¿Embarazada?

1984 Words
Media hora después, llegué a la oficina de Edward. Entré en su despacho y, sin poder contenerme, sentí cómo el nudo en mi garganta se rompía. Las lágrimas, alimentadas por la ira y el dolor de mi infancia, comenzaron a caer. Estaba llorando del enojo, de no poder hacer lo que mi mente me decía cuando hablaba con Tadeo. Edward se levantó de su asiento, asombrado por mi estado. —Amigo, ¿qué rayos pasó? —Me lo confesó —dije, tratando de secarme las lágrimas con mi mano izquierda. —Tadeo me confesó lo que hizo, Edward. Lo de mi padre. Lo de la compra del juez. Lo de la muerte en la cárcel. Lo está haciendo porque lo están extorsionando y se irá unos días mientras todo se calma. Edward se acercó y me puso una mano firme en el hombro. —Ese hombre merece todo lo que le va a pasar, Bastian, y más de ahí. Porque nosotros somos los que le estamos supuestamente extorsionando. —Me contuve, te juro que me contuve para no matarlo justo en ese momento —dije, sintiendo la garganta áspera por el grito ahogado. —Si hubiese sido yo, no creo que me habría contenido —admitió Edward. —No lo hice porque entonces todos mis planes quedarían arruinados —dije, luchando por recuperar la calma. —Y todo lo que he hecho, todo lo que he sacrificado, no habría valido la pena. Él debe caer lenta y públicamente y ahora tengo su imperio en mis manos. Me dirigí hacia la habitación, y Amy me siguió segundos después. Entró y cerró la puerta con una rabia contenida que la hacía temblar. —Eres la peor persona que he conocido en mi vida —declaró, sus ojos llenos de fuego y lágrimas. Me giré, la adrenalina aún corriendo por mis venas. —Aún no sabes nada, Amy —dije, con una sonrisa fría—. No te imaginas de lo que soy capaz. —Me he equivocado tantas veces en la vida, pero como con este matrimonio, jamás. Me reí, el sonido era áspero y cruel. —Ni modo. Ahora deberás aguantarme hasta que yo quiera. —Eso no pasará —desafió ella. —Te aseguro que sí pasará. Pero no te preocupes, no va a durar tanto tiempo. Inesperadamente, Amy se llevó las manos al vientre, su rostro se contrajo en una mueca de dolor agudo. Soltó un gemido sordo. —¿Qué te pasa? —pregunté, mi voz se elevó instintivamente, borrando la burla. —¡Aléjate de mí! —me ordenó, doblándose por el dolor. Pero me acerqué. Se quedó encorvada, y de repente, vi la sangre. Un chorro rojo intenso corrió por sus piernas. Mi mente se desconectó de la venganza. Sin pensarlo dos veces, la cargué en mis brazos. Sentí su peso ligero contra mi pecho. Corrí con ella escaleras abajo, ignorando el dolor en mi brazo operado. —¡Aguanta, Amy! ¡Aguanta! —le ordenaba, mientras la sacaba de la mansión. Diez minutos después, llegué al hospital. Grité pidiendo ayuda. Una enfermera se acercó de inmediato, y luego un doctor. —¡Sangrado severo! ¡Llévenla al quirófano de inmediato! —ordenó el médico. Vi cómo se la llevaban, la camilla desapareciendo tras las puertas de acero. Me senté en la sala de espera, sintiendo un sudor frío en la frente. Si algo le pasa, yo me muero. La idea era aterradora y real. No era parte de la venganza. Era un miedo primario, visceral. Dos horas después, el doctor salió de nuevo, con el rostro serio. —Doctor, ¿cómo está? —pregunté, levantándome de un salto. —La señora Amy ya está descansando en una habitación. La estabilizamos. —¿Qué le pasó? ¿Por qué sangraba? —pregunté, mi voz era un ruego. El médico dudó un momento, mirándome con compasión. —La señora Amy estaba embarazada. Perdió al bebé. Me quedé mirando al médico, sintiendo cómo me temblaba la mandíbula. —No sabía que mi esposa estaba embarazada —logré decir. —No se preocupe, señor Cross. La pérdida fue temprana, pero ella podrá tener más hijos —dijo el médico, tratando de ser reconfortante. —Voy a verla. —Está en la habitación 202, en el segundo nivel. Está medicada, pero despierta. Tomé el ascensor a toda prisa. Llegué al segundo nivel y corrí por el pasillo. Al entrar en la habitación, encontré a Amy acostada en la cama, pálida y frágil. Estaba llorando en silencio, con los ojos cerrados. Al verme, Amy abrió los ojos. En el instante en que me vio, su dolor se transformó en rabia pura. —¡Te odio! —gritó, su voz era débil pero cargada de veneno—. ¡Por tu culpa perdí al bebé! Me acerqué, sintiéndome desarmado. —Amy, yo no sabía que estabas embarazada… —¡Yo tampoco lo sabía! ¡Pero por estar discutiendo contigo, por toda la tensión y el dolor que me provocaste, lo perdí! ¡Tú lo causaste! —Podrás tener más hijos —dije, repitiendo la frase hueca del doctor. —Por supuesto que los tendré. Pero te juro que no serán contigo. El golpe fue más duro que cualquier puñetazo. Mi posesividad se activó. —Te recuerdo que aún estamos casados —dije, mi tono se endurecía—. Y por ningún motivo debes estar con alguien más. —No me importa lo que digas. Será mejor que te marches. No quiero verte. —En unas horas te darán el alta y te irás a casa… —No quiero nada contigo. Me iré sola —dijo ella, girando la cabeza hacia la pared. Me inundó una rabia fría y un dolor insoportable. Mi fachada de monstruo regresó. —Está bien —dije, un poco enojado—. Márchate sola. Al fin y al cabo, no me importa. Salí de la habitación sin esperar su respuesta. Apenas la puerta se cerró detrás de mí, me detuve en el pasillo. Apoyé mi frente en la pared fría. No podía evitar sentirme terrible. Quería estar a su lado, cuidarla, consolarla. Pero mi venganza era más fuerte. La tragedia era el precio de la caída de Tadeo. Salí del hospital con el cuerpo en piloto automático. Media hora después, estaba sentado en un café discreto con Edward, mi mente en un torbellino. —Amy acaba de perder a un bebé —le dije a Edward, la voz apenas un susurro. Edward dejó su taza de café sobre la mesa. —Entonces, ¿por qué estás aquí conmigo y no a su lado? —Le dije que la odiaba. Le confesé mi odio —respondí, reviviendo la b********d de la noche—. Por estar discutiendo, ella empezó a sangrar. La llevé rápido al hospital, pero perdió al bebé. Ella me echó de la habitación, y fingí que no me importaba. Me fui. Edward me miró con una seriedad sombría. —Ahora tu corazón está irremediablemente mezclado con la venganza, Bastian. Escucha, si realmente amas a Amy, cuéntale la verdad. Quizás ella pueda ayudarte para la caída de su padre. —Eso jamás pasará —dije, golpeando la mesa suavemente con mi puño sano—. Amy cree que su padre es un buen hombre. Ella lo protegería antes que a mí. —Te lo advertí, Bastian. Te dije que tuvieras cuidado. Si te enamorabas, todo se iba a echar a perder. —Lo sé —dije, sintiendo la verdad de sus palabras como un veneno—. Pero aunque ame a Amy, no me detendré con mi venganza. Tadeo tiene que pagar. Cuando cayó la noche, regresé a la mansión. No podía quedarme lejos. La puerta principal estaba abierta. Encontré a Amy en la sala, vestida con una bata, con una palidez dolorosa en el rostro, caminando lentamente hacia el jardín con una taza de café en las manos. Me acerqué a ella. —¿Por qué estás de pie? No deberías estar haciendo esfuerzos. Deberías estar descansando. Amy me miró, y aunque sus ojos estaban cansados, el rencor era claro. —Lo que yo haga o deje de hacer ya no te importa, Bastian. —Lamento la pérdida del bebé —dije, forzando mi voz a sonar sincera. Amy soltó una risa seca, sin alegría. —No creo en tu lamento. Es difícil creer en tu dolor cuando tendrás un hijo con Alina. —No es lo mismo —repliqué, sintiendo la necesidad de defender mi dolor. —Tienes razón —dijo ella, con una frialdad cortante—. Tienes razón en algo. No es lo mismo. Amy continuó su camino sin detenerme ni mirarme de nuevo, dirigiéndose hacia la oscuridad del jardín para buscar soledad. Me quedé allí, viéndola marchar, sintiendo la pared de hielo que había levantado entre nosotros. La había destruido por completo. Y ahora me tocaba vivir con las consecuencias. Habían pasado dos meses desde la tragedia. Dos meses de silencio helado en la mansión. Apenas cruzaba palabras con Amy. Ella seguía viviendo en la casa, pero era un fantasma. Yo era un monstruo. Me encontraba en la oficina de Edward, la frustración me carcomía. —Me siento terrible por estar lejos de Amy —le confesé a Edward, mi voz llena de resentimiento. Edward me miró por encima de sus lentes. —Quizás, Bastian, debes olvidar la venganza. Simplemente vive el amor con Amy. —Eso sería faltar a la memoria de mi padre y mi madre. Sería romper la promesa que hice de vengarme de los Morrow. Eso jamás lo haré. —Entonces deja de lamentarte —dijo Edward, con su tono habitual de reproche sensato. Asentí, mi mirada se endureció. —Tadeo tiene tres meses que se fue. Eso ha retrasado que vaciemos completamente las cuentas de la empresa. Pero ya no más. Quiero que Tadeo esté aquí. Quiero verlo perderlo todo en persona. —Así será, Bastian. El momento es perfecto. Dejé a Edward y me dirigí al rascacielos de Morrow Enterprises. Al entrar en el lobby, me sorprendió ver una figura grande y sonriente que caminaba hacia mí, era Tadeo. —¡Bastian! —exclamó Tadeo, abriéndome los brazos. Me abrazó con efusividad—. Es bueno ver a mi yerno. —Me alegra saber que regresó —respondí, mi mente inmediatamente calculando: La venganza puede comenzar ahora. —Lo hice, y con grandes noticias. Empezaré la construcción de un nuevo imperio, más grande que este. Necesito inyectar dinero nuevo y expandirnos agresivamente. —Me alegra saber eso, Tadeo. —Me voy a mi oficina a revisar algunos pendientes. Y Bastian —dijo, poniéndome una mano en el hombro—. Te agradezco que estos tres meses te hayas hecho cargo de la empresa. Lo hiciste fenomenal. —Fue un gusto ayudarlo —dije, sintiendo la burla detrás de mis palabras. Tadeo se marchó hacia su despacho. Yo caminé hacia el de Amy. No había hablado con ella en días, pero sentía la necesidad de verla. Abrí la puerta de su oficina. Y al abrirla, la sorpresa me golpeó como un puñetazo en el estómago. Amy estaba de pie, al lado de su escritorio, abrazando a un hombre alto y desconocido. Ella se reía, una risa que no había escuchado desde antes del accidente. Él la sostenía con una familiaridad alarmante. Mi ira explotó. Mi sangre hirvió. Toda la rabia contenida de los últimos tres meses, el dolor del abandono y la traición de Tadeo, explotaron al ver a Amy en los brazos de otro. —¡Suelta a mi esposa! —grité, mi voz resonando en la oficina. Amy se apartó del hombre inmediatamente, su rostro lleno de sorpresa, luego de rabia. —¿Por qué gritas? —me cuestionó, poniéndose delante del desconocido. —Entro a tu oficina y te encuentro abrazando a un desconocido. ¿Quieres que aplauda?
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