Tamara decidió tomar café con su mamá, las dos juntas, el segundo café del día, pero con pancito dulce del bueno, del rico. Su mamá rió cuando ella descubrió el pan tan enamorada.
—¿Dónde dormiste?
—Igor movió sus negocios aquí para estar cerca y verme, y yo fui a verle; me quedé dormida.
—¿Cómo estás llevando una nueva relación? ¿Qué tal te sientes?
—Bien. Él es muy maduro, responsable, romántico, respetuoso.
—¿Se le para? Porque algo malo tiene que tener —Tamara se ríe.
—He sentido cosas —responde con sinceridad, y su mamá se ríe—. Siento muchas cosas, me siento feliz, cuidada, amada, pero me da vergüenza decirle lo que me pasó, me da corte.
—Mi amor, no puedes negar lo que eres ni lo que has vivido —responde su madre—. Pero si no puede aguantar, no es el indicado.
—Qué sabia eres, guapa y sabia.
—Mírate, zalamera, como tu padre —responde y le da un beso en la mejilla.
—¿Cómo está llevando el retiro?
—Terrible, a veces siento que me odia —responde con honestidad, y su hija niega con la cabeza—. No quiero que me resienta, pero no quiero repetir patrones. Mi papá murió trabajando, nena, y su mamá igual. Es mi peor pesadilla.
—La cosa es que a él le gusta trabajar.
—A mí no —responde su madre con total honestidad, y las dos ríen.
Alma reconoce que siempre había trabajado para mantenerse económicamente y para asegurarse de tener algo antes de que fuese muy tarde. Era buena para los negocios, así que abrió un par de tiendas con el dinero del modelaje y, cuando se convirtió en azafata, aún más. Pagaba sus cuentas fijas, inyectaba a sus negocios y guardaba lo que le era posible porque se sentía obligada a vivir de su imagen.
—Siempre pensé que tenía que hacer las cosas antes de dejar de ser bonita, y puse la prima para el apartamento y conocí a tu papá.
—Buenos días, al amor de mi vida y al amor que hicimos juntos —Franco las abrazó a ambas, llenó de besos a su mujer y luego a su hija. Las dos le abrazaron de vuelta y el hombre se quedó ahí entre sus brazos, disfrutando simplemente de estar con ellas—. ¿Por qué no visitas más?
—Mucho sol y traje de baño, papá —se queja, y el hombre se ríe.
—Grillo y Verónica están haciendo el desayuno —anuncia—. Voy a apagar el sol, hija, y nos voy a meter a todos en bolsas plásticas para que vengas más. —Su mujer se ríe y su hija se escapa para dejarles solos. Los ve desde adentro besándose y riendo, cómplices, amigos, enamorados.
—Ven a probar esto, Tamy —le llama Verónica, y ella se acerca a los chefs. Una función de desayuno vegetariano: muchos vegetales horneados, hongos, queso y un solo huevo. Ella vio a Grillo, quien estaba abriendo huevos para meterlos a cocer en una salsa espectacular.
—Qué rico cocinan —responde la joven.
Verónica ve a su mamá con Lucía, abrazadas mientras su papá las rodea a ambas. Los tres ríen, y su madre le hace una seña para que se deje de cosas. Grillo las observa y le pregunta a Tamara si siempre se despiertan para abrazarse. La joven confirma y le da un abrazo a Grillo; él acaricia el pelo y la espalda.
—Eres mi mejor amiga, la mejor que he tenido nunca.
—Te quiero muchísimo. ¿Ves cómo sí funciona? Aumentas los niveles de oxitocina.
—Qué bien.
—Sí —responde Tamara, y él busca las palabras correctas para preguntar cuándo terminarían.
—Entre más largo, mejor.
—Bueno, ya —respondió.
Tamara insistió en prolongar el abrazo porque sentía la incomodidad de Grillo, y él decidió hacerle cosquillas para que le soltara. Los dos acabaron riendo y Alma negó con la cabeza. “Igor, ni que Igor”, se pensó; pero, como toda madre sabia, no dijo nada.
Después del desayuno, el patriarca se reunió con sus hijas.
Tamara escuchó cómo regañaban a su hermana y se dio cuenta de que sí era cierto que había una diferencia grande entre ser el mayor y el menor. Y que, aunque le había dado las llaves de su precioso negocio, su papá creía que iba a fracasar. Lucía sentiría muchísimo más el dolor del fracaso; era como si su padre estuviese tatuándoselo en la frente. Y Verónica no se había salvado, pero a ella le afectaba mucho menos: primero, porque no le importa; y segundo, a diferencia de sus hermanas, ella tenía otros proyectos laborales y de vida. Eso no quitaba el calor y la taquicardia que sentía. Su papá estaba gritándole cuando se puso en pie para ir cerca de la ventana.
—Me siento fatal —comenta.
—Así tienes que sentirte. No estoy regañando solo a Lucía, te estoy regañando por cubrir y permitir este desastre. No tienen ni una sola campaña nueva en seis meses, están locas. Por lo menos han retenido a los nuevos clientes.
—Papi, yo no me siento bien.
—Nunca te sientes bien cuando te estoy gritando —le dice, y ella niega con la cabeza. Tamara pone el pie para que no se golpee la frente, y Lucía grita y su padre maldice antes de ir a intentar auxiliar a Verónica. Su mamá y Grillo vienen corriendo. Estaban preparando unos rollos de canela y rollos de limón y naranja cuando escucharon el jaleo. Todos estaban alrededor de Verónica cuando esta despertó como si nada.
—Uff, quiero vomitar; uno no puede ayudar con estos calores.
—¿Por qué estás ayudando? —le pregunta su hermana, asustada.
—Me hincho con el sol.
—Verónica, ve a tu habitación —le dice su padre—, y más tarde sigo regañándote.
—Los tiempos cambian, papá. La gente quiere cosas nuevas que no podemos ofrecer si tú quieres seguir manteniendo contacto con empresas antiquísimas —responde Verónica—. Y si ella quiere seguir haciéndote el...
—Bueno, el negocio es de ellas. Debería hacerse lo que ellas quieran —interviene Alma mientras acaricia el pelo de Verónica—. Ve a acostarte y déjate de estupideces. Caldo con grasa para desayunar... —responde su madre—. Voy a subirte unos huevos con chips y cacerola de queso.
Tamara, a pesar de la furia de su padre, había recibido a Bello, a Cash Burwish, a sus dos hijos, Isabela y Sebastián (la esposa del presidente de la nación y su mejor amigo), a Alonso Caine e Igor. Él se encogió de hombros y sonrió antes de saludarla con un beso en la mejilla. Solo para dejar claras las cosas: no hay evento grande en MainVillage en el que no participen el señor Burwish y su socio, el señor Pieh. Uno pone el entretenimiento y el otro coloca desde el tornillo más pequeño hasta la producción completa. Son empresarios muy reconocidos y bien posicionados, al igual que Igor, quien no es solo un amante cariñoso y galante, sino también un empresario efectivo.
—Hola, ¿quién te invitó? —Él se rió, y ella le miró incrédula.
—Muevo muchos talentos entre Europa, EE. UU. y América Latina. Si van a hacer una residencia musical y quieren que funcione, regularmente me lo comentan. Burwish está muy insistente; vine por hacerle un favor a él, pero, si no me quieres involucrado, voy a saber entender —responde, y Tamara asiente mientras pestañea. Grillo está sentado en la cabecera opuesta. Ella se presenta con todos, expone su proyecto con total seguridad y se queda incrédula con cada una de las preguntas que ponen su papá y su tío sobre la mesa, pero no se da por vencida: les responde con seguridad y tranquilidad. Sus hermanas incluso muestran su apoyo y Grillo es el primero en aplaudir.
—Voy a invertir en esto —asegura, y todos en la mesa se ríen.
—Uff, gracias, Grillo.
—Con seguro —responde y asiente.
—Hay un terreno que poseemos; es una isla privada en la que pienso que esto puede funcionar —responde Isabela Burwish Caine—. Claro, si me hacen socia. —Las hermanas comparten una mirada—. Sé una cosa o dos sobre manejar talentos y eventos masivos, y creo en el potencial. He visto lo bien que se lo monta su padre cuando quiere dinero. Soy pro mujeres en cabeceras del negocio y voy a participar.
—¿Tu marido sabe de esto?
—Mi marido sabe que no puede meterse en nada en lo que yo vaya a ganar millones si no piensa poner esa suma en mi bolsillo —responde, y Alonso levanta la mano.
—A mí me encanta. Es un proyecto ambicioso y, como proveedor de materiales, tengo la capacidad. Conozco equipos eficientes que nos pueden llevar a tener el proyecto a mitad del próximo año.
—Yo pienso participar económicamente. Sin embargo, Grillo tendrá el opening, la primera residencia, y yo tendré derecho por seis meses al año para producciones. Los ingresos adicionales de hotelería y demás se los reparten entre ustedes por el período que yo lo utilizo. Y durante el tiempo de residencia planeo…
—A mí me parece: seis meses de actividad garantizados.
—¿Dónde participo yo?
—Todo lo demás alguien tiene que gestionarlo, y tú eres el que tiene más tiempo.
—Estoy jubilado.
—Se te nota que odias la jubilación —su hermano asiente—. Gracias a Dios Alma envejece como si fuese Benjamin Button, pero tú no. —Todos ríen.
—Hagamos un trato: yo tomo responsabilidades en la empresa y tú tomas esto como tu responsabilidad.
Él niega con la cabeza y ve a Verónica.
—Verónica asume el control de la empresa, ya que ella cree que puede hacerlo mejor. Tú diriges este proyecto y la carrera de Grillo, y Lucy toma un paso atrás —propone Franco.
—¿Perdón?
Verónica está tan confundida como su hermana, pero, como la negociadora es Tamara, le deja decidir a ella. Lucía está molesta y mucho más herida que cuando le echan reclamos y culpas y le desean una dosis de “ubicatex”; sin embargo, no responde de inmediato, solo piensa. Los nuevos socios de la familia esperan por una decisión, muy curiosos y entretenidos, porque la mayoría son padres o hermanos y conocen esa dinámica de poder, y saben que rápidamente Franco puede dirigirlos a la fragmentación de sus hermanas. Bello ve a su hermano incrédulo, porque era su mayor bully, pero jamás lo había sido con sus hijas.
—Es más: estás despedida —presiona Franco—. Entonces, Tamara, el tiempo corre: ¿cuál es tu decisión? Esto solo son negocios.
—¡Papá! —dice incrédula Lucía.
Las miradas viajan por toda la mesa y todos ven a Franco incrédulos. Tamara niega con la cabeza.
—Tranquilo. No abandones tu jubilación porque no te necesitamos; queremos contar con tu experiencia y contigo, pero no nos haces falta. De mi parte, estás despedido y, de hoy en adelante, tú trabajas bajo nuestras órdenes. Lucía, el negocio es nuestro y nada de lo que papá diga es una ley escrita en piedra —responde Tamara hacia su hermana—. ¿Lo tomas?
—Hecho.
—No te necesitamos más; puedes ir a estar jubilado en la playa de nuevo —responde Tamara seria. Igor sonríe: no esperaba esa reacción, pero le encanta que Tamara pueda sorprender en cada ámbito de su vida. Grillo observa a todos los miembros de la familia porque no calza la imagen de familia perfecta con esa familia voraz en la que se han convertido en tan solo segundos, pero le gusta; todo se lo están diciendo y haciendo de frente.
—No tienes el poder para despedirme de mi empresa —les recuerda Franco a sus hijas.
—Claro que sí. Nosotros cuatro tenemos un 65 % de acciones —le recuerda Bello—, pero siempre puedes trabajar para mí, hermanito —le guiña un ojo, y Cash se ríe.
—Tranquilo, los hijos son como los hermanos —dice Cash—: siempre vuelven corriendo hacia el más sabio.
—¿En resumen, yo sí voy a tener mi residencia? —confirma Grillo, y todos asienten.
Les había prometido capítulos en la novela de Consuelo, sobre sus hijos, y ya en estos días tengo más tiempo, entonces se los voy a estar subiendo. No se me ha olvidado.
Segundo: pensé que contar la historia de los papás de Grillo en un solo capítulo me iba a quedar corto, así que voy a subirlo en una novela aparte. Espero que sean entre 15 y 30 capítulos máximo, pero no sé… no sé… Mañana ya debería ser visible. Las espero por ahí para hacernos un maratoncito.
Nos leemos aquí y allá.
¡Saluditos!