Franco era un tipo acostumbrado a lidiar con hombres. Su mamá era enfermera y la mayor parte de su vida había trabajado turnos interminables para darles mejores oportunidades a sus hijos. Su papá era un soñador, y los sueños se construyen con mano de obra gratis: sus dos hijos habían aprendido todo y más de él. Bello y Franck estudiaban en la escuela, porque en la tarde y en la noche tenían que ayudar a su papá. Él hablaba hombres, pero era papá de solo mujeres y el esposo de la mujer más dulce, mimosa e inteligente que había conocido.
—¿Qué necesitan las reinas de papá? —preguntó, y todas vieron a su padre, luego a sus parejas, a su mamá y por último a Franck.
—Papi, vinimos a verlos.
—Tamara no viene aquí ni aunque le paguen. Bueno, ahora que lo mencionas, yo vine a hacer negocios contigo.
—Sí, nena —comenta su mamá emocionada. Las otras dos la ven con cara de pánico—. Mi novio, Igor, es un productor y esta mañana ha leído el proyecto. Quiere comprarlo, y le he dicho que tú tienes la primera oferta, pero si no estás interesado por estar jubilado, se lo doy.
—Ay, hija, qué gustos tienes —comenta su padre y frunce el ceño—. Déjame ver si quiero invertir, pero definitivamente no sé si quiera participar del negocio.
—Vale, te paso un correo y lo revisas.
Tamara envía el correo y el teléfono suena al otro lado de la casa. Su padre asiente, se sirve más café, presta atención a su esposa y le da un beso en los labios antes de felicitarla por el desayuno. Ella lo llena de besos y le da las gracias por la familia, la compañía, el amor. Su hija menor se aclara la voz y señala el teléfono.
—¿Papi?
—Luego del fin de semana puedo atender negocios, que mis hijas han venido a visitar.
—¡Por el amor a Dios! —comenta Lucía—. ¿Qué les dijiste?
—Ahh, sonaban muy emocionados, y Tamara nunca viene, y tú vienes y te vas rápido, entonces les dije que solo veníamos a visitar —responde la joven—. Pero yo el lunes me quedo y negocio con ellos.
—¿Qué vas a negociar, tu renuncia, la extradición, te mudas con ellos de nuevo? Verónica, solo tenías una tarea.
—Viene el tío Bello con la familia también y un par de amigos con sus familias... lo siento —responde, y Lucía se enoja. Se emputa, le salen subtítulos por la cabeza y fuego por los ojos. Tamara se queda esperando la locura de su hermana y le da un codazo a Grillo para que las vea pelearse. Su madre les tira un poco de agua bendita a las dos y les recuerda que son adultas, no niñas.
—Los dos sabemos que vienen por negocios, no estamos locos. Ustedes no llaman las tres en una semana y luego Bello... Ahora su papá está jubilado, en casa, conmigo, para compensar los años que pasé sola con ustedes siendo monstruosas y hormonales. Dios me ha bendecido, y para limitar mi bendición más les vale que sea mucho dinero, que el negocio esté bien y que el plan sea bueno. Como socia quiero ver todos los documentos. Vinieron a trabajar, excelente, nos reunimos mañana a las 8:00 a.m. Lucía, queremos un briefing del negocio. Tamara y Verónica, la propuesta nueva, costos y demás. ¿Estamos claras?
—No vine a discutir la agencia, mamá.
—Sí, porque me tienen nerviosa los últimos reportes. Uno, y dos: no se puede construir sobre malas bases.
—¿Mamá, tú no eras modelo? —pregunta Verónica.
—Soy la jefa de este hogar. Todo lo que es de tu papá es mío, y viceversa —responde, y les da una sonrisita antes de proponerles dar una caminata a sus yernos y a Grillo, porque ellos están de vacaciones y en cero problemas.
—Bueno, solo tú que no te quieres casar con mi hija después de más de diez años... tú tienes un problema.
—¿Por qué estás peleando conmigo? —pregunta Fabio, y los tres siguen a la mujer.
Tamara se queda comiendo uvas en la mesa mientras ve por la terraza. Su papá le da un beso en la frente y pregunta si quieren mariscos a la parrilla, sopita o frito. Todas responden algo diferente y el hombre las pone a recoger la mesa. Verónica procede a ayudar de inmediato, Lucía la sigue y Tamara continúa cómoda en su asiento, hasta que finalmente se pone en pie para secar y guardar la vajilla. Sus hermanas están planeando convencer a su papá y bajarle los humos de la ira, mientras ella está pensando en cómo manipular a su mamá.
Alma estaba caminando por un sendero con sus yernos. Patrick tenía experiencia en el campo, mientras su cuñado y el amigo de su cuñada parecían estar a punto de morir por mordeduras de zancudos. A Grillo le parecía refrescante porque iban por la sombra, pero odiaba que los mosquitos se estuviesen alimentando de él.
—¿Qué está pasando con las niñas? —pregunta Alma.
—Mucho trabajo —responde Patrick.
—Qué bueno. ¿Qué tal les está yendo con la princesita?
—Verónica ama tener a Tamara en la empresa, trabaja bien, es animosa, no se deja de Lucía. Su trabajo los está poniendo en el mapa de nuevo.
—Grillo, estás muy callado —comenta la mujer.
—No sé si pueda opinar o no.
—Claro, siempre puedes opinar.
—Tamara es muy inteligente, tengo suerte de tenerla liderando mi equipo y conteniendo mis cagadas.
—La mantienes ocupadísima, casi no llama.
—Eso es cosa de Tamara —responde a la defensiva, y su madre se ríe.
El cuarteto disfruta de la vista, y cuando regresan se encuentran la casa ordenada, a Franco cocinando y a las chicas reunidas trabajando. Su madre va a tomar una ducha y a vestirse, para luego ponerse a ayudar a su esposo. Pero sus yernos y Grillo estaban ya listos para trabajar. Alma se sentó en el sofá por primera vez en años a disfrutar de su familia.
Felices todos y tranquilos, Tamara se fue a acostar a su lado en cuanto tuvo oportunidad y le preguntó si podían tener una tregua parcial de los negocios, disfrutar juntos, darle la oportunidad a Lucy de prepararse, y mañana entrarían con lo fuerte.
—Claro, mi princesita —responde mientras le acaricia el pelo, le da un beso en la mejilla y la acuna en sus brazos. La mujer anima a su hija a enseñarle fotos de su novio. Tamara reconoce que no tiene fotos con él, pero le muestra la de su perfil de mensajería. Alma se pone los lentes para inspeccionar al joven y le gusta lo que ve: Igor es alto, fornido, guapo, con ojos azules impresionantes y una sonrisa dulce que le ilumina el rostro.
Alma lee el mensaje que entra al teléfono de su hija por parte de Igor:
No quiero ser esa persona que entra en pánico por todo, pero… ¿estás bien? No me has escrito.
—Guapo, atento, cariñoso.
—Y lo ha dejado con su novia después de 17 años.
—Ugh, ¿su novia o su esposa?
—No he tenido oportunidad de hablar con él de eso porque mi hermana se lo echó en cara como balde de agua fría.
—Creo que no has hablado con él de eso porque no quieres discutir tu pasado —comenta Verónica, mientras se come una pinta de helado casero que su madre ha preparado para ellas.
Las cuatro cuchichean sobre Igor y sobre si Tamara debería meterse o no en sus asuntos viejos. Con toda la sabiduría, su madre le recomienda dejar las cosas claras.
—Las relaciones son como una casa de balsas sobre el agua. Están expuestas al mismo sol, a la lluvia, pero su base requiere más mimo, cuidado, fortaleza. No tienes una relación de treinta años con una persona de quien ignoras cosas.
Alma notó que su hija bajaba la cabeza, mientras la otra seguía atiborrándose de helado. La mujer les pregunta cómo han estado y Verónica les cuenta de un retoquito con máquinas que se ha hecho recientemente, lo cual emociona a su madre y a su hermana de sobremanera. Tamara ve a Grillo y a su padre cocinando juntos y les toma una foto. Los dos parecen conectar a través de la comida, mientras los otros dos chicos están doblando según las indicaciones del chef.
—¿Estás bien, Lucía?
—Sí, solo… quita los zapatos, mamá.
—Qué pesada andas.
—No, es que todos fingen que es nuestro primer hijo, pero Patrick tiene un hijo ya, uno a quien no ve casi y de repente está esta presión por todos lados de que tengamos hijos… —ella se encoge de hombros. Su hermana observa la incomodidad, la amargura en el rostro de la mayor de las hermanas, le toma de la mano y dice lo que todos opinarían con facilidad:
—Es diferente. Tú eres la persona correcta y Patrick no tiene culpa de que Beatriz se haya ido con el niño a otro país y lo pueda ver poco por trabajo.
Incluso Tamara se sentía mal cuando lo decía. Su madre se rió y le dio un abrazo a Lucía.
—Mi amor, no puedes reemplazar a un hijo con otro. Si mañana tú no estuvieras, voy a seguir amando a Vero y a Tami, pero voy a sentir un vacío en el corazón. Y lo mismo fue cuando decidimos darte una hermana: no decidimos quitarte amor, sino añadírtelo. Tu esposo, que te ama, quiere un hijo contigo, quiere formar una familia contigo, la gente a la que vas a amar toda la vida y quienes vengan a visitarte a la fuerza en unos años. Y tú sabías de la existencia de ese otro hijo, así que ve a hablar con tu marido de tus inseguridades y haz un bebé, ah, adorable. Yo te prometo ir a ayudarte al principio.
—Y después, después tengo que ser abuela. Ya sabes, llegar con confites, helados, pasteles enormes, en su cumpleaños y en días no cumpleañeros —celebra la mujer y eleva la ceja hacia su hija de en medio, quien está viendo a su novio con una ceja elevada—. ¿Tienes algo que añadir? —pregunta su madre.
—No quiero que nadie le diga nada más de matrimonio a Fabio —pide Verónica—. No voy a quedarme con alguien que no quiere estar conmigo, ni voy a desgastarme en una relación en la que no se me valora.
—No sabía que estaban mal.
—No estamos mal, pero sus papás nos lo dijeron hace dos semanas, ahora ustedes, y yo no veo movimiento, ¿sabes? Es como si estuviese participando para ser su esposa.
—Una cosa es no querer algo ya, y otra no querer a la persona —comenta Lucía. Y las tres niegan con la cabeza antes de recordarle que una cosa es proyectar y otra es la realidad.
Franco llama a su esposa, le pide que ponga música y que bailen. Ella se ríe y va a buscar cómo encender ese aparato que se controla con la voz. Sus hijas la ven lamerse los labios y darle una mirada.
—Alexa, pon música bailable —le pide, y la máquina decide poner el noticiero. Todas ríen y van a ayudarle. Ella deja la máquina del mal y se va a bailotear con su marido.
Las tres los observan bailando de aquí para allá y riendo mientras se roban besos y se muestran sus pasos de baile.
—Creo que tenemos expectativas irreales —comenta Verónica y los señala con la cabeza.
—Sí, pero ya deja de comer —la regaña Lucía e intenta quitarle el bote de helado.
—Déjame en paz.
—Creo que no deberíamos aspirar a menos —responde Tamara.
Grillo está bailando solo y se gira. Las ve a las tres reuniditas y niega con la cabeza antes de ir por Verónica y Lucía, quienes se ríen y aceptan ponerse a bailar. Luego regresa por Tamara, y esta ríe antes de ir a seguirles.