Noah
Al verla besándose y tocándose con ese miserable, no puedo creer que permita que la bese y la toque de esa manera en mi propia fiesta, la cual debería ser en mi honor. Ella debería estar aquí por mí, prestándome atención y sin separarse de mi lado. Pero no, en la primera oportunidad, se escapó al jardín a besarse y tocarse con ese desgraciado.
Cuando me acerqué hacia ellos, por supuesto, se apartaron. Ese idiota me mira como si no hubiera hecho nada malo, y ella no dice nada, solo me observa con temor. Supongo que tiene miedo de que le rompa la cara a su noviecito, como prácticamente hice con su amigo la última vez que los encontré en la sala, también tocándose. Es increíble la audacia de esta mocosa; al primer hombre que se cruza en su camino, siempre le permite tocarla y besarla. No es más que una cualquiera. La odio con cada parte de mi ser.
— Buenos días, Coronel. No sé si me recuerda, pero estuve hablando con usted esta tarde en su oficina.
Asentí con la cabeza sin decir nada
— Mejor vamos a la fiesta con los demás.— Insiste Nicole
Nicole se enfundó en este vestido tan corto que dejaba al descubierto sus piernas, resaltando su figura. El escote sugerente, los brazos al descubierto, todo en conjunto. Se maquilló con destreza, resaltando sus ojos verdes hechizadores. Es lo que es: una maldita bruja, una hechicera que se encarga de embaucar a todos los hombres con esa carita de niña buena que no rompe un plato.
Pero conmigo no podrá, nunca podrá. No caeré en sus encantos. No permitiré que esa fachada de inocencia me envuelva, no es más que una manipuladora a la que odio.
— Nicole, quiero hacer las cosas bien.— Le dice Lorenzo— Además de ser Teniente de las fuerzas, tengo una relación con Nicole desde hace más de dos años. Su padre, Rafael, lo sabe perfectamente, señor, y espero que usted también esté de acuerdo con lo nuestro.
— Parece que no eres el único hombre en la vida de Nicole. —pronuncie con sarcasmo.
— ¿Qué quiere decir con eso? —Pregunta Lorenzo con un tono molesto.
— Mejor vamos adentro.—insiste Nicole, tratando de calmar la tensión.
En ese momento, fuimos interrumpidos por la llegada de mi padre, Rafael. Si no fuera por él, podría haberle roto la cara a ese miserable de Lorenzo en un instante. No me importa que estemos en una fiesta, rodeados de varios de mis superiores, ni que yo sea un Coronel que debe mantener las formas. En ese instante, nada me importaba más que la rabia que sentía, la furia que me invadía ante la visión de ese despreciable individuo sobre ella.
Sería capaz de cualquier cosa. Incluso de matarlo. Si no puedo hacerlo ahora, lo enviaré a una misión suicida o haré lo que sea necesario. Ese miserable no tiene ni idea de con quién se ha metido.
— Lorenzo, me da gusto verte cerca de Nicole. Me encantaría que regresaras.
— Gracias, Rafael. La amo con todo mi corazón, eso no es ningún secreto. En el futuro, me encantaría casarme con Nicole.
— Mejor deberíamos volver a la fiesta.— Iniste ella
— Sí, volvamos. Pero antes, Rafael, me encantaría visitar a Nicole de vez en cuando, si lo permites.
— Siempre serás bienvenido en mi casa, Lorenzo. Sé que tienes las mejores intenciones con mi pequeña.
Mi padre se acerca a Nicole y le ofrece un abrazo, a lo cual ella responde de manera cordial. No puedo evitar apartar la mirada de ella, lanzándole una mirada fulminante. No entiendo por qué permite que mi padre la abrace, a pesar de todo. Él es un hombre, y no entiendo cómo no se da cuenta de que solo deberían verse como padre e hija.
Sé que hay algo más, tal vez a él le gusta, y a ella le encanta llamar la atención de todos los hombres. Es una situación que me desconcierta y me irrita al mismo tiempo.
[...]
Después de varias horas, me sentía adolorido, con la cabeza a punto de estallar. Necesitaba salir de esa horrible fiesta, así que me dirigí a un bar con la prima de Philippe y otras mujeres.
Ni siquiera sé el nombre de esta tipa. Solo sé que estuvo coqueteando conmigo toda la noche, y no me fue difícil lograr que se quitara la ropa. No estuvo mal, sin embargo, no me quedaría a pasar la noche con ella. No acostumbro dormir con ese tipo de mujeres. Por supuesto, le dejé su pago en forma de un fajo de billetes, pero ella se ofendió.
Regresé a mi casa antes del amanecer. Abrí la puerta con mis llaves y estaba a punto de dirigirme a mi habitación. Sin embargo, antes de subir las escaleras, me detuve unos segundos y me percaté de que Nicole estaba ahí, en el sofá, completamente dormida. Era obvio que había pasado la noche aquí. Su cabello ondulado estaba desordenado, su piel se veía brillante a pesar de la oscuridad. Vestía ese pequeño pijama que tanto odio: esa remera diminuta que resalta sus pezones y ese short pequeño.
Mi mano se movió de manera casi automática, acariciando con suavidad su rostro, su hermoso rostro mientras yacía dormida e indefensa. No pude evitar que mis deseos más oscuros y mis instintos se apoderaran de mí en ese instante. Sentí una erección, maldita sea. La odio, maldita mocosa. La contradicción entre la ternura de su sueño y la intensidad de mis propios demonios internos crea una tormenta de emociones que me confunde y enfurece.
No puedo evitar que mi mente divague, imaginando cómo sería sentir su suave piel bajo mis manos, cómo sería saborear sus labios. La idea de verla desnuda, completamente desnuda, debajo de mí en mi cama, complaciéndome, se apodera de mis pensamientos. La lucha entre la atracción y la repulsión me sumerge en una espiral de deseo y frustración. Maldita sea, esta maldita mocosa ha desencadenado un torbellino de emociones que apenas puedo contener.
Es solo una niña, una maldita niña, mucho más joven que yo. Mi padre la ve como si fuera su hija, y no debería tener estos deseos hacia ella. Es imposible, pero no puedo negar que algo oscuro está ocurriendo en mi mente. Entiendo que algo malo me está pasando. Tal vez necesite tenerla solo una vez, una sola vez, y así podré olvidarla para siempre.