Igor y Tamara se escapan fuera de la pista de baile, con una sonrisa. Su novio la toma de la mano y la lleva al bar, le da un beso en el cuello y le susurra:
—¿Lista para fingir un dolor de cabeza? ¿Un dolor de estómago, tal vez?
Me río y ruego porque no pida que mienta con una diarrea… o un desmayo.
Igor le da un beso en los labios y se ríe.
—Uff… mi hermano.
—Hola, he escuchado mucho de ti, Tamara. Soy Oleg, su hermano mayor.
—Un placer —responde ella y estrecha su mano.
Igor se tensa. Su suegra les saluda a los dos con un beso en la mejilla, su hermano Ivar se presenta como “el tipo del aeropuerto” y ella se ríe. Las hermanas de Tamara deciden abochornarlos un poco más y van a conocerlos.
Chiqui parece encantada.
—No sabía que venían.
—Ni yo.
—Tenemos un negocio —le recuerda Lucía a Tamara—. Grillo necesitaba un plus one, y eligió a Verónica porque no está casada y cree que mi marido podría despedazarlo.
—Muy sabio —bromea Tamara.
—Y la tía no quería venir con Bella, así que he tomado mi noche libre para acompañarle.
—Qué buenas que son… —ironiza Tamara.
Los hermanos se ríen y se presentan.
La mamá de Igor está feliz de conocer al círculo de Tamara, y sus hermanas están felices de no ver a Jelena alrededor. Oleg conversa con su cuñada sobre el negocio que está manejando y los rumores sobre la residencia de Grillo; ella asiente educadamente, pero no le adelanta mucho. Igor la toma de la cintura y escuchan que es momento de cenar.
Para lo que su familia puede llegar a ser, algunas veces todo parecía tranquilo: sus hermanos habían sido educados, muy respetuosos, y su mamá… mareadora, pero divertida. La mano de Tamara estaba sobre su muslo mientras conversaba con su madre. Sus hermanos comienzan a hablar en ruso, e Ivar niega con la cabeza y advierte a Oleg que su cuñada entiende. Las dos mujeres se ven con sorpresa, y Chiqui le pregunta, en el idioma de su esposo, cómo ha aprendido.
Su papá había sido mánager de un equipo de fútbol ruso. Se habían ido a vivir dos años allá y Tamara tenía facilidad para los idiomas. Luego, cuando regresaron, insistió en ir a clases para, cuando volviera de vacaciones, hablar tranquilamente con sus amigas.
—¿Cómo fue su experiencia tus papás? —pregunta Oleg.
—Para mí, muy fácil porque tenía cuatro años. En cambio, mis hermanas sufrieron mucho y mi mamá no estuvo cómoda ni feliz todo el tiempo. Pero las tres hablábamos muy bien inglés, gracias a ella. Mi papá chapuceaba el inglés, pero era una oportunidad única y aprendió ruso en tiempo récord.
—¿Vivieron en algún otro lugar?
—j***n, seis meses. No aprendimos demasiado. Vivimos en México dos años y, finalmente, aquí. Luego me fui a Nueva York a estudiar.
—Qué bien.
—Por eso eres tan unida con tus hermanas.
—Sí, son la constante en la vida.
—Nosotros vivimos en varios lugares también —reconoce Oleg—: en Venezuela, con mi abuela, mientras trabajaban mis papás y se acomodaban; luego en México con mamá, y por último en Rusia, ya cuando ella se retiró.
—Yo pensaba que mis papás no estaban juntos mientras crecíamos… —reconoce Igor.
Sus hermanos y su madre se ríen.
—¿Por qué?
—No sé… mi papá venía y luego se iba. Yo pensaba que nos visitaba a nosotros y la dejaba a ella.
—Tu papá y yo siempre hemos sido muy apasionados. No en frente de ustedes, por supuesto, no sé de dónde vienen tus ideas.
—Mamá, honestamente, para mí ustedes se caían mal… hasta hace unos días.
—¡Yo adoro a su padre! —dice incrédula.
Tamara se ríe.
—Estos cabrones… obvio que lo quiero.
—Iba a decir “no parece” —insiste Ivar.
Igor se ríe.
—Yo tenía 18 años —continúa la madre—, guapísima, participante del Miss Venezuela. Me sacaron para ir a protagonizar mi novela, yo feliz de la vida, los ratings fabulosos. Me llaman a conocer a uno de los socios del canal y yo veo al rusinki… o sea, una cosa gloriosa: cabello, ojos, cuerpo, mega alto. Y yo decidí que lo quería. Pero él, medio agriecito… no. Ya yo no quería nada, y esa tarde recibo unas flores y una invitación a comer. Yo fui… y desde esa noche mi corazón late por él. Obviamente, solo en los cuentos de hadas uno vive el felices para siempre; en la vida normal uno tiene que trabajar, ampliar negocios, tener hijos. Yo actué con todos mis embarazos, fajada, a dieta, en tacones hasta los nueve meses. Los paría y volvía a trabajar sin esas licencias de maternidad.
—Y a los quince días ya estabas embarazada de nuevo… —la molesta Ivar.
Sus hermanos le regañan.
Tamara resalta lo admirable que es trabajar y ser madre.
Grillo había querido acercarse a Tamara para impedir que se la robaran. Ella estaba feliz, divina, sonriendo con la familia de su novio, muy relajada… pero él no aguantaba más. Se robó una silla y se sentó en medio de Tamara y su suegra.
Grillo halagó a la mujer: la llamó espectacular, elegante, guapísima. Ella sonrió encantada.
—Disculpe, señora, es que tengo que hablar con Tamara y hoy ha estado cotizada, ¿sabe? Es sensacional, va a ser una nuera perfecta y cuando tengan bebecitos… ahhh, ¿se imagina? ¡Qué guapos! —comenta, y asalta el postre de su amiga.
Ella lo mira incrédula por la suma de su atrevimiento.
—Quería decirte que te valoro como mi mánager, te quiero como mi amiga, y estoy dispuesto a subirte el salario. Pero no renuncies, no te vayas con ellos. —Señala con la cabeza a un grupo en el bar y Tamara se ríe.—Probablemente esa gente no tiene sexo en baños con cantantes sexosas, pero eso nos ha unido… y nos ha hecho fuertes. Entonces, no me dejes. Pienso pagar por exclusividad y un adicional por tiempo de crisis.
—Grillo, acabas de cantar como los dioses —le recuerda Tamara.
—Tuve un momento… ¿okay?, Brianne volvió con su ex. Me dio pena decírtelo.
—¿Cuándo?
—Una alumna subió la foto de ella con el profe de artes abrazados. O sea, subió un selfie y ellos salen atrás, en el estante, casi besándose. La llamé y dijo que era verdad. Iba a ir donde ella, de sorpresa… y al menos me ahorré el viaje. Y Sima es guapísima.
Tamara le da un golpe en el hombro y le señala a la gente en la mesa con la que estaba hablando ahora están traumáticamente escuchando lo que ella.
—Okay… vamos a renegociar mi salario —responde Tamara, y le acomoda la corbata, le peina un poco el cabello mientras pregunta con tono dulce y calmado—: Grillo, ¿estás bien?
—Sí... ahora sigue brillando y me voy a casa. Hablamos mañana o cuando puedas —dice, señala a Igor.
Ella sonríe y se pone en pie para darle un abrazo. Le pregunta de nuevo si está bien y él asiente, no sin antes comentar que ha dejado a la gallina de los huevos de oro por el lobo feroz de Caperucita sexy...
Le besa los nudillos a Chiqui, le recuerda que es impresionante, muy guapa, y ella sonríe. Él agradece, luego se despide de los hermanos de Igor y, por último, de él:
—Cuídala —le dice, mirándolo serio. Y finalmente se va.
Igor, Tamara y su familia conversan un rato más antes de retomar sus propios caminos y desenvolverse en diferentes grupos. Igor se asegura de presentar a su novia con los contactos correctos, y ella lo hace perfecto: conversa, los conoce un poco, aprende de lo que dicen y va moviéndose, adueñándose de ellos a su manera. Él la observa con orgullo, con amor y con pasión.
Su madre los ve a lo lejos: tomados de la mano o compartiendo algún secreto mientras avanzan entre la gente. Mientras se escabullen del evento, Igor le recuerda que siempre tiene opciones.
—Yo estoy trabajando con Grillo.
—Sí, pero puedes estar mejor.
—Lo disfruto, he aprendido y crecido muchísimo, Igor.
—No hablemos de Grillo —dice Tamara.
Igor se inclina un poco para que su mirada quede más cerca de la de Tamara y, con tranquilidad y seriedad, le advierte:
—No quiero que te prives de crecer porque lo quieras.
Ella trata de eliminar la tensión. Aunque entiende y aprecia el mensaje, le acaricia los brazos y los lleva a sus hombros. Le da un beso en los labios, corto, y responde:
—Te quiero a ti, y no quiero enojarme… porque me depilé con cera y traigo unas bragas pequeñas.
—¿Sí?
—¿De qué color?
—Rojas.
—¿De qué material?
—Encaje.
Él asiente y ella sonríe antes de que le bese el cuello. El auto se detiene frente a ellos. Igor abre la puerta para su novia y luego ingresa, ladrando indicaciones al conductor.
—¿Qué tal si no vamos tan lejos… sino a tu apartamento? —pregunta Tamara.
—Acepto.
—Mierda… Jelena. Jelena y mi madre se están quedando ahí.
—El hotel —responde tranquilamente.
—El hotel.