Al día siguiente —en la tarde—, le comenté a Liss mi deseo de estudiar en una escuela, me apoyó con total seguridad, pues comprendió que luego de tantos años viendo clases privadas no era la misma experiencia que un campus lleno de estudiantes, pero que debía hablarlo con mis padres lo antes posible porque el proceso de inscripción podía ser engorroso por mis estudios con tutores y profesores privado… La mañana siguiente tenía un nudo entre pecho y espalda, arriba del corazón y en medio de la garganta. Los nervios me dominaban la existencia, me daba mucho, demasiado temor que mis padres me negaran la oportunidad de volver a estudiar como una chica normal. Como una adolescente normal de diecisiete, con pijamadas en casa de mis amigas y una que otra escapada para ir a una fiesta sin permiso

