La noche cayó, y con ella, la hora de mi regreso a la boca del lobo.
Conducir de regreso a la mansión Morrow como el esposo de su hija me daba una sensación de poder embriagadora.
Apenas estacioné el auto y me dirigí a la puerta, esta se abrió. Amy estaba allí, esperándome.
Al verme, su rostro se iluminó con una alegría genuina que me hizo apretar los dientes.
Saltó sobre mí, abrazando mi cuello con una efusividad propia de una pareja de recién casados, y me besó con una pasión que no esperaba.
Era un beso largo, feliz, y público. —¡Bastian! Te estaba esperando —dijo, sonriendo con el brillo de quien ha tomado la decisión correcta.
—Moría de ganas de verte, Amy —mentí, aunque la excitación del momento no era del todo falsa.
Justo entonces, Tadeo y Francesca aparecieron en la puerta del salón, sonriendo con satisfacción.
—¡Bastian! ¡Qué bien que llegas! Pasen a la mesa. La cena de celebración está lista —dijo Tadeo, con una jovialidad que no recordaba de la sala de audiencias.
Fuimos hasta el gran comedor, donde los empleados ya habían servido una cena exótica.
El ambiente era de fiesta, un contraste brutal con la realidad de mi corazón.
Tomamos asiento, Amy a mi lado, sus padres frente a nosotros.
Mientras cenábamos, Tadeo abordó el tema principal.
—Bastian, hijo. ¿Ya decidieron dónde vivirán?
—Como la boda fue tan repentina —respondí, dándole un sorbo a mi vino.— todavía debemos esperar un poco para que yo encuentre el lugar adecuado para Amy.
Francesca intervino, con un brillo práctico en los ojos.
—Tonterías, querido. Pueden vivir aquí, en la mansión. Hay espacio de sobra.
Amy me miró con una súplica silenciosa.
—Sí, Bastian. Yo te dije que podíamos vivir en la mansión.
—No sé si sería una buena idea —dije, fingiendo una preocupación por su privacidad. —No quiero ser una molestia.
—¡Qué va a ser una molestia! —aseguró Tadeo, riéndose a carcajadas. —Es una idea perfecta. No tendríamos ningún problema con que se queden aquí, en la casa. Al contrario, nos daría mucha tranquilidad.
Miré a Amy, tomando su mano con ternura. El acceso que esto me daría era invaluable.
—En ese caso, aceptaré su generosidad, al menos por un tiempo. También es cierto que Amy no quiere separarse de ustedes tan pronto.
—¡Gracias, Bastian! —exclamó Amy, apretando mi mano, aliviada de que la hubiera considerado.
—Y ahora que eso está resuelto —preguntó Francesca, curiosa. —¿se irán de luna de miel?
—Sí, claro que sí —respondí, sonriendo con un aire de espontaneidad. —Tengo una pequeña villa en la costa que es muy privada. La llevaré desde esta misma noche, unos dos días.
Los ojos de Amy brillaron y su labios se esparcieron con su hermosa sonrisa.
—¡Oh, Bastian! ¡Eso es maravilloso!
—Entonces, debo preparar una pequeña maleta —dijo, emocionada.
—Luego de la cena, la preparas y nos marchamos —le indiqué, sintiendo el triunfo crecer en mi pecho.
El siguiente paso no se jugaría en el corporativo, sino en la privacidad de mi propia guarida, lejos de los ojos de los Morrow.
Una hora después, la mansión Morrow quedó atrás. Me despedí de Tadeo con la promesa de cuidar a su hija.
—Espero que disfruten mucho, Bastian —dijo Tadeo, radiante.
—Así será —le aseguré, sintiendo el triunfo de la infiltración.
Salimos en mi coche deportivo. Amy iba a mi lado, aferrada a una pequeña maleta, con una sonrisa llena de felicidad y expectante.
El silencio inicial se rompió con el entusiasmo de ella.
Pasaron unos minutos mientras dejábamos atrás las luces de la ciudad. Amy, ya más relajada y con la tensión del día disipada, giró hacia mí.
—Bastian —dijo con curiosidad. —Me gustaría saber más de ti. De tu vida.
—¿Qué quieres saber? —pregunté, manteniendo la mirada fija en el camino, ya anticipando la inevitable pregunta.
—¿De qué murieron tus padres? Nunca hablamos de ello.
Sentí una oleada de ira en mi cerebro. Apreté mis manos contra el volante con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.
—Murieron a causa de unas malas personas —dije con mi voz áspera, obligando a que mi tono fuera controlado. —Personas que solo los usaron, que jugaron con su confianza y los dejaron sin nada.
Amy llevó su mano a mi brazo, y su toque me hizo relajar ligeramente el agarre.
—Lamento mucho que haya pasado de esa forma, cariño —dijo con genuina tristeza. —Pero estoy segura de que estarían muy orgullosos de ti. Eres un hombre bueno, con un corazón que vale oro.
Una risa amarga quiso escapar de mi garganta, pero la contuve. Un hombre bueno. Si supiera la verdad.
—Seguramente es así —me limité a responder, aceptando la máscara para calmarla.
Conduje durante otra hora y media hasta que finalmente llegamos a la costa.
La villa era una joya escondida: moderna, de líneas limpias, con ventanales que daban directamente al paisaje.
—Bienvenida —dije, estacionando el coche.
Amy se bajó y dio un giro completo, admirando el lugar. —Es hermosa, Bastian. Es perfecta.
Entramos en la villa. La llevé directamente al balcón principal. El sonido del agua llamó su atención.
Justo debajo, un río de aguas cristalinas corría, reflejando la luna.
Me paré detrás de ella, con mis brazos rodeando su cintura, atrayéndola a mi cuerpo.
El contraste entre la dulzura de Amy y la b********d de mis planes era casi insoportable.
—La vista es hermosa —dijo, inclinando su cabeza hacia atrás.
La giré hacia mí con delicadeza, encontrando sus labios con los míos.
Le di un beso de esos de telenovela, de los que te llevan hasta la profundidad del océano.
Cuando nos separamos, no podía quedarme más tiempo con algo que rondaba en mi mente.
—Necesito preguntarte algo, Amy —dije, con una seriedad que rompió el encanto del momento.
—Pregunta lo que quieras cariño —respondió, aún con la respiración entrecortada.
La miré directamente a los ojos, y sin dar lugar a rodeos, hice la pregunta.
—¿Tú y Luciano se acostaron?
Amy me miró, la sorpresa dio paso a una expresión de profunda vulnerabilidad.
—No —respondió ella, con una voz apenas audible. —Estuve a punto de hacerlo anoche, después de ir a su departamento. Estaba dispuesta a seguir con el plan de la boda... pero en el último momento me eché para atrás. No pude hacer nada con él.
Sentí una oleada de alivio. Me acerqué, tomando sus manos.
—Me hace sentir mucho más tranquilo escuchar eso.
Amy sonrió con una dulzura inesperada.
—Entonces debes saber que tampoco he tenido intimidad con ningún otro hombre, Bastian. Esta noche sería mi primera vez.
El impacto de sus palabras fue como un golpe físico. Una cosa era saber que ella se había detenido por mí; otra, muy diferente, era que la "joya de la corona" de mi enemigo fuera intocada.
La pureza de Amy representaba una trampa emocional. Convertirla en mi esposa sexualmente completaría la victoria, sí, pero también me ataría a ella de una forma que mi plan no podía permitirse.
Me alejé de ella, dando un paso brusco hacia el ventanal, fingiendo mirar el río.
—Es tarde —dije aturdida. —Y ha sido un día muy largo. Es mejor que vayamos a descansar. Estoy muy cansado.
Amy me siguió, visiblemente confundida.
—Pero, Bastian... —Se acercó, tocando mi hombro. —Yo muero por dormir a tu lado.
Me giré, la seriedad de mi rostro ya sin la máscara de "esposo enamorado".
—No dormiremos juntos, Amy. A mí no me gusta dormir con nadie.
El asombro se reflejó en su rostro. —Pero los esposos duermen juntos. Acabamos de casarnos.
—Aún no puedo hacer eso —dije con una frialdad cortante, y mi mirada inquebrantable. —Tomarás la habitación de la derecha, y yo la de la izquierda. Mañana hablaremos.
No esperé su respuesta, ni su protesta. Me di la vuelta y me dirigí a la habitación que había elegido.
Necesitaba distancia y oscuridad para recuperar el control.
Entré en la espaciosa habitación, cerrando la puerta con un golpe seco. La oscuridad me recibió.
Caminé hacia la pared más cercana y le di un golpe con el puño cerrado.
—¡Maldita sea! —dije en voz baja, sintiendo el dolor del impacto en mis nudillos.
Me dejé caer en el borde de la inmensa cama, con la cabeza entre mis manos. "Todo podría complicarse.
Si la hago mi mujer, si la reclamo en ese nivel, la mentira se hará insoportable. Ella se convertirá en algo más que una herramienta."
Mi plan de venganza, frío y metódico, no podía permitirse la calidez de la inocencia de Amy.
Levanté la vista hacia el espejo, viendo mi reflejo. Mi mente me decía que no debía luchar contra ese deseo pero a la vez la razón me hablaba.
Sin embargo una sonrisa lenta y calculadora cruzó mi rostro.
"O tal vez... es la única manera," pensé, mi mente encontrando un nuevo y oscuro camino.
"Sí, la voy a reclamar. La voy a poseer. No por amor, sino como el máximo insulto.
Es una manera de dañar a los Morrow: tomar a su hija, la más preciada, y convertirla en la esposa del hombre que destruirá su mundo.
El dolor de ella será la prueba de mi victoria." Me puse de pie. La decisión estaba tomada.
No aguanté más. El reloj en mi habitación marcaba la medianoche.
El silencio de la villa era difícil, pero el ruido de mi propia sangre corriendo por mis venas era ensordecedor.
La cama de la izquierda estaba vacía, mientras la de la derecha contenía la única cosa que se interponía entre la destrucción total y mi redención.
Me levanté de la cama. Ya no había dudas ni temores, solo la fría y decidida resolución de un hombre que había elegido su destino. La venganza me exigía esto.
Abrí la puerta y crucé el corto pasillo hasta la habitación de Amy. Entré sin hacer ruido.
Había mínima luz, pero era suficiente para verla, para escuchar su respiración.
Ella dormía profundamente. Me acerqué lentamente a la cama, observándola.
Su rostro, libre de la tensión del día, era angelical. Era la imagen de la inocencia que estaba a punto de destruir para salvar mi alma.
Me senté en el borde de la cama, mi peso apenas perceptible. Mi sombra se cernía sobre ella.
Al sentir mi presencia, Amy abrió los ojos lentamente. No había miedo en ellos, solo una somnolienta confusión.
—¿Bastian? ¿Está pasando algo? —preguntó un poco preocupada.
Me incliné sobre ella, y mi voz era baja, despojada de toda cortesía. La verdad de mi intención llenó todo.
—Vine a hacerle el amor a mi esposa.
Amy se sonrojó de inmediato, pero no apartó la mirada. El miedo inicial se transformó en una luz tímida de deseo.
—Yo... yo creí que estabas cansado —dijo con su mano buscando inconscientemente el borde de la sábana.
—Mentí —confesé, deslizando mi mano para acariciar la línea de su mandíbula. —Mentí porque tenía que asegurarme de que esta noche fuera mi elección, no una obligación.
La besé, este beso era diferente a todos los anteriores: ahora estaba a punto de hacerla solo mía.
No le di tiempo a pensar; le di tiempo a sentir. Ella cedió instantáneamente, sus brazos subieron para rodear mi cuello, atrayéndome con pasión.
Con una dulzura inesperada para mi temperamento, me quité todo lo que tenía puesto.
Me moví sobre ella, sintiendo el aroma dulce de su piel. Amy extendió la mano, y la llevó hasta mi espalda.
Sentía como esas manos se aferraban a mi piel.