosas de esa manera y eso la confundía. —A quien ingrata me encuentra, yo busco amante…— rec

