En este momento, estoy en el aeropuerto con mi padre, esperando a Noah. Ambos estamos muy nerviosos y ansiosos por su llegada, especialmente él; noto cómo tiembla. Yo esboce su nombre en una pancarta con corazones, desde pequeña le pongo a todo corazones.
Varias personas salen del avión, pero ninguno es él. Me quedo anonadada cuando noto que se acerca un hombre de cabello rebelde oscuro que cubre sus ojos, los cuales son de un color mar tan intenso que siento que puedo ver mi alma en ellos. Su porte es el de un hombre alto y algo fornido, pero no demasiado. Está vestido con una chaqueta negra y unos jeans azules.
—Noah, hijo —papá lo saluda con un abrazo, el cual él no corresponde.
Me escanea con la mirada, por lo cual bajo mi cartel y me acerco a él para saludarlo con un abrazo, pero él se aleja como si yo tuviera un virus y teme ser contagiado.
—Odio las muestras de afecto y mucho más en público. ¿Qué es esa cursilería llena de corazones? —Él rompe mi pancarta.
—Solo te recibimos, hijo. ¿Te acuerdas de Nicole? —Le habla papá.
—Hola, Noah. Bienvenido a…
Él me interrumpe —¡No les pedí que me reciban! Puedo llegar a mi casa por mi cuenta.
Definitivamente, ha cambiado mucho. Es como si le desagradara nuestra presencia. Simplemente nos dirigimos al carro sin mencionar ninguna palabra.
En menos de media hora, llegamos a la casa. En este momento me arrepiento de haber decorado la casa porque odia los corazones, pero ya es tarde para pedirle a las muchachas que limpien todo. En cuanto llegamos, papá solo ríe y él rodea los ojos. Acaba de llegar y ya no me soporta. Creo que nuestra relación será muy diferente a como la recordaba.
—Todo ha cambiado —comenta en cuanto observa la casa.
—Así es, pero tu cuarto sigue igual. Lo puedes decorar como tú quieras.
—Te puedo ayudar a pintar —le propongo.
—Solo me quedaré temporalmente, Nicole.
—Hijo, sabes que esta es tu casa y puedes quedarte el tiempo que quieras.
—No quiero situaciones incómodas.
—No nos incomodas, Noah. —Le digo.
—Pero ustedes a mí sí. Iré a descansar, por favor, no me molesten. —Él simplemente sube a su habitación.
—Lo siento, hablaré con él —me dice papá.
—No te preocupes, papá. Como tú dices, hay que tener paciencia. Creo que tampoco querrá el pastel que preparé.
Él ríe —Pero yo sí. Sabes que me encantan tus pasteles, Niki.
—Le diré a las muchachas que te sirvan.
—Amor, ¿estás segura? Todavía puedo cancelar lo de mañana.
—Estaré bien, papá. Puedo quedarme en casa sola. Además, ahora está Noah y puedo invitar a mis amigos.
—Bien, amor. Cualquier cosa me llamas o a la Doctora Mónica.
Asentí.
—No estoy seguro de volver a trabajar. No quiero descuidarte.
—Estar en el ejército es lo que más te gusta. Ya me has cuidado durante once años, estoy perfecta.
—Hablaré con Noah.
—No puedes decirle mi secreto.
—Pero, Nicole...
—Nicole, nada. No quiero su lástima ni la de nadie. Además, él es muy cercano al hermano de Elliot y este a Lorenzo. No quiero que él se entere porque termine con él.
—Está bien, Nicole.
[...]
Me desperté temprano, o más bien, no dormí demasiado. Anoche me sentí mal y me dirigí al sofá para intentar despejarme, pero terminé dormida acá.
En cuanto desperté, corrí al baño para hacer mis necesidades, lavar mi rostro e intentar cepillar mi desordenado cabello. No tardé más de diez minutos arreglándome y me di prisa porque alguien no deja de golpear la puerta del baño.
—Al fin —suspira en cuanto salgo del baño; noto que solo lleva unos boxers.
—Tienes tu baño privado —le recuerdo, su habitación es la más grande de la casa.
—Al igual que tú; por lo visto, se te olvidó el brasier.
En ese momento, noté que mi pijama marcaba sutilmente mis pezones, y llevaba unos shorts bastante pequeños. La atmósfera entre nosotros era un tanto incómoda, ya que era evidente que él tampoco llevaba mucha ropa. Su cuerpo estaba marcado, una evidencia de su dedicación al ejercicio, lo cual era comprensible dado su trabajo en el que seguramente requería mantenerse en forma. La habitación parecía cargada de tensión mientras ambos compartíamos el espacio, conscientes de la cercanía física y la mínima barrera entre nosotros.
—Puedes moverte.
—Se dice permiso —comento moviéndome. Me dirigí a la sala y en pocos segundos él se unió a mí, sentándose a mi lado.
—Hoy papá comenzó a trabajar. —Le informo
—Querras decir mi papá porque tú no tienes padre, eres huérfana, Nicole.
—Bien, Rafael trabajará todo el día.
—Así está mucho mejor. Todo lo que hay en esta casa es mío, que te quede claro. ¿Y qué esperas para preparar mi desayuno?
—Lo haría, pero se me hace tarde para la facultad. Puedes pedirle a las muchachas, ellas cocinan riquísimo.
Mientras me encaminaba hacia las escaleras, sentí cómo su mano agarraba mi brazo con firmeza, obligándome a detenerme y voltear hacia él. La fuerza de su agarre transmitía una sensación de autoridad, y sus ojos, intensos y penetrantes, me miraban con determinación. En ese momento, la tensión en el aire era palpable, y la brusquedad de su acción dejaba entrever la dinámica desafiante que comenzaba a establecerse entre nosotros.
—Te he ordenado hacerlo y ya se me está haciendo tarde para trabajar por tu culpa.
—¡No soy tu sirvienta! —Exclamé molesta.
—Las sirvientas al menos trabajan, pero tú solo eres un parásito que vive de mi padre. Lo menos que puedes hacer es pagarme por vivir en mi casa sin poner un peso.
—¡Yo no soy ningún parásito!
Quisiera desmentir que Rafael me ha mantenido los últimos años, pero es la verdad. El dinero que dejó mi padre para mi educación lo malgastó mi madre en vicios. No tengo un peso para subsistir, quisiera trabajar, pero papá no lo permite.