Capítulo 1 (Parte 5)

3718 Words
Todavía sentía las mejillas acaloradas y el corazón acelerado cuando llegaron al altillo donde él dormía. Aunque lo intentó, no pudo sacarse esa escena de la cabeza. Era la primera vez que tenía ocasión de ver algo así y, por ese motivo se sentía de una manera que ni ella sabía explicar. Pensando un poco, no se parecía en nada a lo que las monjas le habían explicado. En ningún momento vio besos o caricias. Tampoco hubo ocasión alguna de reconocer ese sentimiento puro, al que tanto llamaban como “Amor”. Menos aun, le pareció que todo eso fuera algo que pudiera describir como “sublime” o “mágico”. Al contrario, todo aquello le pareció algo espantoso provisto de un brutal salvajismo del que ella jamás creyó llegar a ver en seres humanos. Miró de reojo a Mateo. Se preguntó qué pensaría de toda esa escena. Al juzgar por su actitud, él, estaba más que acostumbrado a esas cosas. Aunque, pensándolo bien, no era algo de lo que ella se pudiera sorprender. Al contrario, bien podría justificarlo como lo que era: un hombre adulto, y ¿Qué hombre adulto no habría vivido ya, esas experiencias? «Es lo que se debería esperar de un hombre… ya que la carne es débil a los pecados capitales…» La lujuria era el mal más común en un hombre y no se lo podía reprochar, estaba en su naturaleza pecadora. Por eso, ella no debía estar allí. Aun así, no podía negar que sentía demasiada curiosidad por todo ese asunto. —Disculpe… ¿Se encuentra bien, Aurora?— le preguntó Mateo algo preocupado, apartándola de sus divagaciones.—… Se la ve un poco pálida ¿No quisiera, quizás, tomar asiento? No me gustaría que se descompensase… Se sentía estúpida por verse en esa situación. Lo correcto sería que una jovencita de bien, no se plantease nada de ese asunto. Eso, era peligroso. Además que, si se lo comentaba, corría el riesgo de que él decidiese aprovechar la situación para fines poco caballerosos. Por eso mismo, ella no debía si quiera mencionarlo, no quería que él la confundiese con una de esas mujeres de la primer planta. —¡Oh! Estoy bien, gracias…— mintió con una tenue sonrisa, intentando ocultar sus pensamientos, pero, sus palabras la traicionaron—… aunque, a decir verdad, solo un poco impresionada de lo que tuve ocasión de presenciar hace un momento… pero… Mateo no dijo absolutamente nada, solo sonrió comprensivo para luego guiarla hasta una silla. Viéndola tan desorientada, no podía evitar sentir cierta necesidad por jugar con ese fuego que vio en ella minutos antes. Sabía que, dado a su inexperiencia, no le sería difícil. La curiosidad era el mal más común que acompañaba la inocencia. «Y… de esta forma no sería diferente a lo que hubiera pasado si te hubieses quedado callado…» Se dijo dándose cuenta que, quizás, no sería algo conveniente de llevar a cabo esa misma noche. Aunque, tal vez, solo fuera en apariencias superficiales, pues, el miedo y desconfianza en alguien como ella no siempre era algo definitivo. A fin de cuentas ¿Cuántas cosas podrían pasar entre dos jóvenes en una noche como aquella? — Oh, ya veo. La entiendo perfectamente…— repuso con indulgencia, ocultando todas sus intenciones, suspiró— ¡Ah! No sabe usted, cuánto me avergüenza que haya presenciado aquel grotesco espectáculo. Me tendrá que disculpar, debí haberlo premeditado… ¿Gustaría un vaso de agua para pasar el mal sabor? Aurora se sonrojó, aun más avergonzada que al principio. A lo visto, él no estaba pensando en esas cosas como tanto le habían asegurado que hacían los hombres. Aunque, quizás, eso fuera solo por el simple hecho de que se encontrara cansado. Recordando eso, prefirió apurarse e ir al grano. —No, se preocupe. No todo lo podemos ver con antelación… — prefirió intervenir tras una pequeña pausa, bajó la mirada a su regazo y alisando sus enaguas, agregó—. No quiero parecer descortés, pero, preferiría que vayamos a lo que he venido… no me gustaría abusar de su generosidad. Usted, debe estar muy cansado ¿No es así? Él no pudo evitar sonreír ante esa manera tan sutil de escapársele de las manos. Debía reconocerlo, a su manera, esa jovencita, podía llegar a ser bastante seductora. Quizás, no estaba equivocado en absoluto al afirmar que al conseguirlo, no solo habría ganado la posibilidad de publicar sus libros y evitado perder el único techo al que llamaba hogar. Sino que, además, habría ganado una victoria que pocos podrían conseguir: lograr que una jovencita como ella rompiera el recato. «¿Será consiente de lo que hace?» —Tiene, usted, razón, me encuentro bastante agobiado. A decir verdad, este ha sido un día demasiado laborioso para mí gusto…— admitió sentándose a su lado en la silla contigua—… sin embargo, debo admitirle también, que me place y mucho estar en su presencia. Pero, sea, usted debe estar igual de cansada, así que, mejor la ayudo con eso y luego la acompaño a su habitación ¿Le parece bien? Aurora asintió con una cálida sonrisa y de esa forma se pusieron a la tarea de armar aquella carta. Mientras le dictaba lo que quería expresar en la carta, no pudo evitar sentir envidia por su letra elegante y estilizada. Se preguntó si él le podría llegar a enseñar a escribir de esa manera. «¡A qué sería muy bonito saber hacerlo, para que yo pudiera escribirlas sin ayuda de nadie!» Reconoció viendo como él terminaba la esquela con un pequeño y delicado punto final para luego limpiar la pluma antes de guardarla con sumo cuidado, como si fuera el cuchillo de un cirujano. Lo escuchó leérsela en voz alta, sin titubeos. Se dio cuenta que eran las mismas palabras que ella había dicho, con algunas pequeñas variaciones para que su lectura fuera más amena. —¿Así le parece bien?— le preguntó él con una actitud de completa profesionalidad.— ¿Desea que agreguemos algo más? A decir verdad, si por ella dependiera, la carta sería un libro o quizás dos ¡Había tanto por contarle y preguntarle a Sor Ester! Que no sabía que responder ante esa pregunta. De igual forma, ¿sería correcto hablar de esas dudas que tenía rondando en su cabeza delante de ese hombre? Eran cosas muy personales, así que no se atrevía a hacerlo. —No, nada más… así está bien, gracias…— decidió esbozando una sonrisa. Mateo sacó una hoja del montón de papeles que tenía a su lado. En completo silencio, la acomodó en una vieja máquina de escribir. —Bien, entonces, espéreme un momento que lo transcriba para que usted pueda quedarse con el original y ella lo reciba en las condiciones correctas. — anunció comenzando con el trabajo.— No tardaré mucho. —¿Es necesario? — preguntó Aurora acercándose a él, observó el original, para ella, estaba perfecto.— Yo la veo perfecta… además, permítame elogiarlo, porque salta a la vista que usted tiene una letra muy hermosa… ya quisiera yo poder escribir de esa forma. Al oír eso, Mateo negó con la cabeza, pero por la sonrisa que en su rostro reflejaba, bien marcado era que esas palabras le habían gustado. Dejó la máquina y se acercó a ella, apoyando el dedo índice sobre una parte especifica del papel. No le pasó desapercibido el rubor en las mejillas de Aurora, intuía que era producto de la cercanía que había impuesto de forma casual. Aunque, en amén a la verdad, culpa suya no era. Si es que tenemos en cuenta el detalle de que ella ya tenía medio rostro tapando el paso cuando él se aproximó y, ya qué, que no se apartara del lugar, de todas formas. —Aquí, una mancha… aquí: está mal escrito, me olvidé un par de letras en el apuro … aquí… tendré que releer la oración, porque ni yo entiendo lo que escribí…— explicó con suma dureza así mismo, haciendo de cuenta que en realidad estaba prestando atención al papel y no a las expresiones de Aurora que comenzaban a excitarlo. Hasta él debía reconocer que se le estaban escapando las cosas de las manos. Volvió a mirarla de reojo, quizás fuera su imaginación, no estaba realmente seguro, pero le parecía sentir que ella se aproximaba más a él. De todas formas, no se quejaba. Simplemente, no dejaba de sorprenderlo el hecho de que, aparentemente, ella no rechazaba para nada, aquella proximidad. «¿Acaso lo hace adrede?» Mientras seguía puntualizando cada mínimo error de escritura que había cometido, logró ver que, en efecto, ella se estaba pegando a su brazo, llegando a sentir el ligero roce de sus pequeños pechos. «Están duros…» Advirtió, al sentir sus p3zones a través de la tela. Apartando la cara para que no lo viera morderse el labio inferior, se preguntó qué ocurriría si decidiera moverse, unos centímetros más para tenerla de frente. De esta forma, al mirarla a los ojos, no le sería muy difícil darse cuenta de las intenciones reales que ella supuestamente ocultaba. Mas, a esas alturas, él quería ir un poco más allá que solo mirarla a la cara y sembrar una duda. Él, ya se estaba planteando esa idea peligrosa de ¿Qué pasaría si se atreviese a robarle un beso? Aunque, para ser sinceros, dudaba que tuviera el buen tino de detenerse en solo ese acto. —Aurora…—la llamó. —¿Uh? ¿Qué ocurre?— preguntó completamente ajena a todo lo que él pensaba. Era la única respuesta que necesitaba. Váyase uno a saber porqué lo hacía, pero no eran los motivos que él creía. Sintiéndose un poco avergonzado de sí mismo, bufó, intentando pensar con claridad. Hacía años que no se sentía así de inexperto con una mujer. —Eh… mi brazo…¿Me lo podría devolver, por favor?— respondió sutilmente, dejando que ella sacara las conclusiones . Aurora pareció darse cuenta de lo que ocurría. Sonrojándose de nuevo, se apartó con rapidez y se tapó la boca con la mano, como si de esa forma quisiera disimular su bochorno. —¡Oh! Discúlpeme, por favor, no fue intencional… solo estaba tratando de ver lo que usted me mostraba…— intentó excusarse atropelladamente. Mateo se dio el lujo de exhalar un buen suspiro de alivio. Tal como había pensado, ella no era consiente de nada. Solo así, se atrevió a mirarla a la cara, sonriéndole con indulgencia. —Suerte para mí que me lo aclara, Aurora…— exclamó como si nada volviendo a la mecanografía.—… ¡Ya decía yo que seguramente estaba muy concentrada en esa carta!… ¿Me permite serle sincero? Creo que ambos nos hemos quedado pensando en lo ocurrido… Mientras el ruido de las teclas era lo único que se oía en la boardilla, Aurora, lo miró con desconfianza. Quizás, él no tenía tan buenas intenciones, como había supuesto al principio. La sola idea de que estuviera intentando aprovecharse de la situación, la ofendía. —Disculpe…— volvió a interrumpir, dejando ver su enojo — ¿Acaso usted me está confundiendo con una de esas mujeres indecentes… como la que nos encontramos abajo? Se sintió tentado a responder en un tono agresivo. No le agradaba para nada ese tipo de comentarios. Sin embargo, prefirió seguir escribiendo, como si no hubiese escuchado nada, dándole el tiempo a pensar mejor sus oraciones. —¿Me está ignorando?— insistió ella, aun más molesta— ¿No piensa responder? Si no le respondía en ese momento, era porque las palabras que saldrían de su boca lo perjudicarían. Se apoyó en el respaldo de la silla y buscó en Un cajón un atado de cigarros que solía tener a mano. Se llevó uno a la boca y lo encendió. Cerrando los párpados, dejó escapar el humo que se perdió en sublimes espirales entre las vigas del techo. —No… creo que es usted la que está confundiendo las cosas…— respondió con franqueza para luego abrir los ojos y mirarla a la cara — … En ningún momento insinué eso… además, yo no me defino como alguien indecente y sin embargo, ese tipo de planteos me parecen algo común. A fin de cuentas, los bajos instintos, son propios del ser humano ¿O cómo cree sino que se hacen los hijos? Aurora no sabía qué responder ante aquellas palabras. Sin embargo, no pensaba igual que él, hacer bebés era algo muy distinto a la vida licenciosa que habían presenciado momentos antes. Pero ¿Cómo decírselo? Si ni ella misma estaba segura de porque era diferente. Satisfecho por haberla dejado callada, prefirió aprovechar eso para finalizar el tema. Ya había tensado demasiado los límites, corría el riesgo de cometer un error que los distanciase. —Mejor hagamos de cuenta que esto no ha ocurrido, no quiero generar discordia entre nosotros…— admitió con toda sinceridad intentando en lo posible suavizar su tono de voz, para luego agregar con una tenue sonrisa en los labios— … y tampoco quisiera ser descortés, pero ambos tenemos que levantarnos muy temprano mañana ¿No le molesta que esta carta la termine después? Ahora, si me lo permite, déjeme acompañarla a su habitación. Abochornada, solo pudo musitar una tímida afirmación a su propuesta. Aunque hubiera preferido terminar con la carta primero, quizás, aquel escritor tenía razón y lo mejor era que ella se fuera al cuarto que le tenían asignado, en lo posible, que fuera sola. A fin de cuentas, la carne de una jovencita como ella, también era débil. «Y más aun si la jovencita tiene alguna curiosidad al respecto…» Se dijo observándolo de soslayo mientras él se aproximaba a la puerta de la boardilla. Debía reconocer que, por alguna razón, la duda ya estaba instalada en ella. Aunque también la culpa de lo ocurrido. «¿Por qué dije todo eso? Si ni un beso he probado. Él tiene motivo de sobra para ofenderse…» Pensaba mientras caminaba a su lado, mirándolo tímidamente de reojo. Creía estar en lo cierto al intuir que él estaba enojado. Sin embargo, entre más lo observaba, más le daba la impresión de que, quizás, todo eso eran solo sus propios pensamientos. Al llegar a la primer planta, él se detuvo para acercársele al oído. Su aliento olía a tabaco y eso la hizo estremecer, haciéndola sentir estúpida e indecente por darse cuenta de un simple detalle: ¿Cómo no iba a malinterpretarla si ella reaccionaba de esa manera a su cercanía? Porque, él ya lo había notado. Por si le quedaban dudas, con lo que él le había dicho en el altillo, bien en claro le había dejado la advertencia velada de que se daba cuenta de lo que provocaba en ella. —Espere aquí, me adelantaré para asegurarme de que nadie se encuentre en los pasillos…— pidió él, sin darse por aludido, para luego bajar los escalones que daban al piso inferior. La luz de la luna que atravesaba las pequeñas ventanas se reflejaba él, dándole así, un aspecto etéreo y ajeno a cuestiones mundanas. «¿Qué pensará ese hombre de mí?» Al cabo de un rato, Mateo volvió a subir para ayudarla a bajar. Podía ver muy bien todo lo que provocaba en ella. No quería forzar más las cosas, pero, debía reconocer que se le estaba haciendo muy difícil. Se obligó a mirar al camino, ignorando aquellos ojos de avellanas que lo observaban expectantes. Tratando de no pensar en el cálido respirar de esos delicados labios rosados. —¿He dicho algo que la haya molestado, Aurora?—Le preguntó al llegar a la puerta del pequeño cuarto. Aurora levantó los ojos, demostrando su sorpresa. Negó con la cabeza, estaba segura que las cosas eran al revés. «¿Qué sabré yo, si ni los besos de un hombre he probado?» Se repitió, volviendo a desviar la mirada esperando que con eso él solo lo dejase pasar y actuasen como si no fuera algo de importancia. Pero esta vez él no actuó así, por el contrario, la tomó por la barbilla y la obligó con firme delicadeza a mirarlo a la cara. —¿Aurora?...— insistió. —Creía que usted era el que estaba ofendido conmigo, por eso preferí no hablar… a fin de cuentas, puede que yo me equivoque… ¿Qué sabré yo de decencia y deseo, si ni siquiera sé a qué saben los besos de un hombre?...— reconoció entornando los ojos con timidez; ruborizándose violentamente, se sintió obligada a admitir: — Además ¿Cómo podría yo saber si estoy en mi justo derecho a sentirme ofendida de que se confundiese, si ni yo misma soy consiente de mis intenciones? Verla tan frágil y confundida, fue un golpe bajo para él. Pero, no se podía negar que con esas preguntas, ella se estaba cuestionando la posibilidad de que él fuera un amante aceptable. Sonrió creando un par de hoyuelos en sus mejilla que le daban un aire de inocencia que contrastaba con sus pensamientos indebidos. — No estoy enojado, para nada… de eso no se preocupe… Que usted piense distinto a mi, no me molesta en absoluto, por el contrario, agradezco que así sea… para eso el Señor de los Cielos nos ha dado el libre albedrío… — aclaró por fin, sin soltarla, necesitaba que lo viera bien a la cara— Aunque… en cuanto a sus preguntas retóricas ¿Me permite tomarme el atrevimiento de decirle lo que pienso exactamente, aun a riesgos de ofenderla? Aurora, comenzaba a darse cuenta de que él, pese a darle a entender sus intenciones de que no le molestaba en absoluto dejarse llevar por el deseo que los envolvía; le estaba cediendo el beneficio a escaparse de esa situación. Pero, a esas alturas ¿Tenía sentido hacerlo? Lo miró suplicante, por alguna razón, no podía tolerar más aquella situación. La duda de saber lo que podría ocurrir, la carcomía. El dolor agudo que se había formado en el de su pecho la asfixiaba. Mateo vio con deleite todo aquel cuestionamiento mudo. Vio, además, como asentía temerosa y volvía a cerrar los ojos. Estaba cayendo por fin en la red que él había tendido. Consciente de que no lo veía, sonrió victorioso, saboreando de ante mano lo que ocurriría. Se inclinó sobre ella, acomodándole el cabello detrás de la oreja, sintiéndola estremecerse por ese gesto tan inofensivo en apariencia. Se relamió los labios sutilmente. —Sobre el sabor de los besos y sobre descubrir las intenciones que usted misma tenga conmigo, bien puedo solucionárselo en este preciso momento, si me lo permite…— le susurró con sugerente languidez al oído. Ella volvió a estremecerse, sintiendo como a su corazón se le olvidaba un par de latidos al escucharlo. Sentir la calidez del aliento de él en su piel la infundía de una emoción que no sabía a ciencia cierta como catalogarla. Pero eso era peligroso, tenía miedo de lo que podría ocurrir si se dejaba llevar, sabía que lo mejor sería entrar a su habitación, dejándolo solo. Igualmente, no lo hizo. Dándole a entender que aceptaba su propuesta. Lo escuchó reír por lo bajo, como si aquello lo deleitase y sintió sus manos posárseles en ambas mejillas, junto con la calidez de su aliento aproximándosele a la boca. En un principio, ese beso fue similar al suave roce de una libélula. Pero, no tardó mucho en ahondarse. Sintió su lengua rozarle delicadamente los labios, como si estuviera pidiendo permiso para saborearla mejor. Dejó que él la invadiera, intentando a su vez retribuir con la torpeza de la inexperiencia. Una inexperiencia que él parecía gustarle. El beso tenía un excitante sabor a tabaco. Aurora, dejándose llevar, levantó las manos acariciando su pecho hasta llegar al cuello y rodeárselo, atrapándolo por la nuca, como si quisiera fundirse en él. Mateo, le dio el gusto, bajando sus manos para tomarla por la cintura y de esta atraerla hacia su cuerpo. —Ahora ya lo sabe…— le susurró al oído cuando todo terminó. Hablaba con calma, como si nada lo perturbase, pero lo cierto era que rogaba porque ella no se diera cuenta de todo lo que había provocado con ese beso. A decir verdad, él deseaba más. Pero sabía que ese no era el momento oportuno. — Por cierto, no por esto, yo la veo como una mujer indecente, por el contrario, sé que no lo es y eso me agrada de usted… Recuérdelo bien: sentir deseo, es propio del ser humano, si fuera algo malo, no creo que el Creador los hubiese instaurado en nuestros corazones… Se incorporó mirándola con una leve sonrisa velada. Volvió a acariciarle la mejilla mientras ella lo observaba con ojos de expectante súplica. Sabía que quería que se quedara. Suspiró. —¡Ay! No me mire así, por favor, realmente me duele tener que irme… Pero, tengo que hacerlo, mañana hay que trabajar …— se lamentó, para luego besarle la frente—… Por cierto, su secreto quedará guardado conmigo… si usted lo quiere así, haremos de cuenta que no ha pasado absolutamente nada. Nos veremos, Aurora Aurora, lo vio partir en silencio, para luego entrar a su cuarto. Sentía las piernas de algodón y la cabeza le daba vueltas. Se llevó la mano al pecho, percibiendo sus latidos desenfrenados. Posó dos dedos en sus labios aun enrojecidos por aquel primer beso. Los labios de él eran suaves y gentiles, pero tenían el sabor fuerte del tabaco y el vino. «Los besos saben a tabaco y vino.» Concluyó sentándose sobre la cama. Resultaba curioso ser consiente de ese detalle, siempre había creído que los besos sabían a menta y miel, como en las canciones de amor, y que el sabor del tabaco y el vino, eran sinónimos de libertinaje. Siempre había creído que eso le desagradaría. Sin embargo, allí estaba ella, deseando un poco más, imaginando mil excusas para dejarlo pasar a su habitación y prolongar un poco más aquel momento. Sin poder evitarlo, se preguntó si él cumpliría su palabra de hacer de cuenta que nada hubiera pasado. No estaba segura de que fuera lo que ella deseaba que hiciera.
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