Eran más de las ocho de la noche cuando por fin llegaba a la vieja casona donde él vivía. Sentía los dedos entumecidos y los párpados aletargados producto del desmesurado esfuerzo que había hecho al trabajar en esa asquerosa novela erótica que le habían mandado editar y mecanografiar. Se sentía horrendamente cansado y solo quería llegar para cenar y dormir. Pero, al llevarse la mano al bolsillo delantero del pantalón y palpar por casualidad ese pequeño bultito que tenía allí, sentía la dicha plena de que, todo aquel esfuerzo, valió la pena. Miró al cielo nocturno y sonrió esperanzado. Quizás, al fin las cosas le estaban saliendo como él quería. A punto estuvo de entrar por la puerta principal, tal como era su costumbre. Sin embargo, se la pensó mejor. Sabía que Aurora estaría en la coc

