Respuestas

2288 Words
Igor y Tamara habían tenido una conversación honesta porque, si bien en el papel y en su conciencia Igor era todo lo que ella quería, no estaba lista para una relación a distancia. Se rehusaba a pasar tres semanas sin saber si estaba vivo o muerto, o si en realidad no tenía otra familia o hacía las cosas que hacen los novios y maridos que viven tres semanas lejos de la mujer a la que están cortejando. Por otro lado, nadie nunca había tomado un lapicero y copiado un poema para poner al final: “Eso y más me haces sentir”. Tamara estaba un poco mareada con la situación porque avanzar por teléfono no es normal, entonces se lo dejó muy claro: ella no iba a seguirse ilusionando con un amor que no incluía todo lo que una relación requiere: compañía, compromiso de ambas partes, responsabilidad afectiva y, obviamente, el contacto físico, el día a día, ser parte activa de la vida del otro. Para Igor, que sentía que la cabeza le iba a explotar entre tanto drama —sus problemas renales, su mamá asustada, él y sus hermanos atendiendo los negocios familiares y los propios—, todo era abrumador. Pero hacía mucho tiempo se había cerrado a la posibilidad de encontrar amor en su vida, y sentía eso: sentía que cuando hablaba con Tamara, que cuando podía pensar en una vida con ella, simplemente se abrían un millón de posibilidades. La observó, al principio feliz y luego de nuevo refugiándose en sí misma. De todos modos pudo acercarse para besarla en la mejilla, pese a morir por sentir sus labios contra los suyos. Un poco más de contacto, un abrazo, un roce: cualquier cosa con ella se multiplicaba rápidamente. No recordaba haberse sentido así... con... —¿Qué haces aquí? —preguntó Tamara, intentando mantenerse tranquila—. ¿No tenías trabajo? No quería dar un salto al techo de la emoción, su corazón latía rapidísimo y no podía dejar de preguntarse qué significaba eso para su relación. ¿La estaba eligiendo? ¿La amaba? ¿Planeaba simplemente cortar con ella de frente? —Lo tengo, pero quiero estar contigo y no puedes ir a donde voy. Yo tengo un jet, así que he venido con la esperanza de que quieras pasar unos días conmigo, en mi casa, porque voy a trabajar en la oficina todo el día, y así sabemos si queremos que funcione o no. —Eres muy invasivo. —Tienes razón con lo que dijiste: “ninguno de los dos tiene cinco años, especialmente yo” —le imitó, y ella asintió. Tamara de verdad se planteaba no decir nada de esto en medio de un pasillo, pero no podía evitar ocultar su descontento. —Escuché que te gusta el sexo en grupo —comentó Tamara. Igor rodó los ojos y negó con la cabeza, preocupado porque sabía que tenía que conversarlo con ella, pero jamás imaginó que Grillo iría a decirle eso. Parte de ese tipo de eventos era mantener el anonimato. Igor le comentó que prefería discutir su vida s****l en privado. Ella abrió la puerta, y él ingresó, dejó las cosas en el comedor mientras pensaba cómo decirlo sin que pareciera un fornicador en serie. Ella estaba sentada, esperando y con mucha hambre. —He participado en ciertas actividades. Mi... ex —dijo y tragó duro, se veía angustiado—. Mi ex pareja y yo llevábamos mucho tiempo juntos y pensamos en abrirnos a probar y conocer nuevas formas de extender la llama, y la verdad es que mi yo hormonal de 25 pensó que era un pase libre para disfrutar de lo que quisiéramos hasta que quisiéramos más responsabilidades. Ella y yo disfrutamos muchísimo de esas libertades, del sexo en grupo, casi que del sexo sin mí, y por mucho tiempo estuve cegado por la idea de que lo estábamos pasando bien con otra gente: el morbo y las nuevas experiencias. Al final, regresas a la cama y usas el aprendizaje con la gente nueva. La realidad es que no es lo que quiero, no es lo que me gustaría. —¿Entonces no esperas eso de mí? Porque yo no creo poder tener sexo en grupo nunca en la vida, me parece denigrante y para drogadictos. Igor rió y negó con la cabeza. Ella suspiró, preocupada porque no estaba lista para contarle nada de su pasado, ni quería convertirse en una víctima, pero no iba a comprometerse a una relación que no era su tipo. —No espero eso de ti —le aseguró, y Tamara inspeccionó cada uno de sus movimientos corporales y cada palabra que usaba—. Es de las razones por las que mi anterior relación se fragmentó, lo dejamos. Ella quiere cogerse el mundo y yo quiero una pareja. Quiero a alguien en mi cama siempre, quiero tener hijos en serio, y quiero besos por la mañana y que de vez en cuando finjas un dolor de cabeza y volvernos locos juntos y solos el día de tu ovulación. Ella sonrió. Igor tomó aire porque le daba pena sentirse vulnerable y débil frente a cualquier persona, sobre todo frente a Tamara. —Quiero sentirme posesivo y obsesionado como para que mi hermano se siente a gritar mientras le dejo con la carga de nuestros negocios —él se acercó a donde estaba ella, y le dio un beso en el cuello, luego otro en su mejilla y finalmente uno en sus labios. La miró a los ojos y dijo—: Quiero venir a dejarte el desayuno y besarte, y espero que en menos de un mes estés lista para más que besarnos, pero si quieres solo besos estoy bien porque me sacudes el mundo cada vez que llamas, me miras o me besas. Estoy aquí, ganándome una oportunidad para ser parte de tu vida, y asegurando que vamos a hacerlo bien, que sea bueno y conveniente para los dos. Tamara lo sentía honesto. Podría haberle negado o echarle toda la culpa a su ex, pero había asumido su responsabilidad en el asunto. Le había prometido todo lo que ella estaba buscando y había recalcado sus promesas de esperar, incluso si eso significaba que otros estuviesen molestos o poner sus propias necesidades sobre las de él. —De poeta conquistas a cualquiera, y de presidente estarías reelegido —le aseguró la joven, y los dos se rieron. Tamara le dio un beso en los labios. —Desayunemos mientras conversamos los términos de mi visita a tu casa. Tamara les escribió a sus hermanas, las cuales estaban sumidas conversando con cotizaciones, con proveeduría y gestionando todos los peros que su papá pondría. Le preguntó a Igor si le molestaba que ella tomara una ducha rápida mientras él preparaba huevos frescos y café caro. Él se rió, se quitó el saco que llevaba puesto, y ella observó cómo se arremangaba la camisa y se lavaba las manos antes de preguntarle a Grillo si iba a requerir de su atención por las siguientes horas. Respondió con un “no” que le salió del alma; por las próximas horas estaría muy ocupado poniendo su suerte a prueba, acomodaría todo para disfrutar de una buena escena s****l con la mujer más interesante del mundo. Compró champán sin alcohol, fresas, chocolates, decidió comprar un perfume para la joven, un par de batas de baño para después, compró todo un set para la ducha y se aseguró de conseguir que les prepararan una buena comida para cenar después. Nada de mariscos, ajo extra o cebolla: solo comida rica y caliente. El joven seguía texteando con Brianne sin importar que ella estuviese rodeada de adolescentes que entendían todas las guarradas que le estaba escribiendo a la profe. Ella le advirtió que tenía una vida laboral que mantener y dejó de responderle. De todas formas, Grillo estaba tan ilusionado que simplemente podía ocuparse de estar preparado para su cita. Tamara había ordenado un pijama y algo cómodo para Igor, incluso había comprado por internet unas medias y ropa interior nueva para que se quedara un rato con ella. No creía sobrecargarse en el trabajo: la realidad es que el fin de semana trabajaría extra, y la noche anterior había descansado poco. Se merecía eso: estar en casa, en pijama, con la regla. De todos modos, les escribió a sus hermanas avisándoles que iba a estar fuera por unas horas pero que iría a reunirse con ellas en la tarde. Puede o no que les dijera que estaba en una cita médica y por eso se mostraron tan comprensivas. De todos modos, las dos sentían que la parte de defender el proyecto, el grueso de la hipnosis y la terapia de convencimiento para su padre la haría su hermanita pequeña. Tamara, al igual que Grillo, había acomodado su escenario de descanso: cambió las sábanas, las fundas, acomodó las cosas que estaban fuera de lugar (las metió en una pelota desordenada en el clóset). Se metió a bañar y, después de salir fresquita, con el pelo medio húmedo y con un buen pijama, salió a la cocina, donde él estaba tranquilo conversando por teléfono mientras movía los huevos. Ella salió en silencio por el pedido que hizo y cuando regresó, Igor parecía asustado. —No dije nada, perdón, estabas hablando, no quería asustarte. —Solo me asusté, pensé que algo había pasado. —Me estoy tomando el día para estar contigo. A las cinco tenemos una reunión de estrategia mis hermanas y yo para un proyecto que tenemos, pero tengo el resto del día para pasarlo contigo. Y te compré estas cosas, si quieres echar pereza en la cama conmigo. Y es literal eso, porque estoy menstruando y todo lo que digas puede y será usado en tu contra, y además dormí mal, así que tal vez una siesta. —Entonces eres de la gente que prohíbe comida en la habitación. —Ve a cambiarte y llego en unos minutos. Igor le robó un beso y mandó unos cuantos correos para avisar que no estaría tan atento al celular, luego tomó una ducha que le hacía falta y finalmente se colocó el pijama y las medias que ella le compró. Cuando fue a la habitación, Tamara tenía las cortinas cerradas, estaba en la cama comiendo fruta mientras veía el celular. Él le dio un mordisco a la versión de sándwich de huevo de Tamara: todo lo que él preparó lo metió dentro del croissant: huevos, tocino, tomate, aguacate y otro lleno de quesos. Sonrió, se sentó a su lado y, mientras la veía feliz comiendo, le tomó la mano y preguntó: —¿Estás segura de esto? —Siempre estoy segura de quedarme en casa, comiendo y durmiendo. —Tengo... que confesar algo... —ella lo miró asustada—. Ronco, patológicamente. Mucho. Ella se rió y sacó su máscara para dormir y sus tapones de oídos. Tamara reconocía que no escuchaba nada después de que se dormía, pero por si acaso estaba preparada y tomaría precauciones. Igor se rió y Tamara le ofreció un mordisco de lo suyo. Ella retiró los platos, fue por su lado de la cama, apagó la luz y se acostó a dormir junto a él. Igor se acercó un poco más, ella entrelazó los dedos con los suyos, y cuando él anunció que iba a dormirse, en menos de lo que podía decir una frase más ya estaba roncando. Tamara estaba descansando, Grillo estaba esperando y Yuri, por si se lo preguntan, estaba replanteándose una lista de decisiones. Por ejemplo, haber puesto su vida sentimental en manos de una persona que no tenía siquiera amor propio, haber intentado matarse simplemente porque él había sido lo suficientemente honesto para ponerle un final a esa relación. Yuri había elegido no internarse. Había elegido terapia y su trabajo, y la verdad, se sentía lista para dejarlo ir. Estaba ocupada rodando, pero nada más quería liberarse de él, liberarse de su mamá y empezar a ser Yuri, y lo que fuera que la hiciera feliz le sonaba a un plan perfecto. Hasta que alguien tuvo un plan distinto. Aproximadamente a las tres de la tarde, justo cuando Brianne salía de trabajar y Tamara se despertaba de su siesta, Grillo recibió una llamada de Vanessa Valdez, informándole que Yuri y su equipo habían sido secuestrados. No se confirmó quiénes estaban capturados, pero sí había certeza de que más de la mitad del equipo estaba muerto. El gobierno y las autoridades estaban negociando su rescate, pero era necesario que todas las familias se reunieran y escucharan las propuestas. —¿En dónde estaba rodando? —Somalia, Grillo. —Los han desmembrado y quemado, están irreconocibles. Hay hombres, mujeres... No vi entre las fotos a nadie que pareciera Yuri, pero están desvestidos y en pedazos... es imposible reconocer a alguien así. Y no han pedido nada, no han pedido rescate, ni anunciado a las autoridades, solo hay silencio, Grillo. Yo no creo que ella regrese y sus papás están horrorizados y yo... yo estoy intentando negociar con sus patrocinadores dinero para traerla. No sé si presionar por su rescate, estos son sádicos —dijo en medio de lágrimas—. Pobre Yuri, nadie sobrevive emocionalmente a estas cosas. Grillo llamó a Tamara, llamó a un equipo de seguridad famoso de la ciudad, a Leoniza Paul, la mejor negociadora del país. Brianne llegó y él la saludó con un beso y un abrazo. Grillo la empujó, asustado musitó: —Tengo que irme. —¿Qué te pasó? —preguntó la joven, asombrada con su reacción. —Es... complicado. —Tenemos planes. —Tengo que irme, Yuri me necesita. Es urgente, lo siento.
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