12

2696 Words
—El centro comercial está a tres cuadras, allí hay un local de bowling… Y en la feria podemos almorzar. ¿Te parece? —preguntó mientras me daba el casco y se subía a la moto. —Me parece muchísimo. Subí a la moto y terminé de acomodarme el casco, Nyx arrancó sin avisarme y me asusté tanto que lo abracé como acto reflejo. En menos de diez minutos estábamos estacionándonos en el parqueadero del centro comercial. El centro comercial estaba algo lleno aunque no se podía comparar al gentío que vi en el bulevar; mientras íbamos caminando tomé su brazo instintivamente, noté su ligero sobresalto, pero no me dijo nada… Solo me dio una de sus miradas con la ceja alzada y siguió caminando a mi lado como si nada. Llegamos al local de bowling, todo era luces led y de neón, adornos llamativos y el ambiente oscuro para que resaltara todo el decorado. Fuimos hasta la barra y Nyx alquiló una pista, nos preguntaron el número de calzado y lo colocamos en una tarjetita con nuestros nombres para luego retirar nuestros zapatos. Fui caminando en medias hasta las sillas de nuestra pista para ponerme los ridículos zapatos, eran espantosos y me hacían lucir graciosa; Nyx ya se había puesto los suyos y comenzó a configurar la computadora para iniciar una partida. —¿Cómo se supone que voy a lanzar una cosa de estas? —le dije mientras intentaba alzar una bola del mueble. —Para ti… Mejor esta. —Tomó una de las bolas más pequeñas como si fuese de icopor y me la dio. —Okey, creo que puedo con esta —comenté sopesando la esfera con ambas manos—. ¿Y cómo la lanzo? —Te paras aquí. —Me fue dando empujoncitos hasta quedar en la pista—. Metes tus dedos así. —Con una mano tomó la bola y con la otra mi mano mientras me doblaba los dedos con suavidad—. Una pequeña caminata con gracia. —Corrió conmigo unos tres pasitos—. ¡Y la lanzas! Lancé la bola, se deslizó un poco lenta y tumbó la mitad de los pinos. Me volteé dando saltitos y aplaudiendo, Nyx ya estaba más atrás viendo mis niñerías. —Apuntar no es cosa de mujeres, pero vas bien —criticó pedante y se rió. —Cretino. Se rió orgulloso, tomó una bola y corrió hacia donde yo estaba para lanzarla, me hice a un lado y solté un gritito cuando pasó tan cerca de mí —pensé que me atropellaría o me caería encima—, pero no me tocó ni un cabello; lanzó la bola y vi como todos los pinos cayeron luego del estruendoso golpe. —¿Ves cómo apunta un hombre? —Eres un tarado, creído. Vas a ver que tumbaré todos los pinos —confié muy segura de mí. —¿Y si no los tumbas? Ese brillo ladino estaba en sus ojos, negué de inmediato. —No voy a apostar. —Anda, hagamos esto interesante. Sentí que las mejillas me ardían tanto que podría tostar pan sobre ellas. —Eres el diablo en persona. Su risa petulante me sacaba de quicio. —Bueno, bueno. Sin apuestas entonces. —Atorrante engreído —musité. Tomé la bola nuevamente y tras la pequeña caminata la lancé, esta vez traté de apuntar más al centro, pero aún así quedaron dos pinos de pie. —Vas mejorando… Pero observa. Tomó la bola con tanta facilidad que parecía no pesar nada, dio uno, dos, tres pasos y cruzó su pierna derecha hacia atrás luego de inclinarse y hacer el lanzamiento. Fue totalmente inevitable observar su trasero… ¡Nunca había visto unos glúteos tan marcados en persona! Me sonrojé y aunque era obvio que él iba a hacer puras chuzas y que si yo ganaba el juego sería porque él lo quisiera, dejaría que él hiciera todas las chuzas solo por ver de nuevo su trasero como en este momento. No importaba si él ganaba, ya yo estaba ganando. —¿Viste? —Más de lo que pensé —le contesté vehemente. —¿Qué? —¿Qué? —Alcé los hombros y fui a jugar mi turno. Nyx era insoportablemente competitivo, cada vez que tumbaba todos o casi todos los pinos me hacía muecas y yo le sacaba la lengua. Cuando terminamos la partida, su puntaje casi triplicaba el mío, no estaba triste, al contrario, me había divertido muchísimo… En gran parte, por las constantes burlas de Nyx. Era agradable porque no me trataba como la mayoría de las personas, que casi me tenían en un altar por ser hija de unos magnates. Él me trataba como una chica más, se burlaba de mí, me asustaba, me hacía bromas y me obstinaba. Aunque todo con moderación, a mi parecer. —¿Le vas a decir a tus padres que te humillé en bowling? —No se vale… Era la primera vez que jugaba y tú ya sabías jugar —le respondí a la defensiva. —Okey okey, sí; es cierto… Pero ¿le vas a contar o no? —Desquiciado. —Hoy me has insultado de tantas formas… —comentó risueño—. He aprendido bastante. —Quizás nadie había tenido la valentía de ser sincero contigo. —¿Tú crees? —Estoy segura. —¿Tienes hambre? La pregunta me desconcertó por completo. —Un poco. «Que cambio de tema tan repentino y radical». —Vamos a la feria entonces. Retiramos nuestros zapatos y nos cambiamos. De camino a la feria de comida había muchas tiendas de ropa y calzado que llamaron mi atención, se me antojaba entrar a cada una y probarme todos los vestidos que veía, pero dudaba que Nyx me esperara todo ese rato. Cuando llegamos a la feria, había muchísimos locales diferentes, sin pensarlo le dije a Nyx para comprar en el local de comida mexicana que quedaba al fondo. Pedimos un plato con tacos, tortillas y flautas; parecía mucha comida para nosotros, pero seguro Nyx iba a comer más que yo. Almorzamos disfrutando cada bocado, él me contó de sus desgracias graciosas —como le llamaba para no sentirse mal— y me hizo reír hasta que me dolieron las mejillas. Era horrible que a un chico de su edad le había sucedido —y aún le sucedieran— tantas desgracias, pero él lo tomaba con humor, su actitud frente a las adversidades lo volvieron persistente y él sabía que podía con cualquier cosa —algo que admiré y me gustaría imitar. —¿Te has divertido? —Más de lo que pensé. —Me quedé un momento pensando que seguramente ya era hora de volver a casa, pero yo no quería volver todavía. Lo miré con las súplicas y ruegos en la mirada cual gato con botas y hablé—: ¿Podemos ir a la playa? —¿Hoy? ¿Ahora? —Sí. Quiero ver el atardecer. Él se quedó pensativo unos segundos, vio su reloj y luego habló: —Conozco un lugar que no es la playa, donde podemos ver el atardecer. —Volvió a mirar su reloj e hizo una mueca—: Deberíamos irnos si queremos llegar a tiempo. —¡¿De verdad?! —Me puse de pie de inmediato. —Uh hum, recoge que nos vamos. Junté todos los residuos y desperdicios usados de la mesa y los llevé al depósito de basura. Nyx llevaba mi bolso y me esperó en el ascensor. Bajamos al estacionamiento y nos acomodamos para subir a la moto. —Oye, necesito que te sientes a horcajadas. —Pero… ¿Qué? Tengo vestido. —Uh huh, por eso yo decía que no al vestido… —Bueno, súbete y yo me subo. Y no voltees —le exigí. Que estuviésemos juntos la mayoría del tiempo no le daba derecho a ver más allá de lo permitido. —Te lo digo porque el camino es un poco empinado… Y no te quiero dejar tirada en alguna curva o subida. —Sí sí, súbete y ya —rezongué mientras me colocaba el casco. Se subió y quitó la patita que sostenía la moto, la inclinó un poco y esperó. Subí a regañadientes, procurando que no se me viera más de lo debido. Me agarré de su cintura y él tomó mis manos y las haló. —Agárrate fuerte que iré rápido. Él no me vio, pero le torcí los ojos y le hice caso, recosté el casco de su hombro y aceleró para salir de allí. No supe a dónde me llevaba, pero el camino se hizo un poco empinado, señal de que estábamos saliendo de la ciudad. Me puse un poco nerviosa, mi mente comenzó a imaginar situaciones similares a la de hacía años. «Nyx no puede hacerme daño, él es bueno conmigo». «Nyx es un completo desconocido, estoy en su moto y no sé a dónde me lleva». «Pero mis padres lo contrataron… Es confiable». «No me consta que sea confiable». «Quizá el objetivo eres tú». Tragué grueso y un nudo se formó en mi garganta, estar tan cerca de Nyx me hacía sentir quemaduras en la piel. Me solté de su cintura y comencé a golpear sus hombros y lo escuché protestar. Mi alrededor eran puros árboles, enormes rocas y maleza salvaje, no sabía a dónde correr o qué hacer, pero debía alejarme de él. —¡Detente! ¡Tienes que parar! —le grité mientras seguía golpeando sus hombros. Él bajó la velocidad y cuando se orilló para detenerse, bajé lo más rápido que pude y comencé a correr. —¡Hey! ¿A dónde…? No escuché el resto de la pregunta por tener el casco puesto y la respiración agitada me ensordecía los oídos, aunque ya sabía cómo terminaba… Corrí devolviéndome por la carretera sin mirar atrás y el frenazo de la moto cortándome el camino me causó un susto de muerte. Asfixiada, me quité el casco y se lo lancé al pecho, pero él lo esquivó y cayó ruidosamente al asfalto. Se quitó su casco y me volvió a mirar, fijando sus azules ojos en los míos, más oscuros que los de él, guindó el casco del manubrio y me habló: —Amelia, ¿qué sucede? ¿A dónde vas? —Déjame ir. —¿A dónde te voy a dejar ir? ¿Estás loca? Tus padres m-me matan si regreso sin ti. Rodeé la moto y comencé a correr, escuché las llantas chirriar unos segundos y sentí un tirón fuerte en mi brazo izquierdo que me hizo detener. —¡Suéltame! ¡Cretino! —chillé volteándome ante su mano cruel y fuerte. —¡Carajo! ¡Amelia! ¿Qué coño sucede? Un momento estás bien y de la nada… —Comencé a forcejear para que me soltara y no funcionaba—. ¡Joder! Aparte de loca, histérica. Te llevaré a casa. Seguí tironeando mi brazo y él no me soltaba, su mano estaba muy aferrada a mí. Chillé que me estaba lastimando y él aflojó su agarre, lo suficiente para zafarme y correr unos metros. Escuché un golpe en el asfalto y a los pocos segundos sentí una mano agarrarme con fuerza por el brazo, grité sin dudar, debía haber alguien cerca. Pero estaba tan equivocada… Estábamos aislados en una carretera donde no había nada de tráfico. Me haló con firmeza y quedé frente a él. Era mi fin. «¿A dónde me trajo este tipejo?». —Ya basta, Amy, no me gustan estos juegos. —No estoy jugando… Tú, tú e-eres de ellos —acusé y volví a forcejear, intenté empujarlo y él se mantuvo firme, las estatuas lo envidiarían si pudiesen verlo. —¿De quiénes ellos? —¡No me mientas! No te hagas el imbécil —acusé de nuevo, sabiendo que él no admitiría eso. Con toda la fuerza que saqué del miedo y la adrenalina que sentía, le di una cachetada, haciéndolo voltear la cara. Traté de retroceder unos pasos mientras golpeaba su mano que aún me apresaba y me volvió a halar hacia él, dejándome más cerca que antes, se tocó la parte enrojecida donde dio mi mano y me miró con total tranquilidad. —Pegas como niña. Estaba totalmente calmado, su rostro estampado de serenidad, sus músculos relajados… Era como si no le afectara. Era todo lo contrario a mí. Ya no soportaba la presión ni los nervios, el miedo me consumió cada ápice de cordura y cuando no supe como contenerme… rompí en llanto. —Amelia, yo no te voy a hacer daño —aseguró. En todas las películas el malo dice eso, pensé. —Lo harás —lloriqueé. —Vamos… ¿por qué te haría daño? —repuso calmado. —Porque no lo lograron hace años. —¿Qué sucedió hace años? Traté de calmar mi miedo, mi tristeza, la rabia y el dolor para siquiera intentar explicarle al idiota que tenía de frente porqué tenía temor de continuar el recorrido con él a donde fuese que me llevaba. —¿Por qué actúas como si no supieras? —Porque no tengo idea de lo que sucedió —contestó fastidiado con los ojos muy abiertos—. Si tus padres me hubiesen explicado “eso” antes, entendería tus episodios de… Ansiedad. ¿Pánico? Mi llanto agravó y sin pensarlo me acerqué a él y refugié mi cara en su pecho. Él era demasiado bueno e idiota para hacerme daño. Sentí que me rodeó con suavidad mientras yo empapaba su camisa con mi llanto. Odiaba ser tan débil, pero en ese momento odié más verme débil frente a él. —¿Quieres continuar llorando en la cima? —Eres tan inoportuno —dije entre sollozos y con una media sonrisa. —Y tú tienes tendencias bipolares… O ¿estrés postraumático? O simplemente estás loca. —No estoy enferma… Ni soy bipolar. —Pero te encanta actuar como si lo estuvieses. Me separé un poco de él y noté que sonreía mientras buscaba mis ojos. —Perdóname —susurré. —¿Cuál de tantas? —La cachetada. —Volví a hundir mi cara en su pecho, avergonzada por mi arrebato. —Bueno, te perdono. ¿Vamos a la cima o no? Quizá haya tiempo para ver la puesta de sol. —Vamos. Recogimos los cascos y él levantó la moto, subimos a esta para seguir la ruta y probablemente finalizar mi primer día de paseo. Al llegar a la cima –que era más una meseta— se podía ver una parte de la ciudad y la costa. La vista me dejó sin aliento. La naturaleza había creado un maravilloso paisaje que el hombre modificó a su antojo, sin embargo, así era un lugar magnífico. El sol estaba en ese punto medio entre el cielo y el mar, donde estos se mezclaban con tonos rosas, naranjas y rojizos y solo le bastarían unos pocos minutos para opacarse y dar paso a los fríos azules nocturnos. —Nyx, tómame una foto, antes que oscurezca más —pedí extendiéndole mi celular. Él no dijo nada, obedeció y sacó varias fotografías, me las mostró y agradecí su gentileza. —Le avisaré a tu padre que ya vamos de regreso. —Está bien. Mañana... —¿Mañana qué? —interrumpió. —Podemos... ¿Ir a la playa? —Realmente quieres ir. —Sonrió. —Sí, no sé cuándo a mis padres les dé por dejarme salir de nuevo. —Háblalo con ellos y me lo harán saber. —Lo intentaré. Usualmente en mi vocabulario la frase "lo intentaré" era otro sinónimo de "no", pero esta vez sí quería intentarlo. Me entusiasmaba que la respuesta fuese afirmativa y saliera dos días seguidos. «Uff, sí. Salir dos días seguidos era toda una hazaña en mi vida». El regreso a casa fue —al menos— silencioso y triste. No quería volver aún, pero el cielo oscureció rápido y ya Nyx había avisado que íbamos de vuelta.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD