Nada que hacer.

2030 Words

Edward sonrió, estaba satisfecho de escuchar las palabras de Bastian. —Así me gusta —respondió Edward, con un atisbo de alivio. Justo en ese momento, antes de que pudiera responderle, la puerta de la oficina se abrió con brusquedad. Era Alina, estaba vestida con una elegancia forzada, sus ojos hinchados por el llanto reciente, pero con una resolución peligrosa. —Necesitamos hablar, Bastian —dijo, sin saludar, ignorando por completo la presencia de Edward. Edward se levantó inmediatamente. Un profesional nato, sabía que debía desaparecer. —Disculpen —dijo con calma. —Tengo unos asuntos que atender en mi oficina. Los dejo. Edward me lanzó una mirada de advertencia y salió, cerrando la puerta detrás de él, dejándonos a Alina y a mí en la oficina ejecutiva. Apenas se cerró la puerta,

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