Verónica.
No encontraba palabras al tener ese dinero en mis manos, ese chico, Logan, me había quitado un gran peso de encima. Me había quitado la angustia y la preocupación de poder llevar algo de comida a mi casa, me había ayudado sin siquiera saberlo. Al salir del baño, esperaba que el todavía estuviera ahí, pero minutos antes había olvidado todo y deje soltar todo lo que sentía debido a mi despido, dejando salir todas mis lagrimas dentro del baño, donde nadie podía verme llorar, donde nadie podía ver mi vulnerabilidad. No era una chica que lloraba delante de todos, yo siempre lloraba en silencio, sola, no me gustaba que me vieran débil. A pesar de todo lo que he pasado con mi familia, me mantenía de pie, dándolo todo por mi y por ellas: Por mi madre y mi hermana.
Respiro profundo y observo el dinero, junto con la nota en la servilleta que sostengo en mi otra mano. Mi amiga Blair se cruza de brazos, sonriéndome con picardía. Se que ella se imaginaba miles de cosas en su cabeza, pero quisiera haber estado presente para cuando ese chico me entregara esto, así le hubiera agradecido personalmente.
—¿Qué sucede? – pregunte aparentando inocencia.
—¡¿Qué esperas para leerme lo que te ha escrito?! – exclamo con una sonrisa.
—Pensaba que ya sabias que me escribió – dije, ella frunce los labios.
—Primero, prefiero que tu misma me lo leas, segundo, pensaba que él te dejaría su número de teléfono. Pero me dijo que pondría otra cosa, así que… —dio un paso adelante y me tomo por los hombros – ¡léeme la f*****g servilleta que muero de intriga! – exclamo maldiciendo en inglés y sacudiéndome con desespero.
—Está bien, está bien – acepte riendo, ella quito sus manos de mis hombros – gracias por atenderme y ser amable conmigo, te mereces una propina de $200 dólares, fue un gusto conocerte Verónica, soy Logan, un nuevo cliente que te admira – leí en voz alta.
—Uy, Logan – canturrea Blair – fue un gusto conocerte – ella finge una pose pensativa – eso quiere decir, que tienes un nuevo admirador, en pocas palabras…le gustaste dice.
—¡Claro que no Blair! – exclame en un tono bajo, haciéndola reír – el vino con una chica, era obvio que era su novia.
—También era obvio que ella es difícil de soportar – opino Blair – pero no se puede negar que era linda y…hacían buena pareja.
—Hacen – le corregí. Blair hiso una mueca y niega con la cabeza.
—No creo que ellos duren mucho – pensó, rodeando el mostrador para sacar unos brownies.
—Claro, ¿Ahora lees el futuro? – bromeo siguiéndole el paso hasta estar a su lado.
—No leo el futuro, pero si puedo decir lo que tal vez pueda pasar – dijo, colocando los brownies en un plato y preparar una malteada. Observo sus movimientos descansando mis brazos sobre el mostrador – por cierto, Cristian dijo que el jefe hablaría contigo, ¿Qué te dijo?
—Pues…—podía sentir el nudo en mi garganta, pero de cualquier forma ella se iba a enterar así que, sintiendo mi corazón romperse le dije: — me despidió.
Ella se detuvo, dejando de preparar la malteada. Nos mantuvimos en silencio durante unos segundos, yo mantenía mi cabeza agachada, centrándome en algún punto. Podía sentir la mirada de Blair sobre mí.
—¿Qué? – susurró – no puedo creerlo, ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Por qué te despidió? ¡Tu no hiciste nada! – empezó a decir, poniendo su mano sobre mi hombro derecho – si quieres hablo con él.
—No – negué – él me despidió por reducción de personal, según, tiene algunos problemas ahora. Mañana me dará mi último pago – conté.
—Esto es injusto – murmura, masajeando mi hombro – lo lamento mucho Vero, sabes que cuentas conmigo para lo que necesites.
—Gracias, Blair – susurre. Ella me abraza por la espalda.
—Terminaré este pedido – dijo separándose — ¿ánimo sí? Ya veras que encontraras un trabajo mejor – me anima.
—Eso espero.
[………..]
Me sentía devastada, cansada, frustrada, como si me hubieran ganado en una batalla en la cual no me puedo levantar. El despido, es un adiós. Ese adiós era mi trabajo, donde nunca iba poder seguir allí. Me había dolido más, el no poder tener dinero en mi bolsillo, me había dolido el tener que decirle a mi madre “Me despidieron”. Cuando llegue a casa, cargaba en mis manos unas bolsas de comida para preparar el almuerzo y la cena para la noche. Pero cuando le dije a mi madre que fui despedida me sentí fatal, con el corazón partido en dos, porque sus ojos adquirieron un sentimiento que lo entendí perfecto. Ella me abrazo al igual que mi hermana, para darme ánimos de tener fe que ya vendrá algo mejor. Le mostré el dinero extra que me dejo Logan, sus ojos brillaron de alivio y sus labios se entreabrieron, le explique que una de las personas que había atendido me dejo ese dinero. Por la tarde pague la electricidad y las deudas que me quedaban. Agradecía de por vida a ese chico, gracias el, mi familia y yo pudimos comer, pude pagar las demás deudas y, creo que la siguiente deuda que tengo es con Logan, por ayudarme sin siquiera saberlo.
A la mañana siguiente me estaba alistando para mi último día de trabajo, el ultimo día en la cafetería Coffe California, donde había trabajado durante tres años. Donde cada día me levantaba temprano para salir a trabajar, donde me la pasaba casi todo el día de pie para ganar unos pocos dólares, pero de algo me servía para ayudar a mi familia. Ahora solo me quedaba buscar un trabajo mejor, rezaba para poder tenerlo hoy mismo, pero solo un milagro lo haría.
Llegue como de costumbre saludando al señor que me cuida mi bicicleta, para luego entrar a la cafetería y buscar un atomizador y un trapo para limpiar los ventanales, haciendo mi rutina de siempre: Colocando en una lista todos los tipos de cafés que ofrecemos, para luego realizar combinaciones de cafés con tostadas y bollerías para desayunos y meriendas. Las personas comenzaban a entrar a la cafetería para pedir sus respectivos cafés, Blair y Cristian los atendieron. A los pocos segundos, el teléfono de servicio al cliente de la cafetería comienza a sonar, asiéndome sobre saltar. Inmediatamente atiendo.
—Cafetería Coffe California a la orden, ¿En qué le pudo servir? – digo, colocándome el teléfono en la oreja.
—Hola, buenos días, me gustaría pedir un café frappé y un café moka por favor – respondió el hombre por línea telefónica – soy Eduard Anderson.
—¡Oh, señor Eduard! – exclame, Eduard Anderson es uno de los empresarios más importantes del país, últimamente pide cafés a domicilio – no se preocupe, con mucho le gusto le preparo su pedido, ¿se lo llevo en la misma ubicación?
—Si, señorita Verónica, la misma ubicación – contesta.
—Perfecto, ¿necesita algo más? – pregunte, mientras anotaba su pedido.
—No, eso será todo. La espero y que tenga buen día.
—Igualmente – colgué la llamada.
Comienzo a preparar los cafés encendiendo la máquina, el frappé lo prepare mezclando café con hielo picado, acompañándolo con crema de leche y echándole esencia de chocolate. El café moka, comencé poniendo: expreso, luego leche muy caliente, después espuma de leche y por ultimo sirope de chocolate. Cuando tengo todo listo, salgo de la cafetería para llevar los pedidos subiendo a la bicicleta.
Mi destino eran las oficinas de la empresa del señor Eduard Anderson. Una empresa con muchísimos pisos, con cristales y acero, decorado muy elegantemente. Me faltaba poco tiempo para llegar, miraba mi reloj de mano para verificar que no haya tardado mucho. Entro por las puertas principales, encontrándome con el vestíbulo. Detrás del escritorio estaba una señorita de unos veintiocho años, escribiendo en su computadora mientras recibía una llamada. Al estar delante de ella, carraspeo la garganta, esta levanta la cabeza y me sonríe.
—Espera un momento – le dijo a la persona tras la línea telefónica – hola, buen día – me saludo.
—Buen día, estoy aquí para entregarle esto al señor Eduard Anderson – explique mostrándole los pedidos.
—Por supuesto, espera un segundo – dijo, para marcar un número y comunicarle al señor sobre mi presencia – el señor Anderson la recibirá, que tenga suerte – me desea.
—¿Suerte? – parpadee – ¿Por qué me deseas suerte?
—Hoy no anda de buenas.
Asiento con la cabeza un poco confusa. Llego hasta el ascensor y presiono uno de los botones para llegar hasta el último piso, el ascensor me sacude a gran velocidad y por poco derramo un café, pero no sucede. Las puertas se abren y me encuentro en un lugar donde muchas personas caminan de un lado para el otro. Impidiendo que pase sin ser chocada por uno de ellos. Una mujer se acerca hasta donde me encuentro y me sonríe con calma.
—Hola, el señor Anderson la espera, sígame – me indica.
> pensé.
Sigo sus pasos mientras observo cada detalle del vestíbulo, me indica un pasillo donde hay una puerta lisa de color marrón, donde se encontraba la oficina de su jefe. Las personas no paraban de caminar y tenía curiosidad porque había tanto alboroto.
—Bueno, ya sabes, toca antes de entrar – indica, alejándose un poco. Su voz era un tanto nerviosa – estamos ocupados en este instante, asi que te dejare por ahora. Adiós.
La mujer se alejó de mi dejándome sola, suspire y me volteo para acércame más a la oficina del señor Anderson. Cuando estaba justo frente a la puerta, levanto un poco mi mano, acercando mis nudillos para tocar; pero antes, me detengo. La voz del hombre tras la puerta era lo suficientemente alta para escuchar su conversación, sonaba molesto y estresado, se oyó un golpe desde adentro. Parecía como si hubiera chocado su mano contra el escritorio. Después escuché la voz de otra persona más joven, supuse que era con alguno de sus empleados.
—¡¿Dónde están los papeles?! – grito el señor Eduard.
—¡Ya te dije que no lo sé! – respondió el chico, gritando igual que él.
—¡Ahora tenemos a todos los empleados buscando esos papeles por tu culpa! – regaño el hombre.
—¡No es mi culpa papa! – defiende el chico. Una risa absurda brota por parte de Eduard.
—¡Por supuesto! ¿a quién culpamos ahora? ¿al gato? – ironizo – no me vengas con eso Peter, si te dejo a cargo de algo, es para que lo cumplas – una exhalación exasperada salió por parte del hombre – y para colmo, ahora por ti. Tuve que despedir a la chica de servicio en la casa.
—No es mi culpa que ella no se resista a mis encantos – respondió el joven.
—¡¿CUÁNDO VAS A MADURAR PETER?! – grito Eduard – tienes que comportarte, ser una mejor persona, un día todo mi trabajo y esfuerzo pasara a tu nombre. Tienes que saber lo que te conviene, tú y tus hermanos son lo más importante para mí, si no cambias entonces no te dejare a cargo de la empresa, porque si un día llego a faltarles quiero saber que todo este perfecto y sepan defenderse.
En ese instante toco un poco la puerta, interrumpiendo su discusión. Tal vez no debí hacerlo, pero me no iba a quedar todo el rato ahí parada, además el señor Eduard ya me esperaba.
—¡Yo no quiero ser parte de esta empresa! – dijo el joven, ninguno le hiso caso a mi toque de puerta – ¡Quiero vivir mi vida, alejado de ti, de la empresa, de todos!
Vuelvo a tocar la puerta, un poco más fuerte.
—¡ENTONCES VETE! – grito el señor, de nuevo ignoraron mi permiso para entrar – ¡vete, vamos! Pero eso sí. No tendrás ni un centavo de mi bolsillo – advierte.
—¡¿Qué?!
—Lo que oyes. De mi bolsillo no tendrás nada, si fueras como tu hermano, te daría lo necesario para que hagas tu vida donde quieras; pero nunca te comportas como se debe.
—¡¿Cuándo vas a dejar de compararme con él?! ¡maldición! – grito.
Esta vez, toque mucho más fuerte e insistente, para que lograran escucharme.
—¿A quién esperas? – le pregunto el chico, todavía con su voz alta acompañada con un ápice de fastidio.
—Son nuestros cafés – le hiso saber.
En pocos segundos, la puerta se abre. El muchacho era mucho más alto que yo, fornido y con brazos muy fuertes; casi como los de un boxeador. Sus rasgos me eran muy similares a una persona, pero mi memoria no daba con quien. Sus cejas eran gruesas y casi perfectas, sus labios eran carnosos y su nariz recta. Su ropa de marca Chanel lucia perfecto en su cuerpo, su cabello estaba peinado en un desorden que lo hacía ver despreocupado y tranquilo. Sus ojos color miel casi llegando a ser verdes me miraron por unos tres segundos, bajo su vista a los cafés que sostenía en las manos, me los arrebato de mala gana.
—Gracias por los cafés, ahora largo – dijo y me cerró la puerta en la cara. Quede en el sitio asimilando lo que acaba de hacer. Sin darme tiempo de decir algo.
—¡Pero que te sucede Peter! – grito el señor, segundos después el hombre me abrió la puerta. A diferencia del joven, el sí tenía una ropa elegante digno de un buen empresario, sus ojos eran del mismo color y su cuerpo también era fornido a pesar de ser un hombre mayor – lo lamento señorita Verónica – se disculpó, luego paso a mirar al chico – hay personas que no saben comportarse – el muchacho blanquea los ojos y resopla, dejando los cafés en el escritorio.
—No se preocupe señor Anderson, se lo que significa aguantar a un maleducado – conteste, observando de reojo al chico, quien se sentó en una silla delante del escritorio. Me observo con cara de pocos amigos.
—Te presento a mi hijo, Peter – dijo, señalándolo por un instante– Peter ella es Verónica, suele traerme los pedidos de la cafetería que tanto me gusta.
—Hola – me responde a secas.
—Hola – digo en el mismo tono.
—¿Cuánto te debo? – me pregunto el señor Eduard, mientras caminaba para rodear su escritorio y sacar su billetera. Me acerco un poco más, parándome delante de la silla que estaba justo al lado del joven Peter. Este me estudiaba con sus ojos.
Le dije la cantidad al señor Anderson y abrió su billetera para entregarme el dinero, lo agarré entre mis manos para guardarlo. Su hijo prueba el frappe, pude notar como sus cejas se levantan y la comisura de sus labios forma una mínima sonrisa. El frappe estaba bueno, eso lo se perfecto, mucha gente me ha dicho que preparo muy bien los cafés, haciendo mi trabajo de barista cada ves mejor. Pero luego su expresión cambia a propósito cuando me ve, sacude la cabeza.
—¡Qué asco! – exclamo, haciendo una mueca – no puedo creer que te guste lo que preparan en esa cafetería papa.
—El frappe está bueno, note su expresión joven – digo frunciendo el rostro y defiendo mi trabajo.
—No seas grosero Peter, el café está bien y lo sabes – le dijo su padre.
—Bien asqueroso – le corrige, su padre frunce el ceño – hasta creo que le echaste mucha azúcar, aprende a ser mejor barista, deberías de hablar con su jefe y que la despida – sugiere.
—No se preocupe por ello joven, porque ya estoy despedida – solté.
—¿Cómo? – se preguntó el señor Eduard – ¿Por qué la despidieron?
—Mi jefe al parecer tiene algunos problemas. Deudas y esas cosas, asi que toco reducción de personal – conté. El señor Anderson chasquea la lengua.
—¿Y tienes pensado donde trabajar o alguien con quien te hayas comunicado? – decide preguntar.
—La verdad no. De hecho, no encuentro que hacer, necesito un empleo para mantener a mi familia. Es complicado encontrarlo en estos tiempos – hago una pausa de silencio – bueno, muchas gracias por recibirme, les deseo buen día – digo como despedida.
El señor asiente con la cabeza y yo me giro sobre mi eje para caminar hasta la puerta de su oficina. Pero su voz me interrumpe unos segundos después, mi mano quedo elevada a escasos centímetros de la perilla. Su pregunta me había tomado un tanto desprevenida. Dándome esas palabras que necesitaba para arreglar lo que iba a empezar a buscar, una vez saliera de la cafetería.
—¿Te interesaría trabajar en mi casa? – propuso.