La noche cayó, y con ella, la hora de mi regreso a la boca del lobo. Conducir de regreso a la mansión Morrow como el esposo de su hija me daba una sensación de poder embriagadora. Apenas estacioné el auto y me dirigí a la puerta, esta se abrió. Amy estaba allí, esperándome. Al verme, su rostro se iluminó con una alegría genuina que me hizo apretar los dientes. Saltó sobre mí, abrazando mi cuello con una efusividad propia de una pareja de recién casados, y me besó con una pasión que no esperaba. Era un beso largo, feliz, y público. —¡Bastian! Te estaba esperando —dijo, sonriendo con el brillo de quien ha tomado la decisión correcta. —Moría de ganas de verte, Amy —mentí, aunque la excitación del momento no era del todo falsa. Justo entonces, Tadeo y Francesca aparecieron en la puer

