Conversaciones pendientes

1862 Words
Grillo se reunió con Brianne temprano en la mañana, porque él tenía que atender su carrera y tampoco le parecía justo decirle que tenía que esperar un montón de tiempo. Al final, quien debía disculparse era él. Brianne se sorprendió al verle llegar con el desayuno, lo cual Grillo aclaró que no era un chantaje, sino una forma de facilitarle la vida. La joven ya estaba vestida y arreglada para ir a dar clase. Invitó a Grillo a un café y los dos se quedaron en silencio unos minutos antes de que ella recordara que tenía que trabajar y que eso era más importante que “jugar serio” con Grillo. —No esperaba que fuera tan pronto. —Tienes un lugar en mi vida. No te invité a una cita, y no vine aquí a decorar la casa para una velada romántica solo porque follamos bien juntos. Me gustas, te quiero, me importas. Pero lo de Yuri fue una situación extraordinaria, y si los dos queremos algo de verdad, algo que funcione, es fundamental que esté fuera por completo de mi relación con ella. —¿Y lo vas a hacer después de que sobrevivió a un atentado? —Ella quiere dejarlo, me lo ha dicho claro en cuanto llegó. —¿Y eso dónde nos pone a nosotros? Yo no quiero follar nada más, pero en este momento no se puede decir que tenga una relación contigo, y tampoco voy a permitirte desecharme cada vez que tengas la posibilidad. —Dame una semana. Déjame resolver mi desastre y luego iremos a una cita en la que saldremos con nuestra ropa puesta, tal vez un beso en la puerta, y estableceremos nuestras propias reglas y una relación seria. Yo no quiero ir follando por ahí, y de verdad me gustas, me gustaría una relación. Si eso quieres y puedes esperar, si quieres algo conmigo, tiene que ser así. —Tenías muy pensado tu discurso… Y la verdad, quiero algo contigo, porque se siente bien, y yo no sé si quiera tanta seriedad o formalismo. Tú me gustas, te quiero, yo… quiero intentarlo. Pero creo que esa semana nos va a hacer bien a los dos —Grillo asiente, le da un beso en la mejilla y se pone en pie. Brianne y Grillo se despiden como una pareja de viejos amigos reencntrados de casualidad, hay cierta tensión y cierto frío que Grillo no quiere tener que gestionar. Por lo que se dirige a su terapia. Emma y él habían tenido una conversación la tarde anterior sobre poner límites, tener claros sus objetivos y cumplir con ellos. Ahora, en su segunda sesión, ella tenía que abordar un tema que Grillo detestaba. Sus padres. Porque la mujer estaba segura de que esa necesidad de familia, esas carencias de amor, se originaban de la decepción amorosa más grande que había tenido Grillo: con Jelena y Gilberto Grimaldi. Además, había estado construyendo una visión de quiénes eran esos dos: la hija de un juez respetado y su esposo, ambos policías, que de la nada dejan a su hijo en un orfanato para escaparse juntos por la vida. —¿Qué opinas tú de eso? Si te lo cuento así, ¿qué opinas de eso, qué piensas al respecto? —No recuerdo nada, no sé nada. Yo… no recuerdo a mis papás yendo a trabajar o viniendo. Recuerdo a mi niñera, tal vez, recuerdo que teníamos un perro. Recuerdo… cosas muy borrosas al respecto —responde y se encoge de hombros. —Grillo, ¿cómo era la relación de tus papás? —Mis papás estaban muy enamorados. Se amaban, se miraban todo el tiempo, secreteaban, se acariciaban. Eran gente muy cercana, muy de contacto físico. Yo siempre sentí como que les sobraba —responde, y Emma siente unos escalofríos ligeros, porque ella tampoco tiene la respuesta. —¿Tu abuelo te ha dicho algo? —Los dos fingimos que están muertos —responde, y Emma oprime sus labios en una línea. —¿Qué tal si los sacamos de su muerte? Los confrontas y tratamos de salir de la imagen del niño rechazado y dolido. —No creo que haga falta. Mis papás eligieron renunciar a mí y dejarme en el peor lugar que encontraron. Si me hubiesen querido, me hubiesen dejado con mi abuelo, le hubiesen dejado la custodia al hombre. ¿Sabes cuántos favores tuvo que cobrar mi abuelo para tenerme? ¿Sabes las reuniones, las preguntas de si un hombre viudo podía criar a un niño pequeño, que su hija había abandonado para irse con su esposo? —responde Grillo, dolido—. Los papás abandonan, las mamás no. —Sanja el tema, y Emma se da cuenta de cuán doloroso está siendo para él. Entonces redirecciona el curso de la terapia a la relación con su abuelo, que tampoco era buena. Era una figura paterna muy dura, disciplinada, exigente, porque esperaba hacer de Grillo la persona que no consiguió criar con su madre. Lo apoyaba, lo quería, lo cuidaba, pero no se lo puso del todo fácil y, como consecuencia, había un hombre dolido, sin rumbo, sin entender sus emociones. —Tengo que irme —respondió a mitad de la sesión. Grillo no esperaba que Emma se lo impidiera, solo se fue. Sentía unas ganas enormes de desaparecer, y eso hizo. Siguiendo un impulso, condujo seis horas, con dos paradas: una por gasolina, otra por ropa y comida. Finalmente llamó a Alma, su nueva amiga de i********: y mamá de su otra amiga reciente. Los dos se quedaron sorprendidos al conocerse. La mamá de Tamara era espectacularmente guapa, alta, rubia, de ojos claros, súper fit y con una actitud llena de felicidad. Su esposo era más serio, la viva imagen de bello: castaño, ojos grandes, incluso una barba muy cuidada, y se notaba cuidado por su esposa. Sonrió cuando ella fue corriendo a abrazar a Grillo como si se conocieran de toda la vida, y en él encontró la dulzura de Tamara. —Buenas, bienvenido, cariño, me alegra que hayas tomado mi invitación en serio. —Vine directo para acá, somos amigos de mensajes y pensé: ¿por qué no ir a saludar? pero tengo una reservación en un hotel a veinte minutos. —No seas ridículo —responde la mujer. —Ven, vamos a prepararte algo rico —dice Alma—. Francky, mi amor, te presento a Mauricio, mi amigo. —Un placer, Grillo. —Mauricio, para la familia —responde, y el hombre estrecha su mano. Los tres caminan hacia el interior de la casa y Grillo no puede evitar ver fotos de Verónica, Lucía y Tamara, siendo perfectas, todas sin algún defecto. Se ríe y le encanta el brillo de los ojos de Tamara: es la más emocionada de las tres. —Tamara es el ejemplo de que echas a perder a las dos primeras para disfrutar de un tercero —comenta su madre—. Siempre sale súper feliz —dice y toca la nariz de su hija en la foto. Le recuerdan a Grillo ponerse cómodo y disfrutar como en su casa. Lo tratan como a un rey, como al hijo varón que sus padres nunca habían tenido. A Tamara, en cambio, la tratan como a la hermana menor desubicada. —Papá no va a aceptar —recalca Lucía. —Convencemos a mamá —responde Verónica, y su hermana mayor rueda los ojos y da un golpe en la mesa. —Si papá no quiere hacerlo, hablaré con alguien que sí quiera. Esto es dinero, no es solo un capricho. Esto es trabajo. Los Burwish podrían, o Igor podría estar interesado. —Ah, no quieres meterte en la cama y en los negocios con Igor. —Lucía, déjanos ser felices —se queja Tamara. —No empiecen. Si papá dice que no, pues buscamos un cliente. Este negocio se cierra porque se cierra. Necesitamos el dinero para impulsar un poco la agencia publicitaria. No era la primera vez que Tamara escuchaba sobre los problemas económicos de la empresa familiar, y si bien lo había dejado pasar con anterioridad porque no estaba dispuesta a tomar un asiento en la junta, no podía ir a ciegas creyendo que todo estaba bien cuando no lo estaba. Cerró la puerta y les preguntó, como socia de la empresa, qué estaba pasando a nivel económico. A Lucía, a quien le correspondía saber, le cayó como agua helada la pregunta, pero de todas formas respondió con sinceridad. —No somos la opción número uno. No tenemos tantos comerciales, tantos contratos, tantas estrellas como otras compañías. Por no hablar de la gente nueva con sus proyectos orientados a conquistar. Somos una agencia publicitaria tradicional, vieja, con pocas estrellas llamativas, así que no nos eligen de número uno y… estamos estancados y sufriendo económicamente. Hemos tenido recortes. Es difícil reinventarse cuando no te están comprando. —Bueno, creo que es importante conversar esto a fondo. Enfoquémonos en la residencia y, cuando regresemos, en salvar el negocio —propone. —Tamara, no es como que no estemos intentando. —No, pero te da miedo dar el brazo a torcer. No estás cazando talentos tampoco, ni estás peleando por los contratos. Juegas a lo pasivo, a que te lo mereces porque somos los primeros en estar aquí. Tenemos cierto privilegio. —Y las cosas cambian. Y los nombres nuevos también toman significado. Los nuevos se van con Mondragón porque ha convertido la carrera de su esposa en un éxito total. Todos los comediantes y actores quieren a él, y su agencia es sumamente creativa y arriesgada. Tenemos que encontrar una forma de competir —les recuerda. —Si tan solo una de nosotras hubiese dicho eso, y la otra respondido que no —comenta Verónica y se señala. —Qué mal por esa otra —dice Tamara. —Ahora, me voy porque tengo una cita romántica —su hermana mayor niega con la cabeza hacia ambas y toma su bolsa para ir a casa. Tiene cosas que empacar, les recuerda que salen todas al mismo tiempo a casa de sus padres. Las dos asienten y se despiden unas de las otras. Tamara baja y se encuentra en el primer piso a Igor, sentado escribiendo en su computador. La joven sonríe, y él se pone en pie, cierra la laptop y le da un beso en los labios. —¿De verdad tienes que irte? —Los negocios llaman, muñeca. Pero voy a aprovechar todo este tiempo que tengo contigo. —Uh, me encanta —responde mientras da brinquitos a su alrededor. Igor se ríe y la toma de la mano para ir a su próximo destino. Tamara aprovecha el viaje en el auto para comunicarse con Grillo. Tamara ¿Estás bien? No me has escrito. Grillo Lo estoy pasando bomba. Me adelanté y he tenido una tarde espectacular. Los atardeceres aquí son de oro. Tamara ¿Estás bien? Grillo Estoy tranquilo. Hablé con Yuri, está muy tranquila, y su madre y su psiquiatra están encantados con el progreso. Tamara Qué bien por ella. Y espero poder decir eso de ti. Un abrazo. Grillo Nos vemos mañana.
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